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El poder no muerde: una herramienta constructiva o destructiva

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PARA LA NACION
Domingo 06 de marzo de 2016
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Debido a uno de esos atajos que toma el pensamiento cuando lo ataca la pereza mental y busca la simplificación, se suele dar por sentado que el poder enloquece o arruina a quienes lo adquieren. Abundaron y abundan quienes repiten con cierto aire de suficiencia el dictamen de John Emerich Edward Dalberg-Acton, Primer Barón de Acton (1834-1902), político e historiador inglés que afirmó: "El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente". Como tantas, es una generalización que, al pretender sentar una verdad absoluta, atasca la posibilidad de pensar, de argumentar, de cotejar razones y verificar el enunciado en la realidad. Basta con imaginar a Ghandi, a Mandela, a la Madre Teresa, a Winston Churchill (en su momento), o al general San Martín (durante la campaña libertadora) sin poder para dudar de la terminante afirmación. Por contrapartida, cada quien puede ofrecer su propia lista de personajes siniestros y de los estropicios que causaron gracias al poder adquirido.

Lo cierto es que el poder, como cualquier herramienta, puede ser constructivo o destructivo, funcional o disfuncional, según quién lo tiene, quién lo usa y para qué. El psiquiatra, neurólogo y pensador vienés Viktor Frankl (1902-1997) establecía una diferencia entre el poder para y el poder sobre. Con el primero se pueden llevar a cabo proyectos, transformar realidades dolorosas, convocar a empresas y experiencias plenas de sentido y trascendencia. El segundo se utiliza para someter a personas, imponer miedo y silencio, disparar arbitrariedades. Hay espacios de poder que se forjan a partir del respeto ganado mediante una conducta y el ejercicio de valores morales. Y existe el poder que se arrebata por medio de la violencia, de la manipulación, del juego sucio. Hay un poder que se alimenta en la ley y hay otro que nace de violentarla.

¿Quién hace la diferencia? Las personas. Su ética. Sus propósitos. Su contemplación (o negación) del otro. Su aceptación (o rechazo) de la diversidad. A los corruptos el poder los muestra en plenitud. A los honestos también. La demonización automática del poder en nombre de una pureza de pensamiento, de ideales y de actitudes puede bordear el moralismo y llevar a una mirada sesgada y superficial sobre la realidad, que es siempre rica, compleja y cambiante. Una mirada binaria. De un lado los poderosos (malos y sospechosos), del otro lado los oprimidos (buenos e inocentes). El problema con quienes no quieren contaminarse con el poder es que como esta herramienta resulta frecuentemente necesaria en la vida (por ejemplo, ¿cómo salir de la opresión sin algo de poder?) queda entonces a disposición de muchos que no le hacen asco y que lo usan a su antojo y para sus fines, invocando no pocas veces la representación de los que se abstienen.

Hay una íntima relación entre poder y acción, porque el poder no puede ser teórico. Como explica Hannah Arendt (1906-1975) en La condición humana (una inagotable fuente de ideas), el poder no se puede almacenar, acumular ni guardar para después. Se plasma en actos y en el presente. Cuando pierde realidad "no pueden compensarlo las mayores riquezas materiales". Sólo es realidad, dice Arendt, en donde palabra y acto no se separan, "en donde las palabras no están vacías y los hechos no son brutales, donde los actos no se usan para violar y destruir sino para restablecer relaciones y crear nuevas realidades". Como el poder existe en lo público y en lo privado (en las parejas, familias, instituciones, empresas, naciones), acercarse a él desde esta perspectiva puede ampliar los horizontes del pensamiento y permitir ver más allá de donde llegaba la mirada de Lord Acton.

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