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Circuncidar o no circuncidar: el dilema para los padres primerizos

La Academia Estadounidense de Pediatría sostiene que los beneficios de la circuncisión superan los riesgos, pero no son tan contundentes como para recomendar el procedimiento de manera universal

Jueves 10 de marzo de 2016 • 16:35
Foto: TIM BOWER
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No pensamos mucho en la circuncisión. Nuestro hijo era un gemelo sobreviviente de 27 semanas de gestación. Pasó los primeros 76 días de su vida en la unidad de cuidados intensivos neonatales del Prentice Women's Hospital en Chicago. Como luchaba por su vida, había que considerar cuestiones mucho más importantes que la forma de su pene.

Realmente nunca me había cuestionado por qué yo era circunciso. No se debía a cuestiones religiosas. Tampoco me había preguntado cómo habría sido mi vida si no me hubieran mutilado. La apariencia y el tamaño de mi pene no son sino una parte de quien soy. Igual, en verdad, que el vello en mi pecho o el lunar sobre mi ceja izquierda.

Los doctores hablaron por primera vez del asunto una semana antes de dar de alta a nuestro hijo. Nos dijeron que si queríamos hacerle la circuncisión, lo mejor sería programarla junto con la cirugía de su hernia. Sería un dos por uno.

Mi esposa había dicho que, como yo era quien tenía pene, la decisión era mía. Para mí no había opción. Yo soy circunciso. Por supuesto, mi hijo lo sería.

La cirugía fue un éxito, pero los doctores consideraron que era muy pequeño para hacerle la circuncisión. Recomendaron que regresáramos unas cuantas semanas después para un procedimiento ambulatorio.

Christina empezó a dudar sobre someterlo a una nueva cirugía. Yo no compartía sus inquietudes. Unos cuantos días después, hablé por teléfono con mi amigo Brooks, lo actualicé sobre los avances de nuestro hijo y le comenté un tema potencialmente álgido en mi familia: mi postura radical contra el bautismo.

Planeamos exponer a nuestro hijo a las muchas religiones que hay en el mundo, y si llega un día en que quiera identificarse con alguna, podrá tomar una decisión informada. Había reflexionado sobre esto durante meses y Christina, que no es católica, estaba de acuerdo.

Le conté todo esto a Brooks. Comprendía. Entonces me lanzó una bomba: ¿pensábamos seguir adelante con la circuncisión?

"Pues, sí, claro", contesté rápidamente.

"¿No quieres bautizar a tu hijo, pero no dudarás en que le corten el prepucio?".

Me quedé mudó y me sentí un poco avergonzado. ¿Cómo no había pensado más a fondo en la circuncisión? Tenía convicciones firmes con respecto al bautismo. Pero ¿iba a circuncidar a mi hijo por la única razón de que yo era circunciso? Si seguía la misma lógica, también tendría que bautizarlo.

Investigamos sobre los cuatro métodos que utilizan una abrazadera y también el método Platibell, el procedimiento preferido en el hospital donde le harían la circuncisión.

La Academia Estadounidense de Pediatría sostiene que los beneficios de la circuncisión superan los riesgos, pero no son tan contundentes como para recomendar el procedimiento de manera universal. Las posibles consecuencias de que no circuncidaran a nuestro hijo implicaban distintos grados de riesgos, como mayores posibilidades de presentar infecciones de las vías urinarias, enfermedades de transmisión sexual e incluso cáncer de pene: suficiente para provocarme más miedo, sin importar qué tan bajos sean los riesgos.

Al final, Christina y yo siempre regresábamos a dos cuestiones: que el procedimiento era doloroso, sin importar cuánto tiempo tomara, y que el caso de nuestro hijo no parecía cumplir ningún objetivo médico. Como dijo mi esposa: es otra forma de cirugía estética.

Dos días después, durante su primera cita con la pediatra, una rumana, nos advirtió que hay distintas formas de interpretar los datos de los muchos estudios disponibles. También nos recomendó que investigáramos sobre los hallazgos de la Organización Mundial de la Salud, que en 2007 mostró que la circuncisión tiene mayor prevalencia en Estados Unidos que en ninguna otra parte. De hecho, en los países de Europa occidental las tasas de circuncisión son de menos del 20 por ciento. Esa cifra me hizo sentir mejor con nuestra decisión.

Nuestro hijo acaba de cumplir un año y yo todavía pienso en eso. ¿Y si me pregunta por qué somos distintos ahí abajo? ¿Y si en la secundaria lo molestan en los vestidores por ser el único chico sin circuncisión? ¿Y si las mujeres ven esto como algo inaceptable? ¿Y si el placer sexual que pueda alcanzar es menor?

Luego recuerdo que tengo estos miedos por haberme salido de mi zona de confort: de la zona de confort de Estados Unidos, en realidad. Y ese es el tipo de padre que quiero ser: un hombre que le muestra a su hijo que no teme desafiar la cultura establecida.

Por CHRIS SILVA para el New York Times

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