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Tangerine, la road movie filmada íntegramente con teléfonos inteligentes

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LA NACION
Domingo 13 de marzo de 2016
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"Ya no sé qué mierda es real y qué no". sepultada bajo toneladas de maquillaje y una pelucota rubia de canecalón, Sin-Dee Rella parece reflexionar sobre su propia condición: ¿es una mujer o un hombre? No importa. Ella y su amiga Alexandra son prostitutas callejeras y en un singular viaje del día hacia la noche se cruzan con los personajes más desangelados, luchan por conservar su dignidad intacta aun en la mugre y oscilan entre lo real y el artificio: "Los Angeles es una mentira con un envoltorio bonito", dicen. Si es cierto que las teorías más modernas sobre sexualidad ya ni discuten la diferencia entre géneros y cuestionan la división binaria de hombre/mujer como un invento del siglo XX, Tangerine, la película que se estrena estos días en la Argentina, es una obrita revulsiva y un documento de época: la road movie de dos chicas trans por las zonas más sucias de la gran ciudad y el primer largometraje filmado íntegramente con un iPhone.

El lado B de Sunset Boulevard estalla con los colores saturados de un Instagram del white trash, a 24 cuadros por segundo: el director Sean Baker usó tres teléfonos inteligentes para rodar toda la película, que se presentó en el festival de cine independiente de Sundance de 2015, donde sorprendió como un pequeño prodigio técnico (nadie podía creer que un iPhone 5S fuera capaz de tanto) y un manifiesto a favor de la diversidad: Tangerine da un paso enorme para la visibilidad de las personas trans en la cultura popular. La sinopsis oficial de la película describe la trama: "Es la víspera de la Navidad en la ciudad del oropel y Sin-Dee está de vuelta en la cuadra. Después de oír que su novio cafisho no fue fiel durante los 28 días que pasó presa, la chica trabajadora y su mejor amiga, Alexandra, se embarcan en una misión para llegar al fondo de ese rumor escandaloso. Su ruidosa odisea las conduce a través de varias subculturas de Los Angeles, incluyendo una familia armenia que debe lidiar con sus propias repercusiones sobre la infidelidad". Presentadas como antiheroínas en búsqueda de redención, en ningún momento se comunica que Sin-Dee y Alexandra son chicas trans. Si el año pasado la revista Vanity Fair puso en tapa a Bruce Jenner ya transformado en Caitlyn y antes Time había destacado a Laverne Cox, la actriz travesti de la serie Orange Is the New Black que fue la primera en ser nominada en las categorías femeninas del Emmy, con el subtítulo la próxima frontera de los derechos civiles, en Tangerine no se problematizan las exigencias del estrógeno artificial o la depilación definitiva porque Sin-Dee y Alexandra son, simplemente: personas.

"La categoría de género pertenece al discurso biotecnológico de finales de los años cuarenta", escribió Beatriz Preciado (o Paul B. Preciado desde que cambió su nombre), célebre activista queer, en su ensayo Testo yonqui. La noción clínica de género se usó por primera vez en 1947, cuando el médico John Money consideró más importante el sexo de asignación o crianza que el biológico y la Academia le respondió que sólo se puede ser hombre o mujer según cómo se haya nacido. Ese dilema empieza a ser arcaico. Para Preciado, el género hoy es "sintético, maleable, variable, susceptible de ser transferido, imitado, producido y reproducido técnicamente". El pequeño detalle anatómico que decora la entrepierna de Sin-Dee y Alexandra no es más que eso. Y todos los que se cruzan con ellas las tratan con naturalidad y hasta admiración. Mientras se habla de tecnosexualidad como el fenómeno de una era en la que el cuerpo ya puede producirse por mera voluntad tecnológica, motivado por un deseo transparente, las dos amigas no viven en falta, más bien son chicas completas: tienen de lo uno y de lo otro.

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