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Sor Lucía Caram: "Francisco es aire fresco y sobre todo recuperación de la normalidad"

La monja dominica que vive en España desde hace 27 años, nacida en Tucumán de familia de origen libanés, numerosa y del Opus Dei habló del Papa con LA NACION

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LA NACION
Domingo 13 de marzo de 2016 • 10:07
Lucía Caram
Lucía Caram. Foto: LA NACION
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ROMA.- "El discurso del Papa ha calado antes y más fuerte en la gente, que en la misma cúpula episcopal. La buena noticia de Francisco todavía no ha entrado en los palacios episcopales. Hay mucha resistencia porque nos hemos acostumbrados a ser una Iglesia más de poder que de servicio".

Así habla sor Lucía Caram, monja dominica que vive en España desde hace 27 años, nacida en Tucumán de familia de origen libanés, numerosa y del Opus Dei y figura polémica por su respaldo a la independencia de Cataluña. De 49 años, acento atípico -mezcla de argentino y español-, sor Lucía es una monja mediática y un rostro muy conocido de las pantallas ibéricas. Galardonada el año pasado con el Premio Catalán del año, escribió 17 libros, uno de cocina, y desde hace tiempo está al fente de exitosas campañas contra la pobreza infantil. De paso por Roma, contó, orgullosa, que ya antes de la era Francisco ella había hecho construir duchas para pobres en Manresa, a 60 kilómetros de Barcelona, donde vive.

Aunque decidió ser monja de clausura, en 2008, cuando la crisis económica comenzó a golpear fuerte en España, para ella todo cambió. "Entonces pasamos de recibir en el convento cada día 8 personas que venían a pedir comida, a 45. Y ahora estamos atendiendo a 1400 familias. A veces hay compromisos que también Dios puede cambiar: cuando los pobres entran, te ponen los pies para arriba", dijo a La Nación, en una entrevista.

Fanática del Barcelona y de Leo Messi, sor Lucía dejó atrás la clausura y está movilizando tanto a empresas públicas como privadas para que ayuden para que todos los niños puedan tener igualdad de oportunidades. Cuando el año pasado lo saludó a Francisco en una audiencia general, sor Lucía, que había sido cuestionada por su franqueza y modo de ser sin pelos en la lengua, se sintió respaldada: "Seguí haciendo lío, los primeros son los más pobres", le dijo el Papa.

-¿Cómo evalúa estos tres años de pontificado de Francisco?

-Creo que la presencia de Francisco en Roma ha devuelto a la Iglesia primero un gran aire de normalidad y segundo, el Evangelio de los más pobres. Para mí es aire fresco, recuperación del espíritu evangélico y sobre todo recuperación de la normalidad. La Iglesia se había espiritualizado tanto, que era imposible que pudiera encarnarse en carne humana y es lo que está haciendo Francisco. Juan XXIII vino y abrió las puertas de la Iglesia para que entrara aire fresco, que la Iglesia cerró rápidamente. Pero ahora yo creo que no hay marcha atrás. Francisco no sólo ha abierto las ventanas, sino que ha abierto las puertas y se ha ido del palacio.

-Desde el principio ha habido resistencia a Francisco, que con el tiempo ha ido aumentando y es evidente en Roma. ¿Se siente esa resistencia en España?

-Creo que al principio los obispos de la Conferencia Episcopal española miraron con muchísimo temor este movimiento de una Iglesia más abierta y más hacia los pobres. Hemos tenido una Iglesia muy reaccionaria a todo lo que fuera el discurso comprometido con los más pobres. La Iglesia de España, con el cardenal Rouco a la cabeza (arzobispo emérito de Madrid), era una Iglesia muy principesca, en la que funcionaba mucho esto de los espías y de declarar anatemas contra la gente. Yo creo que poco a poco se fue abriendo la sastrería para que la gente se cambiara de traje. Veo que el discurso del Papa ha calado antes más fuerte en la gente, que en la misma cúpula de la conferencia episcopal. Ahora empezamos a ver determinados cambios, pero a la Iglesia en España todavía le falta más contundencia para estar abiertamente al lado de Francisco y no sólo de palabra.

-¿En qué sentido?

-Lo vemos por ejemplo en el programa que Francisco pone para vivir el Año Santo de la Misericordia, en el tipo de actos que se han organizado. Todavía siguen siendo los de una Iglesia que tiene demasiada pompa, demasiado boato y a la que todavía le falta hacer la opción preferencial por los más pobres. La Iglesia de base en España es muy comprometida, hay algunos obispos que están en esta línea, como el de Barcelona (Juan José Omella), que es un pastor que huele a oveja, pero la buena noticia de Francisco todavía no ha entrado en los palacios episcopales.

-Algo que se podría decir que pasa en muchas partes del mundo...

-Sí. Hay mucha resistencia porque nos hemos acostumbrados a ser una Iglesia más de poder que de servicio. Y porque el Evangelio obliga a la austeridad y esto de ser austeros, duele. Si un día dijimos que teníamos un compromiso de pobreza, si no lo entendimos por las buenas, lo tendremos que entender por las narices. La palabra de Francisco es palabra de Evangelio y nos deja al descubierto. Entonces hay algunos que de cara hacia afuera sí, están con Francisco, pero de cara para adentro, ostentan mucha resistencia a las medidas pastorales y en el discurso que no acaba de cambiar. Todavía somos una Iglesia más dogmática que servidora.

-El Papa reiteró el "no" de Juan Pablo II al sacerdocio femenino y dijo que hace falta profundizar la teología de la mujer. ¿Usted qué opina?

-Para mí reducir el tema de la mujer a que se pueda ordenar sacerdote, o no, es minimizar el papel de la mujer en la Iglesia. Yo no me ordenaría de cura, pero pienso que el papel de la mujer tendría que llegar a la toma de decisiones. Sí siento que hay determinados obispos que te hacen sentir que por ser mujer tu voz no vale absolutamente nada. Pero no tenemos que esperar que nos den la voz, la tenemos que tomar y creo que uno la toma cuando intenta ser protagonista, viviendo el Evangelio. Creo que queda mucho camino por recorrer, es verdad, pero Francisco está haciendo bastante. Creo que él apretaría mucho más el acelerador, pienso que el hecho de que él tenga mucha más libertad cuando se acerca y le habla a las mujeres ya lo está demostrando, aunque la estructura siempre va mucho más lento.

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