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Vacío: el debut de Guillermo como DTse mimetizó con la escenografía

Con apenas un entrenamiento, luego de la despedida de Arruabarrena, este Boca no expuso nada de todo lo que hizo gigante al Mellizo: ni fútbol, ni habilidad ni viveza; el 0-0 con Racing en el certamen continental lo mostró con un estreno desabrido

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LA NACION
Viernes 04 de marzo de 2016
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E s un símbolo. De cómo somos, de cuán bajo hemos caído. Un ídolo futbolero vuelve a su casa, después de 16 títulos con pantalones cortos, valentía, goles y picardía, y las tribunas están vacías. Un grupo de especialistas y un par de curiosos: la Bombonera es un desierto, ya no respeta ni a un hijo pródigo. Tiene su explicación: debe cumplir una fecha de suspensión por el bochorno en el clásico copero contra River de casi un año atrás. Oficia como ironía: la vuelta de Guillermo Barros Schelotto, ahora de saco, con experiencia, oficio y ambición del otro lado del mostrador, mereció otra bienvenida. Banderas, cánticos, el Guillermo a modo de sinfonía extendida en la letra "e" que descansa en el medio de su nombre. El contexto, sin embargo, fue otro: sin el cariño ni el aliento de casi siempre, el partido contra Racing por la Copa Libertadores (un trofeo que sostuvo cuatro veces) se reduce al bolsillo de su pantalón: así de chiquito. Con un entrenamiento apenas, detrás de la despedida de Rodolfo Arruabarrena, éste Boca no tiene nada de lo que hizo gigante al Mellizo. Ni fútbol, ni habilidad, ni gol, ni viveza. El 0 a 0 lo desnuda, a tientas en el torneo local, también a media luz en el certamen internacional. Barros Schelotto tuvo un debut vacío, desabrido.

Eran las 19.26 cuando pisó el templo en el que se divirtió de joven. De saco, pantalón de vestir, saludó a Diego Milito y abrazó a Facundo Sava, y algún duende del recuerdo anduvo dando vueltas de aquellos viejos tiempos de corazón tripero. Hoy es otro: se ríe poco, enérgico, movedizo, de una punta a la otra del banco de suplentes en el que se sentó, de a ratos, por primera vez. A metros, apenas, de donde enamoró a los hinchas, en la misma banda. Se agarró la cabeza cuando Lodeiro cerró los ojos en una acción inmejorable y se tomó allá arriba, otra vez, cuando Jara mandó un remate cruzado que pasó más cerca en sus ojos que en la realidad.

Gritó, se enojó, aplaudió, se paró y volvió a sentarse. Un exceso de gestos en una hora y media que ya supera la serenidad zen del Vasco en 18 meses. Se sintió, eso sí, más cómodo, más a gusto, con los últimos 30 minutos del gris equipo xeneize: en ese espacio de tiempo demostró que quería ganar, verdaderamente. Que le urgía el triunfo. No le alcanzó, pero fue una señal: ese es un ensayo de lo que quiere. Tres de punta es la fórmula que popularizó en Lanús: Tevez, de número 9, a pesar de él. De un lado, Chávez, del otro, Lodeiro, con el perfil cambiado por el carril derecho. La idea del ataque, en realidad, fue transformada por la agresividad mal entendida. Cuatro amonestados (Pablo Pérez, otra vez, que más tarde debió ser expulsado) en el primer tiempo y uno en la segunda mitad. Cuatro gritos, al parecer, fueron suficientes.

Foto: LA NACION

Una práctica, un par de conceptos y el aura del ídolo no son suficientes. Su nuevo equipo está acelerado, nervioso, tensionado. Tevez, el símbolo dentro del campo, dibuja alegorías y desparrama el pincel con garabatos. Una bien, dos mal. No es magia, en un puñado de horas no se transforma el destino. A Boca le sobran figuritas y le falta una estantería. Pudo marcar un gol: anduvo dando vueltas en el cierre del espectáculo sobre las narices de Saja. Fue, sin embargo, un arrebato: al Mellizo le sobraba la personalidad que le falta a su nuevo equipo.

Mayor firmeza defensiva. Mejor control del balón. Claridad para el último toque. Capacidad para el pase a la red. El Mellizo abandona la Bombonera con la emoción escondida y trabajo para hoy, mañana y, también, para dentro de un mes. El domingo, se viene el clásico. El Monumental lo espera con el colmillo afilado. El Mellizo tiene un museo de historias positivas contra la banda roja. Podría escribir un libro. Pero eso fue hace tiempo. Su lugar es otro. Debe empezar a convencer a un plantel desparejo, descreído, volátil. Inyectarle su estilo, su estirpe. Juego y corazón. Exactamente eso.

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