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Un viaje al corazón de Siria, el lugar del que todos quieren escapar

Un periodista recorrió junto a tropas rusas varias localidades del país en guerra

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PARA LA NACION
Martes 08 de marzo de 2016
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LATAKIA, Siria.- A primera vista, el puerto mediterráneo de Latakia no parece una ciudad en guerra. El tránsito en las calles es infernal, las mujeres peinadas de peluquería conversan bajo las palmeras y las idílicas plantaciones de naranjos se extienden por kilómetros.

Pero al observar con atención, los primeros signos empiezan a hacerse evidentes: un hombre con ropa camuflada hace las compras con un Kalashnikov al hombro, retenes militares aquí y allá, y cuadras y más cuadras de edificios cuya construcción quedó interrumpida por el estallido de la guerra civil siria, hace ya cinco años.

Para el grupo de periodistas internacionales que fuimos invitados a recorrer Siria durante cinco días por los ministerios de Defensa y de Relaciones Exteriores de Rusia, los contrastes eran notables.

Desde nuestro ómnibus escoltado por militares, atravesamos la relajada y soleada Latakia, en el corazón de la región alauita del presidente Bashar al-Assad. En los concurridos bares y restaurantes de la ciudad hay retratos de Al-Assad y de su padre, Hafez, colgados en los muros y las vidrieras.

Pero el frente de batalla de una guerra civil que desde 2011 les ha costado la vida a 250.000 personas y desplazado de sus hogares a la mitad de la población del país se encuentra a apenas 50 kilómetros de distancia. A medida que nuestro grupo se acercaba a esa línea de batalla, las obras en construcción inacabadas iban dejando lugar a las viviendas destruidas por el fuego de artillería. En algunos lugares, las paredes faltantes habían sido reemplazadas por placas de cartón, y había ropa tendida a secarse en los descampados, como signos de vida en medio de la devastación.

En una intersección de las afueras de Hama fuimos transferidos a vehículos blindados del ejército ruso, una clara indicación de los peligros que nos esperaban.

Al llegar a la aldea de Maarzaf, a unos 15 kilómetros de la ciudad de Hama, fuimos recibidos por hombres fuertemente armados de la milicia privada del jeque Ahamad Mubarak, un influyente dirigente local. Algunas de sus tropas eran apenas adolescentes, y se los veía orgullosos de sus armas y de sus penurias. Cuando un camión ruso descargó ayuda humanitaria, las tropas del jeque se mezclaron con los residentes que buscaban golosinas, y uno de ellos tuvo que alzar su rifle con aire amenazante para mantener a raya a unos chicos particularmente insistentes.

Pero la visita a las aldeas de montaña cercanas a la frontera turca fue más desgarradora.

La mayoría de las viviendas de Ghunaymiyah, recientemente recuperada por el ejército sirio de manos de las milicias, eran cáscaras vacías, sin puertas ni ventanas, y con evidentes signos de metralla en las paredes. Los habitantes que regresaron a inspeccionar los daños se quedaron consternados.

Algunos se arrodillaron a rezar en la iglesia cristiana, cuyas paredes apenas se sostienen y cuyo piso está cubierto de escombros y vidrios rotos. Tanta devastación parecía incongruente con los árboles en flor y el cielo diáfano.

Luego seguimos camino hacia la vecina Kinsibba, situada sobre una escarpada colina que mira hacia la estratégica ruta que lleva a Idlib y Aleppo, la otrora capital comercial de Siria. Un general sirio nos dijo con aire indiferente que el cese del fuego mayormente se respetaba. Los militares rusos no estaban tan calmados, nos pidieron insistentemente a los periodistas que no nos acercáramos al borde de un risco que estaba frente a una colina controlada por los milicianos.

Nadie les prestó atención, pero de repente, una explosión y una columna de humo gris se elevó desde una ladera 200 metros más abajo. Al principio no entendí lo que pasaba, pero un soldado ruso que estaba junto a mí gritó: "¡Todos abajo! ¡Nos atacan!" Mientras intentaba refugiarme detrás de una defensa de hormigón levantada en la calle, pude ver otra columna de humo de una explosión cercana e intenté manotear mi cámara, pero una nueva explosión me obligó a agacharme.

Un blindado ruso se interpuso para protegernos de la metralla. Corrimos protegidos por el vehículo hasta dar vuelta una esquina, donde esperaban nuestros vehículos. Apenas podía respirar por el peso de mi chaleco antibalas. Desesperados, nos trepamos a los vehículos y un oficial ruso fue gritando nuestros nombres para verificar si estábamos todos. Los camiones avanzaron a toda velocidad por la bacheada carretera. El vehículo llegó al lugar donde nos esperaban nuestros colectivos, señal de que el riesgo había pasado. Otro día, un avión militar ruso nos llevó hasta Damasco, donde vimos barrios enteros devastados por la batalla, donde no quedaba una sola construcción en pie. A pocos kilómetros de allí, sin embargo, otros barrios no mostraban evidencias de daño alguno, y los negocios y las calles estaban atestados de gente.

El último tramo de la visita fue a Al-Issawiyah, a 15 kilómetros al sur de la frontera con Turquía, para llevar ayuda humanitaria. La mayoría de los residentes son turcomanos, minoría étnica que los turcos consideran parte de su familia.

La aldea se ha salvado de los bombardeos y a diferencia de otras que visitamos, allí no abundan las fotos de Al-Assad ni los cánticos de apoyo a su figura.

Agencia AP

EI atacó en Túnez: 53 muertos

En una incursión sin precedente, un grupo de jihadistas vinculado a Estado Islámico (EI) atacó ayer al amanecer un cuartel en Ben Guerdane, ciudad de Túnez cercana a la frontera con Libia, y causó 53 muertos. Entre las víctimas mortales hay 35 terroristas, 11 policías y militares, y siete civiles, uno de ellos es una chica de 12 años. Otros siete insurgentes fueron capturados.

Túnez, que tiene más de 5000 ciudadanos en las filas de organizaciones jihadistas en el extranjero según diversas estimaciones, expresa regularmente su preocupación sobre la situación en Libia, sumida en la anarquía desde 2011. Para tratar de protegerse, el gobierno tunecino terminó la construcción de un "sistema de obstáculos" en la mitad de los 500 km de frontera común entre los dos países.

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