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Sólo se elige de qué manera jugar

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LA NACION
Domingo 13 de marzo de 2016
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El fútbol argentino se ha apoyado durante décadas en una serie de frases hechas (más que frases, verdades hechas) que Defensa y Justicia desarmó. Que los equipos de bajo presupuesto deben amoldarse a un juego, entonces, de bajo presupuesto, es una. Que los jugadores aparentemente sin talento no pueden salir jugando, otra. Que se necesita de futbolistas con una determinada experiencia o trayectoria para asumir el riesgo de la posesión y el ataque es la tercera, y que la potencia y la rapidez física influyen más que la velocidad técnica y mental podría ser una cuarta. Permitámonos olvidar, por un instante, el resultado inmediato, los nervios que activa la noticia: Defensa y Justicia perdió ayer 2-0 con Huracán pero desde el semestre pasado que intenta jugar igual. Ni aunque hubiera perdido 5-0 habría que revisar, tachar y escribir esta columna otra vez, porque el equipo de Ariel Holan ya logró reivindicar lo más importante de todo: el juego, el poder del juego, su fortaleza y su seducción. Inmerso en una cultura mediocre y conformista, Defensa y Justicia eligió el riesgo. Un riesgo básico, lógico en un juego, pero que acá se ve como una amenaza: el riesgo a equivocarse, el riesgo a jugar. Defensa y Justicia eligió jugar.

Y Ariel Holan no tenía el tiempo ni el respaldo de los consagrados, lo que achicaba aún más su margen de error. Holan creyó que su fútbol tenía que ser éste. En un primer reflejo podría hablarse de valentía, porque siempre será más difícil proponer que defender, pero no: acá no hay cobardes ni valientes, el técnico sólo creyó, y al creerlo lo sintió, la idea se hizo uno consigo mismo. Holan es su idea: su sentimiento. Holan quiso que sus jugadores se entrenaran para jugar. Los movimientos encuentran su poder en una primera palabra: una cosa es escribir que "trabajaron", y otra, muy distinta, que "se entrenaron" para jugar.

Muchas veces se olvida que, en el fútbol, el pase es el que manda. Es lo básico, aunque generalmente se hable de resistencia, fuerza, velocidad. El pase y las opciones de pase, obviamente, la rotación. Tomás Martínez será un jugador si recibe lejos de sus compañeros, contra un lateral, rodeado por dos volantes y un central rival, y otro si lo hace de frente, con un compañero que le pasa por atrás, uno que se le acerca por el medio y otro que le pica en diagonal. El talento es el mismo, la diferencia es que un contexto lo desarrolla y otro, nocivo, lo anula. Todos los jugadores tienen más de una habilidad, todos los jugadores pueden progresar, y son los entrenadores -los buenos entrenadores- los que los logran ayudar. A veces nos olvidamos del crecimiento, la posibilidad de crecimiento; el jugador es quien es, no puede cambiar, como lo conocimos quedó, parecemos pensar, y no es así. Fredes no será el mismo después de jugar así, de sentir lo que fue jugar así. Al darles compañía, soluciones, cualquier jugador puede mejorar. Holan lo demostró.

Un equipo en el que cada jugador piensa lo mismo que su compañero, un equipo que ofrece muchas opciones en cada jugada es un equipo que te potencia, te libera la imaginación. Bordagaray podrá equivocarse conceptualmente en su primera intervención, podrá pifiarle técnicamente en la segunda, pero ya en la tercera acertará, y así, con esa confianza, ese conocimiento, sólo podrá crecer: el piso ya no es el mismo. Hay una cadena de acontecimientos que no depende de la fuerza, sino del juego, la técnica, la velocidad mental. Nicolás Stefanelli sería otro en un equipo al que, como muchos, se le inocula el miedo: "Hagamos esto, y si podemos atacar, bueno, mejor". O sea, equipos que parten desde una imposibilidad: equipos que creen que no pueden hacer algo, cuando, en realidad, todos los jugadores saben cómo moverse y darse un pase entre sí. A veces, muchas veces, son más los preconceptos que tenemos que los conceptos que logramos aprender.

En el fútbol puede intentarse todo, lo que cambia es la cultura, los márgenes en los que pueden moverse las aspiraciones de un equipo.

En septiembre del año pasado, Defensa y Justicia enfrentó a un Boca vitalizado por Carlos Tevez, que había llegado hacía un mes. Fue por los cuartos de final de la Copa Argentina. El equipo de Ariel Holan exigió al máximo al de Arruabarrena, jugó bien, le pudo empatar, le pudo ganar. Si perdió 2-1 fue por tres motivos: un error de su arquero, el oportunismo de Tevez y porque en el fútbol no pueden elegirse los resultados, sólo se elige de qué manera jugar.

Dante Panzeri solía decir algo muy interesante: que hay equipos que se concedieron el derecho de no jugar. Como de entrada se reconocen inferiores, ya nadie, entonces, les reclama nada: el posicionamiento defensivo, en el discurso y en la cancha, es lo más fácil que hay. Por eso mismo nunca se sabe hasta qué punto los jugadores se autolimitan, apagan sus ambiciones, su habilidad. O se sabe, ahora se sabe, sí; viendo lo que Defensa y Justicia intentó, los jugadores se autolimitan muchísimo. Los técnicos, el ambiente, los limitan muchísimo.

Un ambiente que se ha criado con dos premisas: el error es condenatorio, prohibitivo, y la viveza es lo más grande que hay. Viveza: el otro lado de la picardía, que forma parte de la inteligencia para jugar. Un wing al que lo encierran entre tres y de repente engancha, zafa, acelera y se va, es el modelo de jugador con el que más nos identificamos, tal vez: o sea, inteligencia, picardía, habilidad. La viveza, en cambio, es haberse acostumbrado a ese contexto que nos incomoda, nos aísla (estamos lejos de los volantes, nos encierran tres rivales), y celebrar al único que se salvó: en el medio del lío, claro, yo zafé. Los argentinos jugamos -vivimos- así.

Así que Defensa y Justicia sería -abrimos comillas- un equipo alemán. Como nos enseña la televisión que cada fin de semana nos ofrece a los equipos de la Bundesliga, el ataque también se puede planear, organizar, avanzar todos juntos, pulir la técnica, aprender a decidir, tocarla más rápido y mejor. Lograr una estructura. Atacar desde atrás hacia delante, defender desde adelante hacia atrás. Que Damián Martínez, un 4 que en otro equipo tendría como misión custodiar su parcela y nada más, ahora disfrute de un sostén que le permite pasar, ofrecerse como pase, jugar. Ésa es la palabra: jugar. Y jugar empieza con una decisión, que fue la que tomó Holan: arriesgarse a hacerlo con jugadores que, ah, claro, no lo iba a lograr.

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