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Sin gol, el estilo Guede es una invitación para cualquiera

San Lorenzo perdió el invicto, en la derrota contra Arsenal por 2 a 0 en el Nuevo Gasómetro; desperdició varias situaciones claras y cayó en la trampa del pesimismo durante un rato fatal

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PARA LA NACION
Domingo 13 de marzo de 2016
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San Lorenzo es un equipo noble. Que ataca, que se desvive por el arco adversario, que apremia a sus rivales ocasionales. San Lorenzo es un equipo ingenuo. Que no suele marcar goles en proporción a todo lo que provoca y que, en un rato, en un abrir y cerrar de ojos, cae tendido de rodillas. A veces, hasta sin darse cuenta, como ocurrió anoche, en la derrota contra Arsenal por 2 a 0, en el Nuevo Gasómetro. La primera caída en el torneo. No es un problema de estilo: el Ciclón no pierde porque a Pablo Guede le agrada atacar. Pierde porque todo lo que ataca, no lo resuelve con propiedad. El Ciclón mostró, una vez más, el problema de siempre: es noble e ingenuo. Puede ganar 5 a 4, porque así es su fórmula. Pero ni uno, ni lo otro: se queda a mitad de camino entre la ambición y la realidad. Así, daña a su estilo, lo confunde, lo mortifica.

Debió irse en ventaja por uno o dos goles durante la primera mitad. Control del balón, presencia ofensiva, rigor táctico, exclusividad en las dos áreas. Arsenal lo miró de reojo durante un largo tiempo, más allá de que San Lorenzo actuó con una mayoría de jugadores de recambio, con algunas jóvenes promesas. Es que el Ciclón tiene la ambición -y la confusión- repartida: el martes próximo jugará contra Gremio, en su estadio, para ver de qué está hecho si pretende seguir con ilusión ilimitada en la Copa Libertadores.

Arsenal lo desgastó con solo mirarlo. Uno corría, metía, jugaba, atacaba. El otro, aguardaba, agazapado, mirando de reojo el marcador y el cronómetro. Los minutos transcurrían lento, verdaderamente. San Lorenzo, antes y después, convirtió en una figura a Pellegrino, el arquero alto y confiable. Los hinchas azulgranas, sin embargo, nunca perdieron la templanza por las ocasiones perdidas, sólo se dedicaron a alentar al equipo y, de tanto en tanto, a repudiar a Jonathan Bottinelli, un hombre de la casa, que salió campeón en el club, pero que cuando partió a River dejó en el camino un par de frases que seguramente prefiere no recordar. El tiempo pasa, pero los momentos feos permanecen en la memoria.

Hay, también, situaciones que exceden la lógica. Que tienen que ver con lo fortuito, lo que pocos esperan. El Tano Vella, por ejemplo, sale del campo de juego por una lesión. Lo reemplaza Germán Ferreyra, un pibe que apenas tiene cuatro partidos en primera. Un lateral, atrevido, sí, pero un lateral al fin. Apenas empieza el segundo capítulo, Lértora, el pulmón de Sarandí, saca un lateral: algo tan insignificante como un envío con las manos. Pero la pelota cae en la puerta del área y el pibe, un atorrante, crea un disparo magnífico, casi en el ángulo. Iba un minuto y San Lorenzo, de pronto, se descontroló. Lo hace solo un momento, suficiente para echar todo por la borda.

Guede no suele efectuar cambios sencillos: siempre busca un cambio de efecto. Cerutti por Montoya, Blanco por Arias, dos jóvenes que no suelen tener pista, pero que tampoco desentonaron.

En la confusión, en el desorden, San Lorenzo va y va. En eso, tiene la idea fija. También, esa estructura permite ciertas licencias en la defensa, del medio hacia atrás. Que Arsenal defina el triunfo con un contraataque casi perfecto, sellado por Barbieri, también define el estilo, a esta altura famoso, del conductor. Si no convierte goles, a la larga, la pasa mal. Juega al límite del error, arriba y abajo. No se le puede pedir previsibilidad a un equipo que suele jugar al descubierto.

Siempre, a cara lavada. Siempre, con los ojos bien abiertos para atacar, con los ojos cerrados para defender. Tiene, en el plantel, intérpretes de sobra para darle sentido a su idea, una bella propuesta para el espectador imparcial. Porque San Lorenzo da espectáculo siempre, en donde sea, contra quien sea. Debe, eso sí, ajustar las clavijas, arriba y abajo. Cuanto antes.

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