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Vivir con dengue: diez días con la "fiebre rompehuesos"

Cómo es tener el virus que preocupa al país; dolor y temperatura

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LA NACION
Miércoles 09 de marzo de 2016
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Imagínense un dolor indecible trepando por la espalda. Una garra de hierro va mordiendo la columna desde la cintura hasta alcanzar la base del cuello después de triturar las vértebras cervicales. Lo que sobreviene es una punzada que te hace pensar en una inyección letal. El cuerpo -los restos del cuerpo- está a 40 °C. No hay una conciencia plena del dolor, porque el dolor lo ha atravesado todo y los músculos -los restos de los músculos- ya no te pertenecen: el cuerpo te abandonó, la vista se nubla con los destellos de luz y tu mente vaga en una bruma fría cercana a la inconsciencia.

Dos horas después estás en el consultorio. El médico resume el asunto: "Desde este momento sos sospechoso de dengue". Entonces comienza la convivencia con Aedes aegypti. Serán nueve días cama adentro: seis de fiebre alta y constante, agotamiento físico, dolores en las cuencas de los ojos, erupciones en la piel. En el siglo XVIII, el médico Benjamin Rush la describió como la "fiebre rompehuesos". Es lo que te espera: cada tanto, un mazazo de Mike Tyson en la nuca te devuelve a la lona. Te levantás una, dos veces, pero un segundo después el mundo gira a tu alrededor y el puño áspero vuelve a incrustarse en la base del cráneo y te convierte en un saco de huesos rotos.

Vivís en La Calle del Dengue, un cul de sac en Vicente López donde comienza la zona norte de la ciudad. La proximidad del río con sus camalotes, la vecindad de una casa mugrienta o el azar quisieron que en tan sólo ciento cincuenta metros de ese rincón privilegiado de la provincia de Buenos Aires hubiera nueve pacientes con dengue. Una nota publicada en este mismo diario hizo que miles de personas acudieran a Google Maps para rastrear ese pedazo de tierra donde el Aedes aegypti encontró las condiciones necesarias para multiplicarse y donde esta mañana -la segunda de tu enfermedad- los móviles de la televisión zumbaran en busca de sangre caliente que nutriera su constante necesidad de alimento noticioso. Hay mucha preocupación en el vecindario e inquietud por la falta de una respuesta veloz de las autoridades sanitarias, pero unas horas después de que la historia llegó a la primera plana de los diarios una nube de fumigadores rocían la cuadra, esparcen su veneno reparador y se meten en tu madriguera: cuando el fumigador ingresa en tu cuarto con el tanque amarillo sobre la espalda (una suerte de Bill Murray en Los cazafantasmas), tenés 38,7° de temperatura. El televisor emite imágenes de un programa vespertino. No son de History Channel ni de Film & Arts: como tantas enfermedades que comprometen la energía, el dengue disminuye todas las funciones intelectuales y despedaza la voluntad.

No hay nada para hacer, salvo esperar. Tomar agua para hidratarse, descansar. Las alertas del teléfono celular duelen en los oídos: decenas de mails y mensajes de texto de quienes desean saber cómo estás. En esos augurios de mejoría vibra una preocupación desmedida: si te dejás llevar por ese súbito dramatismo -el temor de quienes se enfrentan al enigma de lo desconocido y a una enfermedad que llega precedida por grandes plagas de un tiempo remoto, como la fiebre amarilla, la malaria o la peste-, quizás enloquezcas.

Cuando todo pase, una semana después, entenderás que si bien se trata de una epidemia -los médicos lo dicen sin vueltas en la intimidad del consultorio, aunque las autoridades sanitarias no terminen de admitirlo- el dengue no es una plaga mortífera: durante el período en que se acumularon unos 26.000 casos, con dos muertes en circunstancias muy particulares, otras pestes se cobraron vidas enteras. El hambre es una de ellas.

Los médicos dicen que el tuyo está entre los casos más manejables. No hubo sangrados ni deshidratación, las dos situaciones que suelen conducir a una internación.

El pequeño suplicio diario es ir a la clínica para hacer un laboratorio. Hay que seguir la evolución de las plaquetas y los glóbulos blancos, que son los principales testigos del debilitamiento. Son dos o tres horas de espera en las que extrañás abandonarte al sueño en tu cama, dejar que el tiempo transcurra envuelto en la pestilencia de los repelentes (o en la fragancia más dulce y más fresca del aceite de citronella) y el ronroneo de la televisión.

Una enfermera aprieta el antebrazo con una banda elástica color beige. La aguja ingresa en la vena ligeramente inflamada, hay un ardor súbito y emitís un pequeño chillido; no es dolor, sino la impresión que provoca el pinchazo y que evoca el momento en que el Aedes aegypti cambió tu día, tu semana, tu mes.

Durante los siguientes días la vida será idéntica a sí misma. Desde la redacción te hacen saber que esperan que cuando regreses escribas sobre tu experiencia. No es sexy, atinás a decir, pero el día en que estás de vuelta, cuando al cabo del día muchas personas te han rodeado para preguntarte cómo ha sido padecer dengue, comprendés que has sido el protagonista modesto e inesperado de un evento excepcional que compromete la salud (y las fantasías) de muchas personas.

Es una especie de gran fatiga existencial, decís en medio de la redacción, y hay quien bajo la forma de cierto humor te pregunta si puede tocarte, porque teme contagiarse y transmitirles el virus a sus hijos. Otro bromista añade que la próxima vez deberías buscar una enfermedad más glamorosa, y aunque lo calla, está dicho: desde tiempos atávicos, las pestes -al menos para cierta mirada social- dejan una marca vergonzante. Tenés el alta, te dijeron anteayer. Un hombre libre que goza de la salud de los enfermos.

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