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Compositores melódicos, los guionistas más efectivos del mundo

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PARA LA NACION
Domingo 13 de marzo de 2016
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De lejos yo puedo parecer una persona un poco snob. Viajo dos veces por año a Nueva York, tomo agua de hibiscus en las comidas, no consumo harinas blancas, voy a bares de moda, y me desespero cada vez que sale el nuevo iPhone. Pero adentro mío sé que son meras casualidades, caprichos aislados que no dicen nada de lo que me gusta o de lo que me conmueve en la vida. Y lo sé porque en el momento en el que me subo en ese avión camino a Nueva York, mientras preparo la infusión de hibiscus, o cuando escucho música en el bendito iPhone último modelo, muchas veces suenan temas de José Luis Perales o de Julio Iglesias.

Al principio, mis amigos enloquecían con este hábito anacrónico y espantoso y me arrastraban a ver bandas nuevas para abrirme los oídos, pero con el tiempo se fueron rindiendo. Prefieren pensar que reivindico canciones populares o supuestamente mersas porque quiero hacerme la excéntrica o quiero provocar en ambientes intelectuales hablando bien de Cristian Castro. No notan, curiosamente, que mi gusto es raro pero muy preciso. Me han visto cantando temas del Paz Martínez pero jamás algo de Ricardo Montaner, Axel Fernando o Diego Torres. Y no lo hago porque yo no elijo intérpretes sino compositores. A mí la música me importa un pito, a mí me vuelve loca que puedan contar una historia de amor entera, con todos sus personajes, conflictos, secretos e impedimentos en una canción. Los compositores de música romántica son una versión mejorada de mí misma: cuentan en tres minutos lo que a mí me lleva ciento setenta horas de televisión.

En general, el primer párrafo de cualquier canción romántica buena presenta a los personajes o introduce las primeras escenas de la historia. Quién es él, quién es ella, qué relación tienen, y qué sucedió en el pasado: Se ve que no te voy / Se ve que no me vas / Se ve que en realidad solo me quieres / Como a un amigo más / Como algo de siempre.

En los versos siguientes el autor empieza a profundizar sobre el problema y además, necesita decir por qué justo ahora necesita hablar de este tema. Si ella se está por casar con otro, si él se está por ir, si recién ahora se ha dado cuenta de que la ama pero es tarde. Ya ves me equivoqué / Creí que era feliz / Pensaba que yo lo tenía todo / Tantos amigos, caprichos, amores locos.

Recién en el estribillo, luego de presentar a los personajes y de contar por qué necesita hablar ahora, enuncia plenamente el conflicto en una línea pegadiza que de forma simple y contundente expresa un problema de amor universal. En este caso: Tengo todo excepto a ti.

Otras veces, el autor se centra en la voz de la novela y cuenta un padecimiento profundo que tiene que ver con su historia amorosa, con cómo llega a este momento él: Tras el umbral de mis temores / De mis errores, de mis fracasos / Tras las heridas del pasado / Y los amores ya olvidados.

Ella entra recién en el segundo verso, porque el conflicto es al revés. Es la aparición de ese amor luminoso y perfecto que parece un milagro, lo que viene a sacudir las cosas. Llegás a mi vida como un sol / Como la suave transparencia del amor / Como el aroma de la brisa en la mañana / Borrando para siempre mi dolor.

Estas variaciones estructurales son en parte el estilo del compositor. Algunos autores, por ejemplo, se paran en escena exacta en la que empieza el drama sin introducir nada. Perales, por ejemplo, arranca sentado frente a una mujer que no quiere hablar. Es teatral, una escena propiamente dicha que se devela luego de que un telón se corre en vivo durante la introducción musical: Mirándote a los ojos, juraría / Que tienes algo nuevo que contarme / Empieza ya mujer, no tengas miedo / Quizá para mañana sea tarde.

Después del suspenso y de contar su ansiedad, en el estribillo explica qué le pasa. Sabe que está con otro, pero quiere los detalles: ¿Y cómo es él?/ ¿En qué lugar se enamoró de ti? /¿De dónde es? / ¿A qué dedica el tiempo libre? / Pregúntale / ¿Por qué ha robado un trozo de mi vida? / Es un ladrón que me ha robado todo.

El Paz Martínez es sin duda el más televisivo de todos, y por supuesto, mi preferido. Sus versos me apasionan por la cantidad de recursos que tienen y porque arranca directo al hueso, en el medio del conflicto. No importa quiénes son ellos, ni cómo llegaron a ese momento. Ya está pasando todo. Que hablen, te lo juro me importa poco / Si me puedo ver en tus ojos, en tu mirada / Que ladren, que hablen a la ligera / Que nos tiren en una hoguera / No entienden nada. En Una lágrima en el teléfono profundiza todavía más el estilo. No sé nada de ellos. Arranca directo con Hoy no me llamó, que pasará porque ésta vez no me llamó.

Además, el Paz Martínez se detiene en imágenes hermosas que narran las particularidades de ese vínculo y sus problemas. No dice somos amantes, dice Somos un encuentro clandestino / Un café y un cenicero, en el bar que ya sabemos, y a la misma hora que ayer. Cuenta esa situación -que ya la sabe difícil e imposible- porque alcanza con imaginarla para entender el problema. No describe, no explica, no interpreta los sentimientos, sino que arma mundos, crea climas, construye escenas y deja que sienta el que escucha la canción. Incluso mezcla discurso directo para darle urgencia al relato. En vez de contar que cada vez que atiende el teléfono no es ella, dice Suena el teléfono y voy como loco a su encuentro / tengo la boca reseca y estoy sin aliento / ¡No! ¡No!, equivocado, no es aquí señor.

Los argumentos son infinitos y son muy parecidos a las telenovelas. Me divierte escucharlos, descubrirlos, resumirlos en dos renglones perfectos. Fría como el viento (ella es hermosa y perfecta, pero demasiado fría y peligrosa y él siente inseguridad porque no sabe hacia dónde va), Entrégate (después de mucha espera esa noche ella por fin será suya, pero no se entrega del todo, algo de ella no está ahí con él), La incondicional (ella siempre lo ha amado y esperado sin pedir ni reclamar nada y él no entiende por qué no puede amarla), No podrás (quizás se olvide de él y él de ella pero jamás podrá olvidar cómo la amó), Lloran las rosas (ella se fue, la perdió, y es tan grave esa pérdida que hasta las rosas lloran esa separación), Fuego de noche, nieve de día (en la cama ella es apasionada y cariñosa pero de día es un témpano con él), Me olvidé de vivir (de tan apurado y loco que ha vivido, no ha podido disfrutar los detalles pequeños del amor).

Por eso, supongo, que hay cantantes y temas que me interesan menos que otros. Pueden ser canciones hermosas (o no), intérpretes súper cancheros (o no), bandas que tengan mucho más que ver con mi estilo (o no) pero a mí si no hay historia todo me aburre un poco. Supongo que soy guionista hasta para escuchar música. ¿Quién quiere escuchar un tema sobre disfrutar la vida, sobre el color esperanza, sobre un torero, una señora cuarentona o sobre vivir la vida loca? Yo quiero drama, quiero personajes, quiero conflicto. Me emociona la efectividad. Que logren contar tanto con tan poquito, que sean tan concisos. Mis amigos podrán retarme, acusarme de mersa, avisarme que no está de moda, o tildarme de provocadora con el dedo en alto, que yo seguiré escuchando a Perales o al Paz Martínez hasta el fin de mis días, y a seguir pensando que los compositores de música melódica casi siempre son mucho mejores guionistas que yo.

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