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El museo del arte malo

En Boston, una galería exhibe solamente obras caracterizadas por su fealdad

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LA NACION
Domingo 06 de marzo de 2016
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De todas las cosas que siempre me han gustado hacer mientras viajo, una se destaca por sobre las demás: conocer la cultura de los países que visito.

A lo largo de estos últimos años de viajes he tenido la suerte de conocer infinidad de museos. Desde las grandes pinacotecas mundiales -Louvre, Metropolitan, National Gallery, Prado, Museo Vaticano, Rijks- hasta los museos que describen las grandes hazañas militares de naciones e imperios, como Les Invalides o el Imperial War Museum. Y también he conocido los museos más extraños, como el del sexo, el del vodka, el del whisky, el de los flippers, el de los juguetes antiguos o el de las botellas en miniatura.

Me han enseñado sus diferentes colecciones directores de museos, curadores, amantes del arte, artistas y una serie bastante amplia de personajes inclasificables. Me he sorprendido con las invenciones más asombrosas y con los coleccionistas más avezados. Pero nada me preparaba para conocer el Museum of Bad Art, o MOBA, es decir, el museo del arte malo.

En la ciudad de Boston y en el subsuelo de un cine de época se encuentra esta galería , más que un museo, donde, según sus propietarios, se encuentran algunas de las obras más feas jamás pintadas.

Siempre pensé que la belleza se encuentra en el ojo de quien la mire. ¿A quién se le había ocurrido la bizarra idea de recolectar piezas de una fealdad tal que pudiesen ser expuestas en las paredes? ¿Cuál era el método de selección? ¿Existe persona alguna que haga ofertas por los cuadros expuestos?

Y así fue que me detuve ante la fachada del tradicional Sommerville Theatre, abierto en 1914 y que en sus primeros días funcionó como teatro y vaudeville, como sala de baile y como sala de cine, una nueva moda para la época. Mientras observaba su frente, podía ver los carteles que invitaban a ver los últimos blockbusters de Hollywood cien años más tarde de la apertura del complejo.

Pero cine no había ido a ver. Una vez que entré, me sorprendí por lo bien mantenida y cuidada que se veía la boletería. En realidad, todo el interior se conservaba casi en su estado original y decidí perder unos minutos mirando los carteles de éxitos del pasado, como Gilda y Casablanca. Por un minuto pensé que me había equivocado completamente de lugar: estaba buscando un museo y lo único que me había encontrado eran los rostros de Rita Hayworth y Humphrey Bogart.

Pero como no hay nada más simple que preguntar, con escepticismo me dirigí a una de las personas de la sala. "¿Está buscando el museo? Bien, baje por la escalera al primer subsuelo, y al lado del baño para caballeros encontrará la entrada...", me orientó.

Mi incredulidad se hizo aparente, mi interlocutor se encogió de hombros, esbozó una sonrisa y se retiró, así que no me quedó otra que tomar el camino descendente para meterme de lleno en el mundo del "arte malo".

Junto al baño, una amable señora me recibió, puso un pequeño folleto en mi mano, me tomó del codo y sin parar de hablar, evidentemente contenta con la presencia de un visitante, pasó a mostrarme cada una de la obras colgadas en las paredes.

No me siento preparado para dar juicios de valor, más allá de mi propia subjetividad, sobre este tipo de trabajos, pero puedo asegurar que se ve de todo: imitaciones, lejanas, de La Mona Lisa o La última cena, trabajos que parecerían sacados de una pseudoescuela de Egon Schiele y profusiones de colores impensadas. Mientras recorría apenas unos cincuenta de los seiscientos trabajos expuestos con los que cuenta la colección del museo del arte malo, sólo pensaba que en este mundo efectivamente hay de todo para todos los gustos.

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