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Una exhortación al Papa: diga que no es infalible

PARA LA NACION
Sábado 12 de marzo de 2016
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TUBINGA, ALEMANIA

Es apenas concebible que Francisco pretenda establecer una definición de la infalibilidad papal como la que, en el siglo XIX, promovió Pío IX con buenas y no tan buenas mañas. Tampoco es imaginable que Francisco tenga interés, como Pío XII, en la definición de un dogma infalible acerca de María. Lo concebible es que el Papa (como hizo Juan XXIII ante el Pontificio Colegio Griego) diga: "Yo no soy infalible".

En diciembre de 1979, Juan Pablo II me retiró la licencia eclesiástica por haber cuestionado la infalibilidad papal. En mis memorias demuestro que se trataba de una acción urdida con precisión y en secreto. El debate acerca de la revocación de la missio canonica y de la infalibilidad se prolongó bastante tiempo. Y tal como había predicho, no cesaron las discusiones en torno a las grandes reformas pendientes. Al contrario: se agudizaron en los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Pero el motivo decisivo de la incapacidad de introducir reformas es hoy, como ayer, la doctrina de la infalibilidad del magisterio, que deparó a la Iglesia un largo invierno. Igual que Juan XXIII, intenta hoy Francisco, con todas sus fuerzas, insuflar aire fresco a la Iglesia. Y se topa con una resistencia masiva, como en el último sínodo mundial de obispos. No nos engañemos: sin una "re-visión" constructiva del dogma de la infalibilidad apenas será posible una verdadera renovación.

Tanto más sorprendente resulta entonces que la discusión sobre la infalibilidad haya desaparecido del mapa.

Muchos teólogos católicos, temerosos de sanciones amenazantes como las dirigidas contra mí, apenas se ocuparon ya críticamente de la ideología de la infalibilidad, y la jerarquía procura siempre que es posible evitar este tema impopular en la Iglesia y la sociedad. Sólo en contadas ocasiones invocó expresamente Joseph Ratzinger, como prefecto de la fe, esa doctrina.

Pero el tabú de la infalibilidad bloqueó, de manera tácita, desde el Concilio Vaticano II todas las reformas que habrían exigido revisar posiciones dogmáticas anteriores. Esto no vale sólo para la encíclica Humanae vitae, contraria a la anticoncepción, sino también para los sacramentos y el monopolio del magisterio "auténtico", o para la relación entre sacerdocio particular y universal; atañe asimismo a la estructura sinodal de la Iglesia y a la pretensión absoluta de poder del papa, así como a la relación con otras confesiones y religiones y con el mundo laico en general.

Por eso se vuelve más acuciante que nunca la pregunta: "¿Hacia dónde se dirige a comienzos del siglo XXI esta Iglesia que sigue teniendo la fijación del dogma de la infalibilidad?". La época antimoderna, anunciada por el Concilio Vaticano I, concluyó hoy de una vez por todas.

En este año, ahora que cumplo 88 años, puedo decir que no escatimé esfuerzos para reunir en este volumen cinco de mis Obras Completas los numerosos textos pertinentes, ordenarlos cronológica y temáticamente según las distintas fases de la discusión, y aclararlos a través del contexto biográfico. Con este libro en la mano quisiera ahora repetir un llamado al Papa que, a lo largo de decenios de discusión teológica y político-eclesiástica, formulé en múltiples ocasiones siempre en vano. Ruego encarecidamente al papa Francisco, que siempre me ha respondido fraternalmente:

Acepte esta amplia documentación y permita que tenga lugar en nuestra Iglesia una discusión libre, imparcial y desprejuiciada de todas las cuestiones pendientes y reprimidas que tienen que ver con el dogma de la infalibilidad. De este modo se podría regenerar honestamente el problemático legado vaticano de los últimos 150 años y enmendarlo en el sentido de las Sagradas Escrituras y de la tradición ecuménica. No se trata de un relativismo trivial que socava los cimientos éticos de la Iglesia y la sociedad. Pero tampoco de un inmisericorde dogmatismo que mata el espíritu empecinándose en la letra, que impide una renovación a fondo de la vida y la enseñanza de la Iglesia y bloquea cualquier avance serio en el terreno del ecumenismo. Y mucho menos se trata para mí de que se me dé personalmente la razón. Está en juego el bien de la Iglesia y de la ecúmene.

Soy muy consciente de que mi ruego posiblemente le resulte inoportuno a alguien que, como usted, en palabras de un buen conocedor de los asuntos vaticanos, vive "entre lobos".

Pero, confrontado el pasado año con los males de la curia e incluso con los escándalos, confirmó usted con valentía su voluntad de reforma en el discurso de Navidad pronunciado el 21 de diciembre de 2015 ante la curia romana: "Considero que es mi obligación afirmar que esto ha sido -y lo será siempre- motivo de sincera reflexión y decisivas medidas. La reforma seguirá adelante con determinación, lucidez y resolución, porque Ecclesia semper reformanda".

No quisiera exacerbar, en detrimento de todo realismo, las esperanzas que abrigan muchos en nuestra Iglesia; la cuestión de la infalibilidad no admite en la Iglesia católica una solución de la noche a la mañana. Pero afortunadamente es usted casi diez años más joven que yo y, como espero, me sobrevivirá. Y seguramente comprenderá que en mi condición de teólogo, llegado al final de mis días y movido por una profunda simpatía hacia usted y su labor pastoral, quiera, ahora que todavía estoy a tiempo, hacerle llegar mi ruego de que se proceda a una discusión libre y seria sobre la infalibilidad, tal como queda fundamentada, de la mejor manera posible, en el presente volumen: non in destructionem, sed in aedificationem ecclesiae ("no para la destrucción, sino para la edificación de la Iglesia").

Esto significaría para mí el cumplimiento de una esperanza a la que nunca renuncié.

El autor es un teólogo suizo

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