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Los momentos que antes (de tener hijos) no sabías que podías aprovechar

Lunes 14 de marzo de 2016 • 00:00
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Me acuerdo de que cuando iba al colegio tenía mucho tiempo para pensar en mí, para estar con mis amigas, para hacer lo que quisiera… Incluso tenía a gente (léase mis padres) invirtiendo gran parte de su tiempo propio en mí y ocupándose de cosas mías por mí.

Después empecé la universidad y al poco tiempo tuve que incorporar a mi rutina además de la facultad, el trabajo. Ya ahí el tiempo empezó a escasear, pero me fui volviendo cada vez más ducha en temas organizativos y aprendí a ahorrar y distribuir mejor mis horas del día.

Cada minuto se fue volviendo más y más valioso cuando sumé un novio a mis ya consabidas responsabilidades familiares, a mis amigos, mis estudios y mi trabajo. A pesar de esto, cada vez era más independiente, me sentía más dueña de mi vida y podía encontrar el tiempo para actividades recreativas y hobbies de lo más variados.

Toda esa cantidad de actividades y tareas tenía su lugar privilegiado e inamovible en mis semanas milimétricamente organizadas hasta el día en que nació mi hijo. Antes de tenerlo, evidentemente yo creía que iba a poder manejarlo como hacía con todo lo demás: con un poco de planificación. Pobre ingenua. No solo no pude planear nada con respecto a él, sino que además, me vi obligada a sumar aún más deberes y a resignar toda esa independencia que había conseguido y gran parte de las actividades que venían con ella. Mi agenda se transformó en una caótica lista de actividades sin momento asignado que quedan sin resolver quizás por meses, por más multitasking que haga.

Por eso ahora, improvisando en esto de ser madre, me vi forzada a aprender a aprovechar el tiempo de formas que antes nunca hubiera imaginado:

-El viaje al trabajo: el transporte público, que antes detestaba, se convirtió ahora en un santuario del ocio que se abre ante mí con infinitas posibilidades: leer un libro, contestar mis mails, stalkear a alguien en Facebook, llamar a alguna amiga, mirar por la ventana o dormir sin interrupciones por media hora.

-Algo parecido sucede cuando me transporto en auto con mi bebé de 7 meses: la mayoría de las veces se duerme o entra en una especie de trance que me permite, si no soy yo la que maneja, aprovechar para ponerme al día con las redes sociales, comprar el regalo de casamiento de mi prima, ¡pintarme las uñas! o simplemente cantar a los gritos al son de mi CD preferido.

-El tiempo en el baño también pasó a ser sagrado: en la ducha también me depilo, me pongo alguna crema si hay tiempo y mientras repaso mi agenda mental, le voy pegando gritos a mi marido con cosas pendientes (todas urgentes, obvio) que probablemente nunca dejarán de serlo: "¡No pagué la obra social!" "¿Le llevé a tu mamá el tapado que me prestó?" "¿Cuándo era el bautismo del hijo de tu amigo? ¡Hay que comprar regalo!" "Ah, y se me acabó el shampoo… ¿anotás en la lista del super?"

-Dar de mamar: una vez que llegué a dominar más o menos el arte de amamantar (cosa que me costó muchísimo) pude empezar a aprovechar esos preciados minutos para hacer casi cualquier cosa: desde ponerme al día con House of Cards hasta leer el diario en el teléfono. A veces, si cuento con la ayuda de un tercero, hasta puedo desayunar mientras tanto.

-Cuando se duerme: sé que si me quedo un rato más despierta me voy a querer matar al día siguiente. O durante la noche, cuando se despierte para comer. Pero hay veces que este rato de tranquilidad es clave para hacer todo aquello que no llego a hacer durante el día como poner un lavado, cocinar o dedicarme a mí por un momento. Eso, si no caigo frita yo antes que él.

Mi vida como madre primeriza y aprendiz me tiene así, un poco a las corridas, desordenada y cansada. Más feliz que nunca y aprendiendo cosas nuevas todos los días. Pero descubriendo que era cierto lo que los demás padres decían: es intenso. En este momento admiro demasiado a los que tienen más de un niño y no puedo creer que haya gente con 4, 5 o ¡10 hijos en el mundo! No me malinterpreten: agradezco este caos en el que se transformó mi vida, no lo cambiaría por nada y lo tomo como un desafío. Pero creo que nadie está listo para ser padre hasta que le sucede; se aprende en el camino y es un camino que no conocemos y para el que no hay mapas. Espero poder alguna vez estar a la altura de este desafío en el que me metí.

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