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Extraño fenómeno cultural en un lobby de hotel

LA NACION
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Daniel Burman
Domingo 06 de marzo de 2016
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Era uno de esos lobbies de hoteles pretenciosos, con sillones que te hunden y hacen que el tiempo se detenga, en un barrio de Madrid con vista al Parque del Retiro. Las paredes estaban tapizadas de cuadros que claramente respondían a diferentes administraciones.

Yo estaba sentado en un sillón de un cuerpo en el medio del salón. Frente a mí, apenas separado por una mesita de vidrio, mi interlocutor me daba su parecer acerca de un guión que yo le había enviado. Pero era imposible escucharlo. Por algún efecto de acústica, la conversación que se desarrollaba en los sillones que estaban a mis espaldas tenía más presencia que la voz de quien estaba justo enfrente. Durante un buen tiempo dialogué sin escuchar, intuyendo al otro en sus gestos.

A mis espaldas, un reconocido editor literario criticaba la obra de un joven autor, que no habló en ningún momento. El editor, un hombre mayor que parecía disfrutar mucho de escucharse, se explayó en un largo monólogo. Estaba rechazando una obra pero con tal nivel de entusiasmo y entrega, con tal devoción que hacía sospechar que la obra era una genialidad, y que quizá no la publicaba para protegerla del mundo. En un par de ocasiones tuve que girarme para corroborar que el escritor no se había retirado: no podía creer que el autor no intentara defenderse o al menos interrumpir para dar cuenta de su existencia. Para mi sorpresa, advertí que asentía comprensivo alentando al editor a seguir destruyendo su obra con cada palabra.

En el sillón que se encontraba delante de mí, se representaba una postal distinguida: una señora mayor tomaba el té con una mujer joven que podría haber sido su nieta. Conversaban con entusiasmo acerca de las bondades de un sobretodo de cachemir recién comprado, cuando el mozo del hotel las interrumpió para entregarles una porción de tortilla. La mujer más joven la partió casi sin mirarla y cuando se llevaba el trozo a la boca, la mayor detuvo su mano. Examinó el bocadillo e indignada llamó al maître. Durante mi entrevista con el interlocutor, al que no podía escuchar, la mujer explicaba, con tecnicismos, por qué esas papas con huevo y cebolla no eran tortilla.

En cierto momento las conversaciones se fusionaron: las razones por las cuales la novela y la tortilla no estaban listas para el consumo parecían ser intercambiables. Algo había cambiado en la acústica y de pronto pude escuchar a mi interlocutor: estaba criticando severamente el guión que yo le había enviado. El hall del hotel se convirtió en una caja de resonancia de un fenómeno: lo que repudiamos también conforma nuestra cultura.

El hotel en el que sucedió todo esto existe, y cualquiera que se adentre en ese hall podrá comprobar el efecto descripto. Sólo se debe dejar de escuchar la música funcional del elogio y adentrarse en el barullo, muchas veces inaudible, del pensamiento crítico.

El autor es cineasta

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