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Traductores: un oficio tan a la vista como invisible

Por impulso de las editoriales independientes, la traducción vive un momento de auge en la Argentina; en el Congreso, un proyecto busca mejorar sus condiciones de trabajo

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PARA LA NACION
Domingo 13 de marzo de 2016
Ilustración: Sebastián Dufour
Ilustración: Sebastián Dufour.
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Hay un linaje y es vasto y rotundo. Desde la primera traducción en Argentina de La divina comedia, realizada por Bartolomé Mitre y publicada en 1897, hasta la última traducción de esa obra en estas tierras, a manos de Jorge Aulicino, publicada en 2011 por Edhasa. Una tradición con figuras tan disímiles como apasionadas en la tarea: Sarmiento, Borges, Walsh. Un campo que potenciaron revistas como Sur o como Leoplán. Décadas que se hilvanan con versiones de escritores que hicieron brillar las ya célebres obras que abordaban.

La traducción tiene en el país una historia de vaivenes que en una época le permitió a España, en años de franquismo, recibir las voces de autores como Camus y otros tantos de la mano de editoriales como Losada, con traducciones hechas en estas latitudes. Una historia que luego invirtió su corriente: las traducciones empezaron a llegar del otro lado del Atlántico y a ser todopoderosas aquí, donde la edición de libros languideció. Pero en los últimos años la prepotencia de trabajo de las editoriales independientes subió la apuesta y obligó a ese hilo de la historia a hacer un firulete: propiciaron un reverdecer de la traducción local. En ese contexto creció la discusión, quizá con ritmo pausado pero con pulso vital al fin, sobre la importancia de la traducción local, sobre el lugar del traductor y sobre las -por lo general malas- condiciones de trabajo. Un proyecto de ley actualmente en el Congreso y varias buenas ediciones han avivado recientemente la llama de un oficio a la vista de todos y, a la vez, invisibilizado.

¿Qué se busca en la traducción? ¿Cómo trabaja un traductor hoy? Para Laura Wittner, que ha trabajado con obras de Anne Tyler y Leonard Cohen y cuya traducción de El paraíso opuesto, de Antal Szerb, acaba de ser publicada por La Bestia Equilátera, se trata de una aproximación emocional: "Cada uno habla con su voz y yo trato que lo que digo en castellano sea lo más cercano a lo que dice y cómo lo dice la obra original, y trato de reprimir mi deseo de apropiármelo", dice.

Christian Kupchik, que ha trabajado con obras de Tomas Tranströmer, Henrik Ibsen y Honoré de Balzac, habla de epifanía, de "encontrar ese punto que tiene que ver con lo literario, con la belleza estética que propone". No se trata de traducción maquinal. No. Se trata de abrir un universo que implica, muchas veces, una investigación paralela. Entonces cuenta: "Una vez hice una traducción del francés de La búsqueda de lo absoluto, de Balzac. Era una novela que transcurría en el siglo XVIII: un personaje que quería encontrar la fuente de la juventud y empeñaba la fortuna familiar en nombre de la alquimia. Eso me obligó a estudiar un poco de alquimia para familiarizarme con los términos que Balzac utilizaba y con la arquitectura de la época? no se trata de un trabajo mecánico".

Micaela Ortelli tradujo varios cuentos de Virginia Woolf ("La mujer en el espejo", "Objetos sólidos" y una veintena más integraron el volumen Cuentos completos, en el que también tradujo Carolina Orloff). Ortelli agrega: "A Virginia nunca la leí en castellano, la conocí en la facultad, así que la única traducción que conozco es la mía. Obvio que las veces que me costó mucho cierto pasaje busqué el cuento en castellano a ver qué había decidido el traductor, y supongo que habrá ayudado. Sé que nunca calqué porque no me lo permitiría y porque al ser siempre traducciones de España no hay chance de que podamos decir lo mismo de la misma manera".

Pasillo de fantasmas

¿Serán, acaso, las traducciones previas como un pasillo de fantasmas por el que hay que cruzar?

Por primera vez en castellano, acaba de editarse el libro Marcel antes de Proust (Ediciones Godot) con la traducción de Matías Battistón. Se trata de textos que el escritor francés publicó cuando tenía 19 años. Battistón dice: "Trabajar sobre Proust, por más que sea en textos nunca antes traducidos, es entrar en una trama de traducciones previas, de por sí discutidas, en continua polémica la una con la otra. Así que, ante cada expresión, giro o término en estos textos, uno se ve tentado a salir a buscar qué ecos pueden encontrarse en toda la obra posterior, de qué manera podrían insertarse o se insertan ahí. En rigor, la traducción ideal de todo textito perdido de Proust implicaría la retraducción de En busca del tiempo perdido y, quizá, de todo lo demás".

¿Cómo navegar entre traducciones de traducciones? ¿Cómo plantear una traducción hecha en Argentina? ¿En qué lector pensar a la hora de hacerlo? Hay preguntas que no se agotan y las respuestas llegan de todos los tiempos. Todo un prócer en esto, José Bianco decía que se trataba de hacerla "lo más fluida posible, para que el lector no esté recordando todo el tiempo que lee un libro traducido".

Leonora Djament, de Eterna Candencia, una de las editoriales independientes que han aportado gran número de títulos con traducciones locales -de Lydia Davis (por Inés Garland), de Kobo Abe (por Ryukichi Terao), de Ulrich Peltzer (por Mariana Dimópulos)-, dice: "Lo que importa es tener traducciones hechas del mejor modo posible, sabiendo que la traducción es un ensayo, una propuesta, una interpretación. Creo que en este momento seguimos contando con excelentes profesionales y la traducción argentina está pasando por uno de sus mejores momentos; y eso, por supuesto, fortalece a la industria del libro en nuestro país. En ese sentido, las editoriales independientes en los últimos 15 años han estado a la cabeza de este fenómeno".

Los traductores coinciden en señalar ese terreno fértil que aprovecharon las independientes y Kupchik aporta un ejemplo: "Hay un libro de Anne Carson, Eros el dulce-amargo. La extraordinaria traductora es Mirta Rosenberg, una institución. Lo agarra cualquier tractor y pone "Eros el agridulce", pero ella tiene razón, porque lo que la autora quiere significar es que el amor es un proceso donde interviene el placer y el deseo al mismo tiempo que la amargura. Como lector, agradezco esos gestos porque iluminan de un modo más rotundo cuando introducen esas expresiones".

El libro fue editado por Fiordo, que se caracteriza por ofrecer títulos extranjeros. "Apostando a la traducción, nosotros queríamos no sólo dar a conocer autores sino también recuperar la legibilidad de los textos y, dentro de lo posible, ser fieles a los matices de los originales. Eso es algo que veíamos que se había ido perdiendo un poco de vista, aunque por supuesto no siempre, y eso también hay que aclararlo, en algunas de las traducciones españolas que nos llegaron en las últimas décadas, al tiempo que algunas editoriales locales, más chicas, empezaban a incursionar en la traducción con otros oídos, tal vez un poco más exigente", dice Julia Ariza, que dirige y edita Fiordo junto a Salvador Cristofaro.

Para cada libro, estas editoriales buscan un traductor especial. Djament explica que en Eterna Cadencia eligen el traductor según las particularidades de cada texto: "Los ejemplos más claros aparecen en los libros de ensayos: El absoluto literario de Lacoue-Labarthe y Nancy fue traducido por Cecilia González y Laura Carugati: una especialista en filosofía francesa y la otra en el romanticismo alemán". Inglés y francés parecen ser los casos más clásicos, pero también hay otras lenguas, menos transitadas que presentan desafíos. Es el caso de la finlandesa Riikka Pelo, con La portadora del cielo (Fiordo). Ahí, dice Julia Ariza, necesitaban un traductor del finlandés, algo difícil de encontrar. "Como no logramos obtener referencias de ninguno local de esa lengua, recurrimos a Luisa Gutiérrez Ruiz, una traductora española de quien habíamos leído ya un libro. En este caso, no podíamos comparar la traducción con el original, pero sí podíamos sentir, oír el texto y ver qué no funcionaba o qué sonaba demasiado español, aunque también en este caso el trabajo de la traductora fue realmente muy bueno; leerlo es un placer, no una molestia".

Y ahí se abre otra discusión: ¿la molestia de una traducción española se reduce al "gilipollas", al "chaval"? ¿Dónde reside esa incomodidad? Además de traductor, escritor y periodista cultural, Christian Kupchik es un lector voraz y dice: "Este verano me encontré con libros de muy buenos escritores, Richard Ford y Fred Vargas, en versiones españolas. Las traducciones están en el plano de lo ilegible. En el caso de Vargas, uno de los personajes centrales repite que es un "guarrindongo". Me fui al diccionario de la RAE, al de María Moliner? es una deformación de guarro que se debe utilizar en una esquina del barrio de Vallecas. Dejando de lado eso, que está bien, te encontrás con personajes que hablan con el slang propio de su lengua natural, y no debe ser sencillo de traducir eso, había problemas sintácticos, y ahí ya no tenía nada que ver la lengua". Kupchik señala un triple desprecio: por el lenguaje, por el autor al que se publica y por el lector que no pertenece al mercado español.

¿Dónde hacer eje? ¿Dónde ajustar el equilibrio? "Yo crecí leyendo traducciones españolas y no me pasó nada. Para una persona aprender las variedades del castellano no es una cosa tremenda -dice Laura Wittner, conocedora del paño ya que en alguna época trabajó incluso en "desgalleguización" de textos para una editorial-. Pero una cosa es poder leer de "tú" y de "vosotros", y otra cosa son ciertos traductores españoles que eligen de cada posibilidad léxica la más castiza, que transforma a los textos para nosotros en algo muy chocante".

Cuestión de subsistencia

Pablo Ingberg es uno de los motores del proyecto de ley que busca mejorar las condiciones laborales del gremio y dice: "Este tipo de cosas que decimos son generalizaciones y, por lo tanto, dejan mucho afuera. En general en América Latina está esa tradición: nosotros traducimos para todo el mundo de habla hispana, por eso tratamos de evitar el exceso de localismos. En eso hay una cuestión comercial. Si la quiero vender en otros países y la traducción está marcada por los rasgos locales, probablemente no tenga buena acogida. Hay algo de eso. Por otro lado, la gente suele quejarse acá de que, en España, traductores formados leyendo traducciones argentinas en épocas de censura franquista, ahora traduzcan para ellos y después vendan acá. Hay que ponerse a reflexionar".

Ingberg dice: "En España puede llegar a molestar un localismo en una traducción, pero si en una novela de Piglia usan vocablo rioplatense les parece bárbaro. Lo mismo acá, si en una novela de Javier Marías leés ?gilipollas' no molesta, pero si aparece en una de Dostoievski, sí. Son problemas que existen y que merecen mucha reflexión. Pero, sin dudas, en la medida en que haya más traducciones hechas acá, nuestros lectores se van a sentir más a gusto. Son bienes culturales que tienen beneficios de todo tipo, incluso materiales".

Si entramos al plano más terrenal, la cuestión se angosta. "Las condiciones laborales en Argentina son prácticamente imposibles. Si sos una persona adulta y con hijos que tiene que mantener a su familia no podés trabajar de traductor. Para que las tarifas de traducción actuales te rindan tenés que trabajar doce, catorce horas por día", dice Wittner. "Subsistir de la traducción literaria únicamente es tan imposible como subsistir del periodismo cultural únicamente. El editorial es un rubro muy sacudido por la era digital y la falta de presupuesto es una constante", dice Ortelli.

La tarea de los traductores no tiene hasta el momento legislación propia. Su trabajo está contemplado en ciertos artículos de la ley de propiedad intelectual número 11.723, redactada en 1933. En ella, el traductor se considera autor de la "obra derivada", pero no tiene los mismos derechos que el autor y se permite la cesión total de los derechos, por ejemplo. Los contratos quedan en gran parte librados a las decisiones editoriales, y por lo general los traductores no cobran regalías ni un mínimo porcentaje por la venta de cada ejemplar. Lo que se ofrece en promedio son $260 cada mil palabras. Algo que va por debajo de los $285 orientativos que sugiera la Asociación Argentina de Traductores e Intérpretes (AATI) por igual cantidad en textos de ficción y ensayo para editoriales.

El terreno es desparejo, además, porque el tiempo que lleva trabajar sobre un texto es igual de oscilante, y porque el traductor es un lobo solitario. Pero hace un par de años, Pablo Ingberg se reunió con un grupo de colegas y empezó a armar un proyecto de ley para intentar cambiar la partida. En esa escena discímil, él señala que buena parte de las editoriales argentinas independientes se ajustan bastante del proyecto en la actualidad.

Luego de sortear terminologías legales acordaron un nombre: "Ley de derechos de los traductores y fomento de la traducción". El proyecto entiende, entre otros puntos, que la propiedad intelectual de la traducción corresponde al traductor y por lo tanto él tiene derechos sobre la obra. Busca, en definitiva, dar visibilidad a los traductores y mejorar sus condiciones laborales. Con un plazo de dos años parlamentarios para obtener al menos media sanción, este mes empieza a transitar su segundo y último año para lograrla y no perder estado parlamentario. "En la Cámara de Diputados tienen que tratarlo dos comisiones, la de Legislación general y la de Cultura. Hasta ahora ni siquiera se sabe bien cómo van a quedar conformadas las comisiones -dice Ingberg- . Hasta no saber eso, no hay sobre qué operar".

Mientras, la discusión se planta y abre sus tentáculos. El árbol genealógico de la traducción argentina le cuida las espaldas.

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