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El lugar del crimen: un caserío sobre la costa de Ecuador elegido por turistas

Los vecinos dudan de que los dos hombres apresados sean los que asesinaron a las mochileras mendocinas; organizaron un bingo para pagar los abogados defensores

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LA NACION
Sábado 05 de marzo de 2016
La casa donde habría occurrido el crimen
La casa donde habría occurrido el crimen. Foto: Omar Sotomayor

MONTAÑITA, Ecuador.- En Nueva Montañita, un caserío situado a unos dos kilómetros de Montañita, un par de policías son las únicas personas que habitan la cuadra conocida como "la del Tanque Amarillo" -por un tanque amarillo de agua-: el resto de la gente está trabajando, probablemente en las playas cercanas. Los dos policías ven pasar el día en una patrulla desde la que vigilan la casa donde vivía Alberto Segundo Mina Ponce, el acusado principal del doble homicidio que se cobró las vidas de Marina Menegazzo y María José Coni.

Frente a esta casa -una vivienda social cuyo formato de dos habitaciones, cocina y baño se repite a lo largo de Ecuador, a la que ellas llegaron de un modo todavía no del todo claro-, una larga cinta dice "Escena del crimen". Unos 500 metros en dirección hacia el mar, poco antes de la zona donde el terreno de juncos altos y embarrados deja lugar a la arena y al océano Pacífico manso y azul, hay otra escena del crimen cercada. Allí los dos cuerpos, embolsados y a la intemperie, entraron en descomposición rápidamente, el fin de semana pasado.

Nueva Montañita es un caserío humilde, con calles de lodo y dos o tres almacenes del tamaño de un quiosco pequeño que venden comida envasada, frutas y verduras. Mina Ponce, un vigilante comunal de Montañita, alquilaba su vivienda aquí como hacen muchos; algunos de ellos lo hacen por gusto: son turistas. Incluso hay varios argentinos.

Agostina Roldán y Florencia Herrero, dos amigas del barrio bonaerense de Madero, tienen la misma edad que María José Coni: 22 años. Llegaron a Nueva Montañita el domingo pasado, cuando fueron descubiertos los cuerpos. "Al principio, nadie sabía en el pueblo quién era la primera persona encontrada. Y como seguíamos pasando por ahí, sentíamos olor. Después encontraron otro cuerpo", dice Roldán.

Entre los vecinos ecuatorianos, el hallazgo de los cadáveres resonó, pero también la participación de Mina Ponce. "Era buena persona ese man; por eso nos sorprendió cuando hizo esto", dice un muchacho de 20 años llamado Luis, que trabaja en una pizzería . "Hay mucha gente que no cree que él haiga (sic) sido", dice.

El otro acusado

El segundo acusado, Eduardo Aurelio Rodríguez, a quien le dicen "el Rojo", vive en una comuna cercana, Río Chico, y recibió el jueves por la noche el apoyo de sus 400 vecinos, que hicieron un bingo en el centro social del pueblo para juntar algo de dinero por él. Su padre les contó que un primer abogado le pidió 4000 dólares por la defensa: una cifra imposible de pagar para alguien como Rodríguez, que cobra 500 dólares por mes por su trabajo como encargado de mantenimiento en un hotel en Montañita y que vive junto a 14 parientes. De profunda fe evangélica, el padre decidió entregar la defensa de su hijo a dos abogados que llegaron a él gracias a una iglesia y que le dijeron que no le cobrarán.

El martes pasado, Aurelio Eduardo Rodríguez se sentó frente a frente con su padre y lo miró directo a los ojos. Estaban en la sede judicial de Manglaralto, un pueblo próximo a Montañita, y el rostro de Rodríguez se había difundido por todos los medios de Ecuador y la Argentina. "Soy su padre, dígame la verdad con toda honestidad", le dijo el visitante. "Si usted ha cometido tan tremendo atropello, usted tiene que pagar ante la justicia". Rodríguez respondió rápido: "Papá, yo le juro ante mi Señor que no he cometido tal atropello".

"Vi completa sinceridad en él", dice ahora el padre, un hombre humilde de bigote azabache y gesto serio. Es la noche del jueves, llueve un poco y, en su casa, él luce una musculosa sobre un pantalón arremangado que deja ver sus pies descalzos, morenos y pétreos. El piso es de cemento. Aquí, en una sucesión de tres ambientes amplios y cuadrados de ladrillo y concreto, cargados de bártulos de cocina y de sillas de plástico, vive la familia.

El padre construyó esta vivienda con sus conocimientos rudimentarios de albañilería hace 37 años, cuando nació el hijo. Mientras habla, el crimen aparece y desaparece en la televisión. La carretera que va de Guayaquil a Montañita pasa por delante de la puerta; al lado se alza una iglesia. En frente hay un playón con dos arcos de fútbol, invadido por escarabajos gordos. El barro parece cubrirlo todo y el verde de la naturaleza se ve aun de noche.

Su madre, que es la abuela del detenido y que también vive aquí, lo mira hablar con unos ojos pequeños y tristes. Se llama Hilda Reyes, enviudó pronto y fue para sus hijos -asegura- como madre y padre. "¡Nunca hubo un caso así aquí: no se oía de nada, de ningún crimen, de nada, se lo juro por mi Señor!", dice con una vitalidad inesperada.

Afuera, en Río Chico, todos rezan por Rodríguez, el acusado de asesinato que aquí es más bien el padre de tres hijos y el hermano de cinco; el muchacho que comenzó a trabajar a los 12 años limpiando árboles con un cura; el que apenas si terminó la primaria; el que a los 22 años se juntó con la que sería su esposa; el que dudó al principio de juntarse con esa futura mujer para no sufrir por amor; el hombre que a los 38 años nunca había tenido ningún problema con la ley, pero el que, un buen día, se convirtió en el enemigo público número uno -o, quizá, número dos- de Ecuador.

Luego del doble homicidio, los rumores se multiplicaron en Nueva Montañita. Se dijo que el asunto era obra de traficantes de droga -en Montañita cada vez hay más drogas baratas y cada vez hay más dealers pequeños peleando por la plaza-, o que habían traído el primer cadáver desde otro pueblo. "Algunos vecinos dicen que escucharon que una chica gritaba y gritaba", dice el vecino Luis. "Pero no salieron porque creían que era «la Llorona»".

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