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Nadia se casó descalza

Una relación de largo aliento entre Colorado, Paraná y la Patagonia es la segunda columna de la Señorita Heart, que explora historias de amor que vale la pena contar

PARA LA NACION
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Señorita Heart
Viernes 11 de marzo de 2016 • 00:04
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Es 2001 y Nadia está contenta con su título aunque sabe, en el fondo de su corazón, que lo que la apasiona es el triatlón; correr, andar en bicicleta y nadar. Acaba de terminar la carrera de Administración de Empresas en Paraná, Entre Ríos, donde nació y creció. Es 2001 y Nadia siente que se lleva el mundo por delante, tiene 25 años y sólo piensa en entrenar y en viajar. Está en otra, eso le responde a todo el que le pregunta si sale con alguien, si le gusta alguien, y todo ese cuestionario inútil que molesta a una mujer libre de mandatos. Nadia hace sus valijas y se toma un avión a los Estados Unidos; va a visitar a su hermana a Boulder, donde está la Universidad de Colorado, famosa por su equipo de triatlón. Cree que en su ciudad no deja nada demasiado importante o que pueda perder. Familiares, algunos amigos, sus compañeros de entrenamiento, sí. Y Ariel, su entrenador.

Ex triatleta panamericano, Ariel comandaba un grupo pequeño de fanáticos de un deporte poco conocido en Paraná. Nadia era la única mujer del equipo. Después de un par de años terminaron siendo todos amigos, aunque Ariel siempre fue demasiado reservado, así que ella nunca tuvo muy en claro su prontuario sentimental. A Nadia le gustaba, lo admiraba en silencio mientras recibía sus indicaciones. Muchas veces se sintió flotar en el aire solo por verlo en la puerta de su casa un día cualquiera a las 7 de la mañana, listo para entrenarla. Le habían contado que él también la quería y ella lo notaba de vez en cuando, entre silencios incómodos que, en realidad, escondían la batalla entre el deseo y la vergüenza. No hubo besos ni declaraciones de amor, pero ahora, cuando Nadia piensa en el abrazo de despedida que se dieron antes de su partida, jura que lo vuelve a sentir en el cuerpo.

En Boulder, Nadia integró el equipo de triatlón de la universidad. Durante ese tiempo hizo nuevos amigos y siguió cultivando su curiosidad con la entrega de los artistas, aunque notaba que cada vez que volvía de entrenar corría a su computadora para escribirle a Ariel. Los primeros fueron mails más bien profesionales: nuevas marcas y nuevos territorios descubiertos, uno a cada lado del Ecuador, y alguna palabra de afecto casi oculta. En los últimos, ya hablaban de volverse a ver. Después de un año se reencontraron en Paraná, cuando ella vino en lo que pensó que sería una breve escala hasta regresar a Boulder. Nada tardaron en confesarse amor y deseos; ella no tuvo dudas, a Colorado jamás volvió.

Las siguientes carreras de sus vidas las corren siendo novios. Se ponen objetivos; alcanzar nuevos tiempos, resistir, ganar. Y los van cumpliendo. En 2002 se van a vivir juntos y triplican la apuesta: además de convivir y entrenar, montan un negocio propio. Nadia dice que corriendo juntos aprendieron a replantearse objetivos a medida que la situación cambia. A veces él la espera porque corre más fuerte; otras, es ella quien lo espera a él. Serenarse y ser buenos estrategas: lo mismo aplican a su trabajo y a su familia.

Es 2004, febrero, Nadia y Ariel miran los pasajes a Neuquén con nervios. Van a competir en el Desafío de Los Andes como pareja y el objetivo esta vez es algo mayor a salir primeros. Cuando crucen la línea de llegada, después de tres días de deporte y campamento en Junín de Los Andes, un altar improvisado de piedras y flores silvestres los estará esperando para su boda, al pie del volcán Lanín. Los corredores están entusiasmados, son alrededor de 300, de distintos países: muchos no se conocen. Corren 60 kilómetros seguidos -nueve horas sin parar en una primera etapa más larga que de costumbre- y cuando se quedan sin alimentos ni bebida Ariel empieza a deshidratarse. En una carrera así las ganas de abandonar aparecen con frecuencia, pero esta vez no piensan darse por vencidos y replantean la estrategia, ahora con una presión más dulce. La noche los encuentra rendidos. Con las últimas fuerzas, arman la carpa en la que juntarán energía hasta el día siguiente.

Poco antes de las 6 de la mañana están tomando café frío entre las montañas, listos para arrancar la segunda etapa. Las siguientes seis horas estarán corriendo entre bosques de pinos, caballos y vacas. Cada tanto se cruzarán con otros corredores, pero la mayor parte del tiempo lo pasarán los dos solos. Van a darse aliento, a compartir agua y emociones; en cada cima habrá un nuevo horizonte que les regalará la naturaleza y que ambos van a atesorar junto al recuerdo de la adrenalina, la belleza y la desolación. Algo parecido van a experimentar al día siguiente, etapa final de la competencia, en la que además de picos nevados aparecerán pequeños pueblos salpicados entre paños verdes de arbustos y lagunas como lentejuelas gigantes. Del casamiento, ni noticias. Todavía no van a caer en la cuenta de que, cuando todo termine, los espera otra aventura. En realidad, reaccionarán recién cuando vean a lo lejos el arco de llegada y el aliento de los corredores empiece a llegarles con más fuerza. Nadia está shockeada porque le sacan fotos y le dan indicaciones que no alcanza a entender. El organizador de la carrera había preparado el casamiento y los detalles eran sorpresa.

Apenas llegaron a la meta, siguieron corriendo hasta un camión donde Ariel se afeitó con agua mineral y Nadia se puso un vestidito blanco, sencillo y delicado que su mamá le había llevado como regalo. Tenían tierra en todo el cuerpo, no se habían bañado en tres días ni ellos ni los invitados, todos corredores. Estaban mal dormidos; Ariel se había quebrado un dedo del pie y Nadia tenía las uñas de los suyos rotas y los pies ampollados. Se casó descalza. Sin maquillaje ni adornitos, improvisó un peinado sobre su pelo duro mientras Ariel se calzaba un traje prestado antes de salir hacia el altar. Ella llegó después: en una canoa de plástico surcó la orilla del Lanín, donde la esperaban él, los padres de ambos, el cura del pueblo y un asado dionisíaco para 300 personas.

Es 2016. Nadia y Ariel tienen dos hijos, Tomás, de 6 años, y Mateo, de uno y cuatro meses. Siguen creyendo que replantearse objetivos con serenidad es la clave para sostener su equipo, que ahora es una familia. Después de haber sido tan libres, los dos atienden con respeto las trampas de la rutina. Siguen entrenando y trabajando juntos en Paraná. No saben cuándo van a correr la próxima carrera pero no les importa. Saben que allí estarán, listos, cuando sea, preparados para ganarle a cualquier imprevisto que el camino los lleve a sortear.

Si recién descubriste a la señorita Heart, escribile a corazones@lanacion.com.ar, lee su primera historia de amor o enterate de cómo sumar la tuya.

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