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Aislada y débil, Dilma entra en zona peligrosa

LA NACION
Lunes 14 de marzo de 2016
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Más allá del número exacto de personas que inundaron ayer las calles de Brasil en masivas manifestaciones contra el gobierno, quedó en evidencia que la presidenta Dilma Rousseff está cada vez más sola y débil. Ingresó ahora en un peligroso terreno donde sus próximos pasos determinarán si sobrevive o no hasta el final de su mandato.

El mensaje de las calles fue claro: Dilma ya no cuenta con el respaldo de la gente, que la considera más un estorbo que una posible solución a los serios problemas que aquejan al país, principalmente la recesión económica más profunda en los últimos 85 años, agravada por la crisis política en la alianza gubernamental y las revelaciones del escándalo de corrupción en Petrobras.

El socio más importante del oficialista Partido de los Trabajadores (PT) en la coalición de gobierno, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), está muy distanciado, al borde de la ruptura total, y cada vez son más las figuras del oficialismo involucradas en la multimillonaria trama de sobornos del petrolão.

Ya no cuenta tampoco con los dos pilares que sostenían a su gobierno: el respaldo del PT -tanto su dirigencia como su militancia-, que se alejó de ella por diferencias en torno a la política económica, y su padrino político, el ex presidente Luiz Inacio Lula da Silva, está hoy más preocupado por salvarse a sí mismo del cerco que le tienen las investigaciones del petrolão que por rescatar a su criatura.

En este escenario, a Dilma sólo le resta la legitimidad que le dio su elección democrática. En otro contexto, ésta sería una base más que sólida, pero la propia Constitución prevé la posibilidad de un juicio político en el Congreso para destituir al presidente si éste comete crímenes de responsabilidad. Y el Tribunal de Cuentas de la Unión ya confirmó que Dilma violó la ley de responsabilidad fiscal al manipular las cuentas oficiales para esconder el déficit.

Otros presidentes brasileños antes que ella también lo hicieron, pero ésta ha sido la excusa de la oposición para iniciar un proceso de impeachment en el Congreso.

Fue el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha (PMDB), quien decidió autorizar la apertura de los trámites el 3 de diciembre, en gran parte para desviar la atención de las propias denuncias en su contra por el petrolão.

A las apuradas, con voto secreto y listas sábana, se eligieron los miembros de la comisión especial de impeachment que debía decidir si las acusaciones contra la presidenta tenían mérito. A último momento, el 17 de diciembre, el Supremo Tribunal Federal (STF) intervino y cuestionó los trámites realizados, medida que le dio un poco más de aire a Rousseff.

Sin embargo, el STF debe publicar pasado mañana los procedimientos correctos para seguir el proceso. Cunha, cada vez más arrinconado, ya adelantó que no bien los reciba buscará la nueva elección de la comisión de impeachment. Y ahora, con la presión de las calles, es probable que los tiempos se aceleren.

Si la comisión especial aprueba la apertura del proceso, la suerte de Rousseff dependerá de que los opositores consigan dos tercios de apoyos en la Cámara de Diputados (342 de los 513 legisladores), un escenario hoy más que probable con el distanciamiento del PMDB del gobierno.

En ese caso, la presidenta sería separada de su cargo por 180 días, asumiría el poder el vicepresidente Michel Temer (también del PMDB) y la palabra final la tendrá el Senado.

En la Cámara alta, se requerirían dos tercios de los votos (54 de un total de 81) para una condena, que prevé la destitución efectiva y la prohibición de ejercer cualquier otro cargo electivo por ocho años.

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