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PARA LA NACION
Domingo 13 de marzo de 2016
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MADRID.- España lleva tres meses sin gobierno. Ese vacío ha hecho que muchos busquen en su interior, como si la época fuese proclive a grandes catarsis o control de daños. Habría algo de fin del mundo en la situación política si no fuera porque con los políticos la cosa va peor, y porque de algún modo hay un par de rutinas invariables que siguen haciendo reconocible España. La primera es el escándalo, organizado a partir de cualquier nimiedad. La segunda es Messi, que por ser un escándalo semanal ha degenerado en corriente.

El 10 argentino convirtió ayer una tarde aburrida en Barcelona en una especie de fiesta para menores de 18 años. Como si amoldase el juego al horario, el barcelonista destruyó al Getafe en su versión más Disney: con la cirugía acostumbrada, pero haciéndole un Benigni de La vida es bella. Parecía no estar pasando nada en el Camp Nou mientras Leo acumulaba pases y control de juego como un mediocampista con el día afortunado. Acostumbrados a la ira y el gambeteo arriba, derrumbando rivales en las noches más violentas, los rivales creyeron que Leo les estaba indultando mientras les metía la espada en el lomo. De tal manera que en aquel tiempo festivo, casi un recreo de colegio privado, el Barça ganaba 4-0 y Messi había estado detrás de tres goles. Y para disimular otro penal fallado.

Su gol también tuvo algo del engaño al que sometió a la defensa todo el partido. Se acercó al borde del área con cara de pedir si alguno tenía fuego y armó un disparo fuerte pero por el centro, sin ambiciones. Cuál sería la sorpresa del Getafe cuando ese balón empezó a moverse como un globo endemoniado hasta ser devorado por el efecto de un viento: golpeó el lateral de la red, en lugar del portero. Como los magos que sacan un conejo de la galera y te pones a aplaudir pensando qué simpático, hasta que te das cuenta de que es el tuyo, y de que no tienes otra cosa para comer.

*Escritor y periodista español

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