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En un limbo entre lo clásico y lo popular

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PARA LA NACION
Martes 15 de marzo de 2016
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Una vez, en Arizona, un joven tatuado me preguntó cómo me ganaba la vida. Le contesté que escribía óperas. Después de unos largos segundos en que temí el asomo de un revólver, terminó suspirando: "That's fucking cool, man". Ahora el estupefacto era yo; si hay algo que jamás pensé lograr en la vida es ser cool. Algo así debe de haber pensado Ginastera cuando Keith Emerson le presentó el arreglo electrónico de la Toccata. Como Stockhausen con los Beatles y Boulez con Zappa, la consagración de los serios parece necesitar la bendición de los alegres.

Ignoro si la palabra cool se usa tanto en la Argentina. Espero que no. Antónimos hay muchos: anticuado, estresado, polvoriento, pesado, berreta, aburrido. Ninguno es aplicable a Ginastera, aunque cool sin duda tampoco.

La música clásica parece ser una lista cerrada, como el teatro Noh. Los compositores que forman parte del canon clásico (de Bach a Stravinsky, más o menos) están incluidos en los conciertos de abono, los otros no. La calidad de las obras no se pone en duda. Etiqueta presume calidad, como la comida orgánica.

Ginastera pertenece al limbo de los compositores poshistóricos. No es ni clásico ni popular. Su difusión es prestigiosa, aunque limitada.

Desde el fin de la historia de la música clásica (1913) reina un cierto caos. Hay obras y compositores que parecen no coincidir ni en época ni en planeta. ¿Fueron Rachmaninov y Webern contemporáneos? ¿Pierre Schaeffer y Shostakovich? ¿Nino Rota y Luigi Nono? La misma pregunta se puede transplantar a nuestras pampas: ¿fue Ginastera contemporáneo de Kagel? A la distancia podemos estimar a los dos compositores, aunque la eterna guerra entre nacionalistas y cosmopolitas siempre quiera dividir.

La paradoja de Ginastera es que vivió en carne propia esa guerra. Empezó como representante musical de un nacionalismo inofensivo, hecho de malambos y estancias, y terminó su vida tejiendo series dodecafónicas en Ginebra, luego de que los enfermos mentales de turno censuraron Bomarzo, su obra maestra.

Como todos los nacionalismos, el de Ginastera era importado: había leído las partituras de Bartok. Su desgracia es que casi sólo se lo recuerda por la música símil calchaquí, mientras que gran parte de su obra, la interesante, vuela más alto. Sería como si a Borges sólo se lo recordara por las odas arrabaleras.

El destino de Ginastera es parecido al de Shostakovich, como el de la Argentina al de Rusia. Shostakovich, de más está decir, tampoco fue cool (una política de Estado) y a pesar de eso ya es parte del repertorio universal de las orquestas. Ginastera, que no les entregó su talento a los censores, fue una especie de guía del siglo XX: nacionalismo, modernismo, neoclasicismo, neoexpresionismo, dodecafonismo, pero todavía no logró ser miembro pleno del club del gran repertorio. Vivió gran parte de su vida en la Argentina hasta que se hartó de los castrenses analfabetos y se fue a morirse a ese maravilloso geriátrico que es Suiza, donde comparte cementerio con Borges. El día que tengamos una moneda menos precaria que la del Estanciero, Borges y Ginastera -y Clorindo Testa y Lucio Fontana y Torre Nilsson- tendrán su lugar en los billetes, en lugar de los políticos o los bichos patagónicos.

El autor es compositor y director de orquesta

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