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Cuando los emprendedores necesitan el diván: del cuento de hadas a la vida real

El que inicia un proyecto tiene algo de Cenicienta: todos lo quieren ver avanzar, pero lo abandonan demasiado pronto; muchos ven el éxito inicial, pero no cómo sigue la película

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PARA LA NACION
Domingo 06 de marzo de 2016
Foto: Javier Joaquín
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En La condesa descalza, María Vargas (Ava Gardner) es una bailarina española que, descubierta accidentalmente por Harry Dawes (Humphrey Bogart), se convierte rápidamente en estrella de Hollywood y, tras un par de tumultuosos romances y fallidos intentos de preservar su independencia, conoce a su príncipe azul -un conde (Rossano Brazzi)- del que se enamora locamente. Los amantes se casan y se mudan a palacio para vivir felices y comer perdices. Pero la película recién comienza.

Nadie nos cuenta lo que sucede en la noche nupcial de Cenicienta, dice Bogart en off mientras la cámara abandona a los novios a su intimidad. El resto de la historia es un culebrón: El conde es gay (en versión Hollywood, impotente por una herida de guerra), María tiene relaciones con el chofer para darle un heredero al conde (entre otros motivos), el conde los descubre y los mata. Pero este no es un culebrón como cualquier otro: la tragedia está magnificada por el falso final apoteótico, por la sensación de haber llegado al cielo en la noche de bodas, por la consagración prematura.

Esta brecha creciente entre promesa y realidad se está volviendo una moneda cada vez más corriente en el campo del emprendedorismo, donde la carrera por lograr "una idea con impacto en más de 1000 millones de personas" (como promueve Singularity, una de las mecas actuales de la innovación) deja demasiadas historias de frustración en el camino.

"Hay un lamento que se escucha en voz baja, cada vez más entre los emprendedores que no llegan a cumplir con una promesa inicial completamente fuera de órbita", cuenta Nicolás Pimentel, director de +Castro, una agencia de innovación argentina que fue seleccionada por la revista especializada AdAge como una de las diez boutiques de su tipo más creativas del mundo. "Muchos empresarios viven en lo que yo llamo una «nube de capital semilla»: logran ganar un concurso de start ups de un país, luego pasan a otro de un organismo internacional, los diarios les hacen notas describiéndolos como «el próximo Elon Musk», y luego de tres o cuatro años, si el proyecto no arranca, caen en una frustración enorme."

Ingrid Toppelberg es una economista argentina que estudió en la Universidad Di Tella, pero que desde hace dos años vive en Boston. Su mamá es psicóloga y su papá trabaja en una banca de inversión: "Tal vez por esa mezcla terminé haciendo un proyecto para ayudar a innovadores y emprendedores superexitosos que, paradójicamente, sienten que son un fraude", cuenta Toppelberg a la nacion. "La idea de hacer un taller de este tema me surgió de tener muchísimas conversaciones con amigos y colegas muy exitosos, pero que se sienten impostores sin nada que ofrecer al mundo."

El lugar elegido para esta "terapia de grupo" para superemprendedores fue el MIT, un centro de estudios icónico para la innovación en la costa este de los EE.UU. "Desgraciadamente, MIT tiene un serio problema con la depresión, la ansiedad y el síndrome del impostor (el año pasado, seis estudiantes se suicidaron)", cuenta la economista, "pero también hay una gran necesidad a abrir esta agenda en la comunidad de emprendedores, por lo que además daremos el taller en el Cambridge Innovation Center, el mayor centro de innovación de Boston.

"Cuando estás trabajando en ambientes disruptivos, de mucha innovación, estás creando algo nuevo que es difícil relacionar con lo que conocemos. Cuando AirBnb empezó, les costaba mucho explicar el concepto, los creían locos y nadie pensaba que la gente iba a permitir extraños en su casa. Hay una fina línea entre «innovación» y «locura», y creo que navegar este delicado equilibrio es uno de los principales desafíos del emprendedor", agrega. Para Toppelberg, "cuando estás creando algo nuevo es como si estuvieras «operando desde el futuro»: estás fuera de tu zona de comodidad, hay nuevas reglas, ni siquiera estás seguro de cuáles serán tus desafíos. Para poder operar bajo tanta incertidumbre se necesita tener una profunda confianza (bastante similar a la fe) y acceso a una visión, y un conocimiento más profundo que te ayude a navegar esa línea entre innovación y locura. Hay muchos factores que te pueden desviar de este balance interior: la comparación con tus colegas, la opinión pública (o de algunas personas en particular), la codicia, el ego o nuestra propia voz interior que a veces nos juega en contra y nos llena de dudas".

Por estos días, el empresario y organizador de TEDxRioDeLaPlata Emiliano Chamorro está empezando a dar un curso sobre "Emprendedorismo sin verso", para el cual tuvo una demanda cinco veces mayor al cupo previsto.

"Una cosa que veo frecuentemente es la falacia de los «casos de éxito»", cuenta Chamorro, que además es miembro de Serendipity, un grupo de personas que se reúne todas las semanas a discutir sobre temas de frontera e innovación. "Nassim Taleb -el autor de El cisne negro- habla mucho de esto en la «falacia narrativa» y yo en mis clases a veces tomo un ejercicio suyo para ilustrar el punto: les pido a todos los alumnos que saquen una moneda y tiren cara o seca. Los que tiraron seca guardan la moneda. Los que tiraron cara siguen tirando. Nuevamente los que tiraron seca guardan la moneda y los que tiraron cara siguen tirando, y así hasta que queda uno que tiró cinco o seis caras seguidas. Pido un aplauso para el exitoso y lo invito a pasar al frente a contar «cómo es tan bueno tirando caras». Y finalmente les digo que aprender de «casos de éxito de emprendedores» muchas veces se parece a aprender a tirar caras del afortunado compañero: si una suficiente cantidad de gente juega un juego muchas veces, necesariamente va a haber unos muy exitosos, aunque no tengan ningún talento para el juego o éste sea meramente de azar."

En este contexto, dice Chamorro, "es crucial decidir de quién aprender. Y para esto es importante tratar de identificar quién tuvo éxito más bien por suerte y quién tuvo éxito por hacer las cosas bien. Si no uno puede estar tratando de aprender cómo hacerse rico del que ganó la lotería o heredó una fortuna. Muchas veces los que tienen éxito creen que saben por qué y que lo pueden enseñar, que se debe a ellos. Y para peor, los que los escuchan también piensan lo mismo".

Como ocurría en La condesa descalza, con Ava Gardner, el emprendedor también tiene algo de Cenicienta. Todos lo queremos ver triunfar, pero lo abandonamos demasiado pronto, en el momento en el que se aleja en su caballo blanco. Un poco como hacemos con el resto de las cosas, asumimos que el desarrollo es la idea, la invención, la bala de plata. Nadie nos cuenta nunca el final de Cenicienta. La película empieza la mañana siguiente.

sebacampanario@gmail.com

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