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Rómulo Macció: el gran maestro que vivió la pintura hasta el último día

Sábado 12 de marzo de 2016
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LA NACION
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Macció durante la última feria arteBA, delante de una obra de Gómez Cornet, un pintor que le gustaba
Macció durante la última feria arteBA, delante de una obra de Gómez Cornet, un pintor que le gustaba. Foto: Maxie Amena

Rómulo Macció, uno de los más notables maestros del arte argentino, protagonista indiscutido de lo mejor de la tradición pictórica continental, falleció anteanoche en Buenos Aires, a causa de un infarto masivo. Macció, que el 29 de abril iba a cumplir 85 años y gozaba de buena salud, acababa de regresar de Uruguay. Se descompuso en un taxi mientras se dirigía a la casa de su pareja y galerista, Marina Pellegrini. Sus restos serán velados hoy, de 11 a 20, en la sala 24 del Museo Nacional de Bellas Artes.

La última voluntad del pintor -incansable reivindicador de la pintura como máxima expresión de las artes visuales y eternamente arrobado por la "ciencia oculta que supone el acto físico de desplazar el «jugo del pincel»"- era que sus restos descansaran en Medinaceli, el pueblo de 500 habitantes en Castilla y León, España, que frecuentaba desde hacía más de 30 años. Allí forjó amistades entrañables y produjo buena parte de su obra, presente en los principales museos y colecciones. Según pudo saber LA NACION, los cinco hijos de Macció intentarán cumplir con su voluntad.

En busca de lo espontáneo

Pintor autodidacta, guiado por la intuición y un talento innato, entrenado primero desde las artes gráficas como publicitario, el de Macció fue uno de esos raros casos en que el éxito asomó temprano y ya nunca más lo abandonó. A los 25 años debutó con una muestra individual en la galería Galetea. Un año más tarde integró el grupo de los siete pintores abstractos y formó luego parte del Grupo Boa, que integraban Clorindo Testa y Rogelio Polesello.

Pero el germen de su consagración definitiva sobrevino cuando en 1961, junto con Felipe Noé, Jorge de la Vega y Ernesto Deira, creó el grupo Otra Figuración. Una sintaxis que incluía en la abstracción a la figura humana renovada, y deformada. Ese replanteo, siempre alejado de la idea de belleza -o como la llamaba Macció de la pintura "bonita, rosa bombón"-, se plasmó mediante gestos pictóricos grandilocuentes, que incluían chorreaduras, manchas, garabatos y festines cromáticos con abundante carga matérica. Era una forma de reivindicación del gesto espontáneo de pintar, como hacía el informalismo y el action painting. De los cuatro, fue Macció quien demostró un mayor apego al dibujo y a la figuración formal, que algunos críticos han señalado como influencia de la pintura de Francis Bacon.

La de 1960 fue una década clave, que ratificó su éxito y selló su cosmopolitismo, como artista y como ciudadano del mundo. Expuso en las bienales de San Pablo y de Venecia (a ambas volvería 20 años después), ganó el premio De Ridder y la Beca Guggenheim, viajó y se instaló en Europa, pudo vivir de su pintura y alternó entre la neofiguración, el surrealismo y el informalismo.

Macció, que vivió en Nueva York, Londres, Madrid y París, todas ciudades que fueron parte de sus motivos plásticos, siempre rechazó la crítica en las artes visuales. No había teoría, según él, que pudiera explicar la obra de arte, únicamente regida por el "me conmueve o no me conmueve".

"Soy mudo; por eso pinto", solía bromear cuando se le pedía una apreciación estética. De la misma manera, también descreía del arte conceptual, pedía que se dejara descansar en paz a Duchamp; el arte performático le parecía casi una parodia y excluía a la fotografía como una de las bellas artes. Se valía de esa disciplina sólo como una forma de obtener bocetos para sus pinturas. Sin embargo, el interés de curadores y coleccionistas por sus imágenes, tomadas con cámara analógica, en las que se encomiaba la forma singularísima de mirar de Macció, lo acercaron a su último proyecto: en noviembre se expondrán en Paris Photo sus imágenes de Buenos Aires, intervenidas con pintura, en un diálogo inédito con su colega mexicano Francisco Toledo.

"No pinto lo que veo, pinto lo que quiero ver", dijo alguna vez sobre los motivos plásticos que animaban sus cuadros, por lo general visiones de espacios que había observado en algún momento junto con alguna otra imagen extemporánea. Pero Macció tenía el don del artista excelso: podía hacer convivir en armonía dos elementos aparentemente disímiles. Su última exposición, en la galería Vasari, estuvo dedicada a la ciudad de Nueva York. Recreó en lienzos de gran formato escenas urbanas que, esta vez, sin embargo, operaban como crónicas visuales de lo que había visto o vivido una década atrás.

Sibarita, tímido, de un humor irónico y refinado, Macció tenía algo de fobia social. No le gustaba la sobreexposición y rechazaba la banalidad y las poses que a veces rodean al mundo del arte.

"A vivir, que son dos días", solía decir sobre lo corta que para él era la existencia. Y enseguida completaba: "Mi peor enemigo es el calendario".

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