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Refugiados: Europa, el sueño al que no renuncian, pese a todo

Miles de inmigrantes esperan en Grecia que abran las fronteras

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LA NACION
Domingo 13 de marzo de 2016
Los refugiados se desesperan ante el reparto de alimentos desde un camión, en un campo cerca de Idomeni
Los refugiados se desesperan ante el reparto de alimentos desde un camión, en un campo cerca de Idomeni. Foto: Reuters

IDOMENI, Grecia.- En el norte de Grecia, al pie de las ondulaciones montañosas que la separan de Macedonia, hay un nuevo océano pegado a la frontera. Un océano de desamparo y sufrimiento que se llama Idomeni. Allí, hacinadas en carpas hechas con trozos de plástico, trapos y cartones, en medio de un lodazal, más de 12.000 personas esperan inútilmente que Europa les abra las puertas.

Este pozo de desasosiego es, desde hace dos semanas, lo único que les queda, además de la esperanza. Por eso, nadie está dispuesto a renunciar.

Sirios, iraquíes, kurdos, afganos, dejaron todo para buscar una vida mejor. Para ellos, pero sobre todo para sus hijos. Y poco importa si todos los occidentales del mundo les repiten que Macedonia nunca más los dejará pasar o que la Unión Europea (UE) pronto los enviará de regreso a Turquía, donde tendrán que esperar en un campo de refugiados. De aquí no se moverán.

"La esperanza mueve montañas", dice con una sonrisa tímida Fahtia. El día que los terroristas de Estado Islámico (EI) asesinaron a su marido, esa joven iraquí de 23 años tomó en sus brazos a sus cuatro hijos pequeños y se lanzó al exilio. "Sin dudarlo un segundo", explica. ¿Cómo quedarse? ¿Para condenarse a una vida de sometimiento? "¿Para que mis hijos sean educados en un falso Corán?"

Hace 17 días que ella y sus chicos están en Idomeni. Comen lo que pueden, duermen todos en una minúscula carpa de un metro por un metro, y se ponen en manos de Alá.

El problema de Fahtia son los zapatos. "Con esto salí de Mosul hace dos meses", dice con vergüenza, mientras muestra unas zapatillas agujereadas. El calzado no es problema exclusivo de Fahtia. "Es en particular el problema de los chicos", afirma Marie-Isabelle Pereire, voluntaria de Médicos Sin Fronteras (MSF). "Por costumbre, pero sobre todo por falta de medios, la mitad de los chicos del campo andan descalzos. Como aquí llueve todo el tiempo, ahora casi todos están enfermos", se lamenta.

Y, si no fuera desgarrador, hasta sería cómico. Son decenas los que tratan de caminar a tientas, arrastrando unos zapatones tres o cuatro números más grandes, obtenidos en alguna distribución caritativa, y que encima pesan una tonelada suplementaria por culpa del barro.

"Hello! I am Mohammed. And you?" Desde lo alto de sus 80 centímetros y sus 12 años que parecen 8, Mohammed tiene ganas de hablar. Su mirada color azabache es tan intensa que a veces dan ganas de llorar. "Hace mucho que estoy aquí. Sí, solo. Vengo de Aleppo. Mis papás se murieron en un bombardeo. Mi familia también. ¿Qué iba a hacer? Tengo sólo una tía, en Suecia. Que tiene dos hijos de mi edad".

-¿Podés decirle algo a la gente que cerró esas barreras?-, pide en tono de súplica.

-¿Puedo escribirlo?

-Escribiles que por favor nos dejen pasar. ¡Déjennos pasar! Queremos irnos de aquí?

¿Cómo decirle que probablemente nadie lo escuche? De todos modos, sería inútil. Ninguno de ellos está dispuesto ni siquiera a considerar la posibilidad de regresar a Atenas, donde el gobierno griego, asfixiado económicamente, debe inaugurar esta semana centros de alojamiento para los 50.000 migrantes bloqueados en todo el país.

Por eso, seguirán en Idomeni. Porque el primer ministro griego, Alexis Tsipras, agregó, seguramente al dirigirse a muchos dirigentes europeos: "Si no se quieren ir, se quedarán. No se puede echar a la gente lanzándole gases lacrimógenos."

"Hasta aquí llegamos y de aquí no nos movemos. Algún día abrirán esas barreras", dice imperturbable Ali Barkel, un kurdo de Siria, que hizo el viaje acompañado de su mujer, Maryam, su hermana Aysla y dos chicos. A pocos metros de los alambrados de púas que separan Grecia de Macedonia, custodiados por la policía griega que intenta evitar explosiones de cólera, varios centenares de hombres manifiestan como cada día. Los carteles, escritos en árabe, dicen lo mismo que los estribillos: "Abran", "Déjennos pasar".

Imperturbables, del lado macedonio, decenas de policías con carros de asalto, perros, Humvees y pistolas de gases, montan la guardia con gesto imperturbable. La semana pasada, unas 300 personas intentaron forzar el paso fronterizo. "Chicos, mujeres y familias resultaron heridos", confirma Kostas Maliakis, un sargento de la policía griega. "Creo que los países europeos deberían hacer algo por esta gente. Y por nuestro país", agrega.

Para los refugiados de Idomeni, es imposible comprender por qué miles de familias pasaron antes que ellos sin que nadie les pidiera un solo documento de identidad. "Después pidieron pasaportes, salvoconductos y no sé qué más. Pero, ahora, aun aquellos que tienen pasaporte no pueden cruzar", explica Kamal, un joven manifestante iraquí.

Una larga fila de espera se forma varias veces por día en la principal calle de tierra que recorre el campo. Es la hora de la distribución de botellas de agua y de pan. El resto es más duro. "Compramos la comida porque esperar la distribución cotidiana lleva una eternidad. Dos horas, tres...", explica Naima, una joven siria que hizo el viaje con toda su familia. "Y toda esta humillación por un minúsculo sándwich", se lamenta. En Idomeni no hay duchas de agua caliente, sólo unos WC de emergencia instalados a un costado del predio. El hijo de Naima, un adolescente de 17 años, resume el sentimiento general con una frase lapidaria: "La vida aquí es inmunda".

Cuando Idomeni comenzó a poblarse de refugiados, eran principalmente hombres jóvenes los que llegaban. Después fueron familias. Ahora son chicos. Solos. Como Mohammed. Y las organizaciones humanitarias se preocupan cada vez más. Para protegerlos, abrieron sectores especiales donde pueden dormir, comer y ver a un médico.

No obstante, son ellos, los chicos, quienes parecen aceptar con más naturalidad el infierno del campo. Juegan al fútbol, como todos los chicos del mundo, se ríen, se abrazan e incluso se organizan para vivir mejor.

Sumergida en la peor crisis económica desde la Segunda Guerra Mundial, Grecia fue capaz de responder con ecuanimidad y calma a este drama humano. Las barreras y los alambrados podrán atravesar Europa y los guardias fronterizos lanzar gases para impedirles el paso, pero ninguno de los 50.000 migrantes bloqueados en territorio griego dirá que no ha sido tratado aquí con generosidad.

"Si no fuera por ellos, moriríamos de hambre. Todos sabemos que no pueden hacer más", reconoce Ali Barkel. La razón de esa actitud probablemente resida en antiguos traumas. "Muchos de nosotros, en esta parte de Grecia, somos hijos de refugiados", dice Babis. "Crecimos con las historias de nuestras abuelas sobre los sacrificios que soportaron -explica-. Como ocurrió con nosotros hace dos generaciones, esta gente sobrevive gracias a la esperanza."

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