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Superclásico: una tarde de intrigas y misterios

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LA NACION
Domingo 06 de marzo de 2016
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El misterio gobierna el fútbol. Todo puede parecer controlado y predeterminado, pero en realidad nunca se sabe qué puede ocurrir en cada minuto de un partido; y es este carácter enigmático del juego lo que permite que siga creciendo en atractivo y fascinación. Porque el misterio genera intriga, y la intriga a su vez alimenta el interés.

El Superclásico de esta tarde reúne todas las cualidades indicadas: posee los condimentos de incertidumbre habituales de cualquier River-Boca, pero en esta ocasión se agrega el estreno a nivel local de los mellizos Barros Schelotto sentados en el banco boquense. Entonces, surgen las preguntas: ¿qué Boca veremos? ¿Cómo afrontará River la motivación extra que un nuevo entrenador suele despertar en un equipo? Y el interés, por supuesto, se dispara.

Es relativamente sencillo imaginar que el Monumental recibirá a un Boca con la mente más fresca que en las últimas ediciones del choque. La llegada de un nuevo entrenador a un vestuario tiene efectos inmediatos, y esto ocurre siempre, más allá del rendimiento y los resultados posteriores. El cambio produce un desbloqueo automático, desaparece el mal humor, se modifican las dinámicas. Pero además, reaviva la competencia dentro del plantel, no solo por la dosis de novedad que encierra, sino porque ubica a todos los jugadores en la misma línea de largada. El desconocimiento sobre quiénes serán los nuevos elegidos para ser titulares, las ganas de impresionar al nuevo jefe, de demostrarle las aptitudes que cada uno pueda tener despiertan el fervor en el plantel. En ese sentido, Boca contará hoy con un estímulo extra.

Foto: LA NACION

La decisión del club de ofrecerle el cargo de técnico a Guillermo Barros Schelotto es, por otra parte, muy simbólica. Cuando llegan las urgencias, los dirigentes suelen buscar la coartada de apelar a los mitos, a los héroes venerados por la hinchada, sin considerar en exceso el papel que el viejo ídolo pueda tener como entrenador. La elección demagógica suele ganarle a la capacidad probada. Es cierto que en este caso los Mellizos fueron campeones de la Copa Sudamericana e hicieron muy buenas campañas con Lanús, pero estoy convencido que la directiva boquense privilegió mucho más el carácter desafiante y a veces hasta provocador de Guillermo que sus conocimientos futbolísticos, que sin duda los tiene.

La búsqueda del contraste es, por otra parte, una ley que se cumple de manera inexorable en el fútbol argentino: si Arruabarrena, con su perfil frágil, su escasa expresividad y su aire más académico y pedagógico no acabó de funcionar, pongamos a otro que traiga un látigo a ver si los jugadores se despabilan. Es decir, a alguien como Guillermo.

Más aún en el Boca actual, que vive una situación paradójica: viene de ganar dos títulos, pero tras las eliminaciones ante River en la Sudamericana y la Libertadores, en la conciencia de sus hinchas existe cierta sensación de pérdida de mística e identidad, que es justo lo primero y más sencillo que pueden aportar los nuevos técnicos.

El hincha de Boca tiene idealizado aquello de "jugar a lo Boca", es decir, poner el pecho, no achicarse, enfrentar las adversidades, copar la parada... que es exactamente lo que representa Guillermo, y por eso era el más reclamado.

El inconveniente que pueden encontrar los Barros Schelotto es que el fútbol no pasa solo por ahí. El Boca actual necesita algo más que un energizante, porque los defectos y problemas de un equipo provienen del juego. Por supuesto que esto incluye el temperamento y la virtud de no claudicar ante los contratiempos, pero sobre todo se nutre de la capacidad para jugar, y esto es muy difícil de transmitir en un par de entrenamientos y un apurado partido de Copa Libertadores. El magnetismo de Guillermo puede valer para un primer envión; pero después, como cualquier técnico, deberá sostenerse sobre la base de sus conocimientos y de su habilidad para encontrar en el plantel los perfiles de futbolistas que mejor se adecuen a sus ideas, intereses y estilos.

En estos aspectos, Marcelo Gallardo le lleva una evidente ventaja por puro tiempo de trabajo, lo cual le permitirá tomar esta tarde las consignas tácticas necesarias para intentar ponerle un límite al previsible ímpetu rival.

River enfrenta el Superclásico con problemas en la creación derivados de las ausencias de Pisculichi y D'Alessandro, apenas compensados por la dinámica de Nacho Fernández. En los últimos partidos se vio un equipo con un marcado desequilibrio ofensivo, ya que la presencia de un doble cinco con jugadores de características semejantes le quita posibilidades de asociación en ataque, donde todo parece depender de la facilidad de definición de Alario. El modo que instrumente Gallardo para no descompensar su equipo también hace prever un duelo interesante.

Tanto, que uno incluso tiende a olvidarse de que esta clase de partidos, con mucho en juego y expectativas muy altas, se hacen demasiado burocráticos. El futbolista en estos casos se aferra a los deberes que le marcaron y espera el momento de sacar la ventajita para después tratar de conservarla.

En los Superclásicos más recientes, las jugadas (un penal por acá, una atajada por allá) le han ganado al juego hasta llegar a anularlo. Son partidos que se definen por detalles chiquitos y donde cada acción decisiva tiene un enorme peso emocional. Decía el Flaco Menotti: "La táctica es programática... y todo lo que sea programático en el mundo de la acción, donde aparece lo inesperado, no tiene mucho sentido. Elaborás una táctica para tu día, pero te aparece un imprevisto y a la mierda la táctica". Saber cómo se absorbe esa circunstancia inesperada, tener la personalidad suficiente como para afrontarla es uno de los grandes desafíos que aborda un entrenador.

Serán esos momentos inciertos los que decidan la suerte de este nuevo River-Boca. Decirlo es casi como tirar piedras contra el tejado de tu casa, y tal vez por eso, o por no quedar al descubierto ni atentar contra tus propios análisis, prácticamente nadie acepta el carácter intangible del juego. Y sin embargo es parte de ese misterio que nos atrapa, nos fascina, y que además, gobierna el fútbol.

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