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Perfumo y la generación maldita

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LA NACION
Domingo 13 de marzo de 2016
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Roberto Alfredo Perfumo tuvo la agridulce suerte de ser uno de los máximos exponentes de una generación maldita del fútbol argentino, la de los grandes jugadores de la década del 60 que, siendo inocentes, pagaron el duro precio impuesto a la selección tras el fracaso de Suecia 1958. En condiciones de desprotección organizativa, psicológicamente colonizados por el mito de la superioridad europea, un mito desencadenado por la traumática experiencia del 1-6 ante Checoslovaquia en Malmö, Perfumo y grandísimos futbolistas de su época, desde Silvio Marzolini hasta Ermindo Onega, no lograron nunca capitalizar el éxito que la representación albiceleste iba a producir a partir del Mundial de 1978.

"Cómo quemaba jugadores la selección, era una cosa asombrosa", me contaba hace unos años, en un café en la esquina de Radio Nacional. "Era un descalabro total de organización. No se entrenaba, no se preparaban las cosas, no estábamos entrenados con la garra, las ganas, el entusiasmo que se precisaba. Las organizaciones nuestras en los seleccionados fueron lamentables, a la hora de entrenar comíamos, a la hora de comer entrenábamos, íbamos en dos aviones porque se olvidaban de sacar los pasajes, llegábamos al hotel y no había reservas. El fútbol argentino tuvo una generación perdedora, frustrada. Los dirigentes de nuestro tiempo nunca entendieron la importancia de la selección".

"Nuestro tiempo" era, para el inolvidable Roberto, medio siglo atrás. En 1966 y contra su propia incredulidad, Perfumo fue el primer marcador central titular de la selección en el Mundial de Inglaterra: en esa condición jugó los cuatro partidos, hasta el ya legendario encuentro de cuartos de final contra los locales, en Wembley.

"El equipo llegó a esa instancia porque tuvo unos jugadores extraordinarios" recordaba Perfumo haciéndose eco de una fabulosa camada cuya clase y técnica resultaron desperdiciadas. "Rafael [Albrecht] fue un jugador excepcional, anticipaba, los cagaba a patadas a todos, no se vendaba, no usaba calzoncillos, nunca vi nada igual, jugaba con tapones bajos y no se caía, cabeceaba como la puta que lo parió en defensa y en ataque... [Silvio] Marzolini era una cosa impresionante, el Tano [Antonio] Roma era un arquerazo, y Ermindo? Después de Maradona, Ermindo fue el mejor que jugó en la Argentina: Messi jugó siempre afuera. Era como Platini pero más rápido, tocaba y seguía, tocaba y seguía, tocaba y seguía, iba a buscar la descarga, era un jugador adelantado diez, quince años a su época? Además era un tipazo, sin egoísmos, buena gente. Tenía un pique tremendo dentro del área, cabeceaba muy bien. A Ermindo se la pasábamos todos, sabíamos que había que dársela para que él la jugara. Fue el mejor todos los partidos, tanto que Alemania puso a [Franz] Beckenbauer a marcarlo, y empatamos 0-0".

Le causó mucho daño al fútbol argentino creerse el campeón moral de aquella Copa del Mundo, refugiado en el papel de víctima tras aquella eliminación ante Inglaterra, cuando había sido incapaz de montar una empresa ambiciosa y ordenada capaz de alcanzar el triunfo. "No creo que haya sido un partido de tantas diferencias futbolísticas; quizá fuera el clásico de más odio, por la colonización, las invasiones inglesas, las Malvinas, pero yo no lo jugué así -aseguraba el Mariscal- Wembley es como un templo del fútbol, como entrar en San Pedro. Un estadio fantástico, la cancha con césped amortiguado, blando, que no nos hacía bien, acostumbrados a jugar en cancha dura. Había un cierto clima antes del partido. el público no se portó bien, pero tampoco fue decisivo".

Esa generación maldita continuó abonando el injusto tributo durante años. Perfumo participó de la eliminación del Mundial de 1970, en México, y se sorprendía cuatro años más tarde cuando, en Alemania, "el Polaco Cap, que era el técnico, me preguntaba a mí por los jugadores? ¡a mí, que hacía años que jugaba en Brasil!" En la Copa del Mundo de 1974, la segunda y última que jugó, sufrió la desgracia deportiva de convertir un gol en contra, ante Italia.

"Nosotros siempre hemos pagado un precio por el desorden, no sólo en el fútbol, nos caracterizamos por dar esa ventaja, más que nada por petulancia -reflexionaba-. Las veces que se hicieron las cosas más o menos bien, salimos campeón del mundo." Solo que a él y a sus compañeros, esa época le llegó tarde.

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