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En La jugada maestra hay mentes brillantes, política y ajedrez

El film de Ed Zwick se centra en el legendario match que disputaron Bobby Fischer y Boris Spassky en Islandia, en 1972

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PARA LA NACION
Jueves 10 de marzo de 2016
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La jugada maestra (Pawn sacrifice, Estados Unidos, 2014) / Dirección: Edward Zwick / Elenco: Tobey Maguire, Liev Schreiber, Michael Stuhlbarg, Peter Sarsgaard, Lily Rabe y Robin Weigert / Guión: Steven Knight / Fotografía: Bradford Young / Edición: Steven Rosenblum / Música: James Newton Howard / Diseño de producción: Isabelle Guay / Duración: 115 minutos / Calificación: SAM 13 años.

Nuestra opinión: Muy buena

La Guerra Fría estuvo repleta de episodios excéntricos. Uno fue, sin duda, la increíble partida de ajedrez que enfrentó a Boris Spassky y Bobby Fischer, llevada a cabo en Islandia en 1972. Desde 1948, la Unión Soviética dominaba las competencias internacionales del deporte, un dato que según las autoridades comunistas confirmaba su superioridad intelectual respecto de Occidente. La aparición de un genio disfuncional como Fischer puso esa certeza en peligro de extinción. El film de Edward Zwick (El último samurái, Diamante de sangre) empieza con Fischer poniendo patas para arriba la habitación de su hotel en Reykjavik. Paranoico desatado, suponía que la KGB lo espiaba. De inmediato, la trama viaja a la infancia de Fischer para explicar los orígenes de esa persecuta: su madre simpatizaba con el comunismo y era el FBI el que seguía de cerca sus pasos. El trauma infantil como motor de conductas futuras, una resolución elemental que cuadra bien en una narración que respira clasicismo por los cuatro costados. De ahí en más, lo que importa son los febriles prolegómenos del match por el título mundial, una guerra de nervios en la que Fischer tiene un rol preponderante. Y Tobey Maguire consigue transmitir la paranoia y la fragilidad del personaje con notable solidez. En lugar de la reproducción mimética (el recurso de Philip Seymour Hoffman en Capote, por ejemplo) elige la construcción de su propio arquetipo, un ajedrecista full time, provocador, sensible y caprichoso cuya relación con todo aquello que no sea peones, torres y alfiles es decididamente problemática, incluyendo la sexualidad. Liev Schreiber también inventa un Spassky muy particular, inmutable en apariencia y controlado siempre por obsesivos guardianes soviéticos. Es evidente que su trabajo estuvo enfocado a esquivar la caricaturización que Hollywood moldeó durante años para cualquier personaje que representara a la URSS.

La película no profundiza sobre la vida de Fischer luego de esa extenuante y accidentada partida (murió en 2008, exiliado justamente en Islandia), un derrotero errático cargado de comentarios incendiarios sobre el judaísmo e Israel, actitud de rebelión contra sus propias raíces que también fue símbolo de su extravagancia. Pero esa restricción colabora con la eficacia de todo lo que mantiene en foco: por un lado, su intensa relación con las dos personas que eran su auténtico soporte legal y emocional, el enigmático abogado Paul Marshall (Michael Stuhlbarg) y un paciente y equilibrado sacerdote experto en ajedrez, encarnado con mucha prestancia por Peter Sasgaard; por el otro, la tensión de la propia partida, sintetizada en un arqueo de cejas de Schreiber o un pequeño gesto de Maguire, siempre atento al tablero, pero también a un contexto que siempre consideró agresivo. La jugada maestra es la historia de un hombre cuya racionalidad se agrieta a medida que crece su capacidad como ajedrecista, pero también una prueba más de cómo la cultura norteamericana crea celebridades en serie para destruirlas cuando percibe que es hora de desecharlas.

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