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Guede transfirió su propia audacia al banco

Goleador que le mandaba saludos a Tinelli, como técnico quiere ganar arriesgando

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PARA LA NACION
Sábado 12 de marzo de 2016
Guede y el chiflido clásico para dar una indicación
Guede y el chiflido clásico para dar una indicación. Foto: AFP
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Diego Korol mira a cámara, mira a un camarógrafo que está al lado suyo, vuelve a mirar a cámara, pone cara de Pepito Marrone, le toca un hombro al camarógrafo que estaba al lado suyo, le pregunta: "¿Vos sabés quién es ése?". Rodeado por algunos hinchas y entrevistado por un canal de televisión, ése era el número 16 de Deportivo Español. Un adelantado, al menos en dos sentidos. Era noviembre de 1996, era la 15° fecha del Apertura y el tipo, delantero, se había puesto botines rojos, en composé. Eso primero. Después, vanguardista y goleador, también se le adelantó a Sandro Guzmán, que dejó un rebote corto tras un tiro libro de Odriozola, y sentenció el 1-1 entre el Boca de Carlos Bilardo y Diego Latorre y su Deportivo Español. Con una afonía borgeana, entonces (en este caso por Graciela), Pablo Guede charló finalmente con Korol. "Marcelo, un beso grande, un fenómeno", cerró la nota el delantero, que esa noche metió uno de sus dos goles en primera división. Marcelo, obviamente, era Tinelli. El hombre que -veinte años después- lo contrató para que entrenara a San Lorenzo. Para que el equipo, su equipo, jugara como lo intenta hacer. Para que hoy a las 20 trate de ganarle a Arsenal, por la 7° fecha del Transición, y pueda sumar tres puntos que lo dejarían como líder de la Zona 1, un punto arriba de Rosario Central, que mañana a las 17.45 visitará a Patronato en Paraná.

Guede -el Guede jugador- había debutado en 1992 en Deportivo Español. En 1995 se fue a préstamo a Nueva Chicago, donde metió 17 goles en la B Nacional. Al volver a Español dejó de pagar con goles y tampoco le pagaron a él: fue uno de los seis jugadores del club que en 1997 encabezaron una huelga histórica que paró al fútbol argentino. Ese año, entonces, se fue al ascenso español: Xerez, Málaga, Elche, Polideportivo Ejido, Real Jaén, Melilla. Ésta sería la parte burocrática. Como escribir que metió 48 goles en los seis clubes y que su mejor temporada fue una antes de retirarse, en 2004/05, en Melilla, en la tercera división: 17 gritos en 34 partidos. Después, después está lo divertido: la posibilidad de imaginar a quien no vimos jamás.

Petiso, de los que entraban al área cuando todos salían, Guede usaba la 11 del brasileño Romario. Se escribe Romario -y no, por ejemplo, Batistuta- porque estamos entre mediados y fines de los 90, porque las referencias deben ser con algún crack que todos ubiquemos y porque Guede, a simple vista -o a una vista muy simple, bueno- era algo así: de chute corto, fanático de las diagonales a la espalda de los placares que eran cada marcador central. No hubo, en su vida, otro día como el 28 de junio de 1998. El Málaga se enfrentaba al Terrassa, y el ganador ascendía a segunda. Era la final de una Liguilla en la que el Málaga ya había jugado cinco partidos, y Guede había metido goles en cuatro.

"El fútbol es un espectáculo. Como en España te dejan arriesgar más, lo empecé a tratar así, como lo que es: un juego", le dijo Guede, ya entrenador, a El Equipo, la web de la escuela DeporTEA, tres años atrás. Entonces, aquel día, el espectáculo había sido él: el DT de San Lorenzo convirtió tres goles en el 4-1 que le concedió al Málaga su ascenso. En el primer grito, sacó el arquero, la pelota le pegó en la espalda a un defensor y le quedó a él: derechazo al medio del arco, arriba. En el segundo, el arquero, un crack otra vez: iba a sacar, la pelota se le cayó y Guede la empujó, manso, casi abajo del arco. Recién con el último, el del hat-trick, el 11 podría haber encarado una búsqueda laboral: centro desde la izquierda y cabezazo mortal, a contra pierna del arquero, que esta vez hizo el papel de un hombre normal.

Hoy a las 20, entonces, el San Lorenzo del delantero huelguista y goleador recibirá a Arsenal. Más allá de los nervios y las cuclillas, se entiende, ahora, el origen de su afonía. Todavía hoy, dieciocho años después, no se recupera del entusiasmo que le despertó aquel hat-trick.

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