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Un siglo de Chanel: captar las transformaciones sociales para traducirlas en piezas de moda

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LA NACION
Domingo 06 de marzo de 2016
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A lo largo de los poco más de cien años que nos separan de los comienzos de la moda moderna, cuando el acceso de las mujeres a nuevos roles y comportamientos sociales llevó inevitablemente a la supresión del corsé y a una simplificación radical de la silueta, la moda cultivó la capacidad cada vez más aguda para reflejar con rapidez creciente los pasos que muchas de ellas fueron dando en su itinerario hacia la autonomía. Sería absurdo pretender que la moda haya precedido o provocado las conquistas concretas que las mujeres realizaron tanto en lo privado como en lo profesional. Pero a la vez resulta evidente que para cada hito alcanzado, ellas han sabido encontrar y compartir los signos visuales, las prendas emblemáticas, que refrendan sobre sus cuerpos el nuevo avance hecho.

Del período de cambios y del siglo que se abren con la guerra del 14, la figura de referencia es Chanel, Gabrielle para el registro civil y Cocó, nombre ganado en el cabaret, para sus contemporáneos y posteridad. Estuvo lejos, desde ya, de ser la única en captar las transformaciones que se arremolinaban en el aire, pero sí fue quien con mayor nitidez y precisión los tradujo en piezas de moda. En 1910 hace sombreros en París; en el 13, en Deauville, causa sensación con sus modelos de corte sport, innovadores, en un tejido no menos original, el jersey, y abre su maison de couture en Biarritz en el 15 y al fin de la guerra, en 1918, en París.

En L'irregulière, su gran biografía de Chanel, Edmonde Charles-Roux reveló que Cocó, educada desde los 12 años en un orfanato, había llegado a París en 1906 como amante de un hombre rico, con quien compartió una vida placentera, entre otras demi-mondaines y actrices. Su orgullo, determinación y talento le harán romper ese círculo. Apenas iniciada su vida profesional, no tendrá más patrón ni guía que ella misma.

Las asperezas de su itinerario inicial pusieron en ella una chispa que, a la vez de una rabia latente, fue el arranque para su no menos persistente necesidad de hacer. Inventó dos de las prendas que mejor definen el siglo XX y que no dejan de ocupar hoy posiciones centrales entre los clásicos de la moda: la eterna petite robe noire (1926) y el celebérrimo tailleur de tweed (1954). Paradojalmente, ambos uniformes perennes, garantes de elegancia instantánea, nacieron de una reacción indignada ante el oropel, la vistosidad, el colorido y la ornamentación superflua de las modas de sus épocas respectivas. Ya ciertas individualidades pioneras habían adoptado opciones similares. Ella, con intuición y olfato profesional, las hizo suyas, siempre en la línea del combate contra la redundancia. Chanel no pasó, por cierto, su vida imponiendo novedades. Estas y algunas otras le bastaron para sentar las bases de una estética que, como constatamos hoy, atraviesa el tiempo y admite y supera cualquier variación, o copia, o parodia. Ocurre que el secreto de su estilo no está en los cambios infundados de estética sino en la capacidad conceptual de dar la respuesta oportuna a las necesidades y los deseos de los habitantes de un momento preciso de la historia.

Otros desafíos se plantean a las o los eventuales Chanel que vendrán: ya no es sólo la fluidez de las feminidades lo que deben capturar y vehiculizar sino todo el entramado de las identidades de género, amén de la inclusión de todos los tipos étnicos y las categorías de edades. Quiero creer que, con múltiples chispas como la de Chanel, el futuro de la moda se encenderá en una miríada de diversidades.

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