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Nueva tradición porteña

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LA NACION
Domingo 06 de marzo de 2016
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Cadícamo y Discépolo eran habitués, así como Frondizi, Balbín y Alende debatían con un café en la esquina de Callao y Lavalle. Los Galgos reabrió hace dos meses de la mano de Julián Díaz y Florencia Capella con la idea de recuperar la identidad del bar pero absolutamente aggiornado si de calidad se trata. En su reinvención no buscaron volcarse hacia la melancolía que caracteriza a muchos de los bares notables, más allá de que Los Galgos también tenga el rótulo, sino que se apuntaron con una propuesta muy actual en un superclásico. La gente sigue yendo y se renueva porque además de disfrutar de su impronta saben que van a tomar un café riquísimo, comer un buen tostado, mojar en el café con leche medialunas de pura manteca y almorzar sándwiches de mortadela con pistacho o de pernil en 11 horas de cocción.

El edificio es de 1880 y el bar nació en 1930 con un asturiano fanático de las carreras de perros que lo vendió a los hermanos Ramos, quienes lo tuvieron hasta su cierre, unos años atrás. "Se remató todo y se vendió la propiedad", cuenta Julián que junto a su mujer Florencia alquilaron la esquina y salieron por las cuevas a buscar lo que habían rematado. Encontraron algunos íconos del bar, como el grifo cisne de bronce, los galgos de porcelana, el roble de Eslavonia y los espejos biselados.

Tanto en el café como en su bar 878, Julián propone identidad porteña junto con gastronomía de calidad a un precio razonable en una esquina emblemática de la ciudad. Invirtieron en una máquina Nuova Simonelli (la de las competencias internacionales) y sus tres baristas explican a los clientes lo seductor que resulta beber un rico café. Si pedís un espresso te dan pistas para abrir la conversación: llenan la taza hasta los tres cuartos, como debe servirse el espresso, y ofrecen una jarrita de agua caliente por si te gusta menos intenso. "Los clientes son receptivos porque les mostrás conocimiento y calidad, pero tampoco vamos a meternos con el abogado que pidió un jarrito y que tiene sólo cinco minutos para llegar al juzgado". El café es una mezcla de Ecuador y Brasil con mucho cuerpo, intenso, algo dulce y con muy poco amargor al final. Un espacio ideal para comer rico en uno de los lugares que más identidad porteña pueden ofrecer.

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