Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Un diseño que nunca llegó a ser un clásico

LA NACION
Domingo 13 de marzo de 2016
0

Causa cierta alarma la expansión por las veredas nacionales de una nueva generación de zapatos de plataforma. Si bien hay variaciones, el modelo que predomina es, por su volumen, poco sentador para la usuaria, y conflictivo en cuanto a su diseño: los dos elementos que lo componen, el zapato y la plataforma, nunca llegan a conciliarse en un todo armónico.

La base es un único bloque plano y macizo de goma o madera, que se alza a nunca menos de 12 centímetros de la corteza terrestre. Sobre tal mole, se despliegan variados estilos de calzado, vistosos todos, como la bota bucanera, la sandalia romana, la botineta incrustada o la pantufla oriental.

Quienes lo llevan tratan de preservar un porte natural, aunque se las percibe pendientes de un posible porrazo. Más debiera inquietarlas el efecto visual que crea este modelo, cuya particularidad es la de no convenir ni a las grandotas ni a las petisas. En efecto, el pedestal que lo distingue, al ser perfectamente chato, agrega a las primeras una cantidad de centímetros innecesarios a la vez que les quita gracia y soltura, mientras que a las más pequeñas, les brinda altura, pero no la línea estilizada que sólo unos buenos tacos aguja pueden producir.

Hasta el último detalle cuenta, como bien sabía Marlene Dietrich, gurú del glamour y primera estrella de Hollywood en calzar plataformas a inicios de los años 30. Pero las suyas, unos clásicos escarpins de tacón alto, provistos de unas capas de suelas de un espesor importante obra de Morris Kimmel, halagaban la figura.

Mucho más notoria y más al caso, ya que presentó la plataforma en sí misma como un elemento estético central, fue la sandalia dorada curvada sobre una base de mullidas vetas de gamuza de ocho colores que el gran Salvatore Ferragamo creó hacia 1938 nada menos que para Judy Garland. Se llevaron hasta ya entrados los años 50, con un momento de apogeo en los años de la guerra.

Volvieron hacia 1967, en una versión aumentada, entre las jóvenes de los Estados Unidos. Ese año aquí en la Argentina, Dalila Puzzovio presentó sus Doble Plataforma como obra en el premio Di Tella de artes plásticas, y a la vez eran vendidas en las zapaterías Grimoldi. En los 70, invadieron los placards de Elton John, los escenarios del glam rock y las pistas de disco. Tras una pausa, a inicios de los 90, Vivienne Westwood las revivió, aún más monumentales.

Son una trend persistente que no llega a devenir en un clásico, aunque hay quien dice -¿fabricantes, tal vez?- que esta vez han venido para quedarse.

El autor es escritor y periodista

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Las más leídas