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El síndrome Trump-Berlusconi se abre paso en un sistema podrido

The New York Times
Martes 15 de marzo de 2016
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LONDRES.- A mediados de los años 80, cuando era corresponsal en Italia para The Wall Street Journal, escribí el perfil de un descarado, agresivo y megamillonario empresario llamado Silvio Berlusconi, que había amasado su fortuna en el mercado inmobiliario y sacaba provecho del control que ejercía sobre un imperio televisivo sin parangón en el sector privado.

Berlusconi me citó en la oficina plagada de libros de su mansión en Milán. Había hecho fortuna con la construcción de una ciudad jardín llamada Milano 2. Recién después llegó el dinero de verdad, con las cadenas de TV reunidas bajo una empresa controladora, Mediaset. Cuando lo conocí, una gran porción de la torta publicitaria televisiva de Italia iba a parar a sus bolsillos.

Lo que recuerdo de la conversación es su voz (había trabajado como cantante en cruceros) y su autoconfianza y ostensible vulgaridad: tuve la sensación de que los libros con capellada de cuero que cubrían los estantes eran de utilería. Berlusconi me dio salida en su jet privado y mientras ascendíamos sobre Milán, recorrió con un gesto de mano toda la urbe que se extendía debajo de nosotros y me dijo que era, por lejos, "el hombre más rico de Italia". Le dije que Giovanni Agnelli, cabeza del grupo Fiat, era más rico que él. Berlusconi se mató de risa. Su flamante fortuna era mucho mayor que esa otra fortuna añeja.

Una década más tarde, en 1994, Berlusconi era primer ministro, líder de un partido político de centroderecha que había pergeñado un año antes, y había llegado al poder sobre la base de que podría romper la disfuncionalidad de la política italiana, y que, en su calidad de megamillonario que se hizo desde abajo, sabía resolver problemas. Usó la televisión para fogonear su ascenso en medio del naufragio del orden político italiano de posguerra.

Ridiculizado hasta el hartazgo, reseñado y editorializado infinitamente, y durante mucho tiempo impune de su flagrante misoginia y sus numerosos problemas legales, Berlusconi demostró ser un político teflonado: no quedaba pegado a nada. Tenía el don de la charla. Tenía un tono. Tenía llegada. ¡Si hasta era dueño de un club de fútbol! Muchos italianos lo vieron como a uno de los suyos. Fue primer ministro durante tres períodos, nueve años, antes de su ignominiosa caída.

Nadie que haya conocido a Berlusconi y haya observado el ascenso imparable de Donald Trump puede ser ajeno al paralelismo. Y no hablo solamente de la trayectoria que va del imperio inmobiliario al imperio mediático. Y tampoco de la admiración que ambos comparten por Vladimir Putin. No es porque se crean playboys, ni por su obsesión con la virilidad, ni por su sesgo intolerante, ni por su desprecio por los analistas políticos, ni por la confianza que ambos depositan en "decir las cosas como son". No es ni la fortuna de ambos ni su experiencia en los medios la que les enseñó que los que apuestan a la estupidez siempre ganan.

No. Es el espíritu de la época. Estados Unidos está listo para un Trump, como Italia estaba lista para un Berlusconi. Trump también está abriéndose paso a machetazos a través de un sistema político podrido, en una sociedad en la que cunde la frustración por los empleos exportados a China. Trump emerge tras dos guerras perdidas, con el poder de Estados Unidos en mengua mientras otros actores mundiales ocupan la palestra y, como telón de fondo, la parálisis política de los partidos, en un sistema corrompido por el dinero. A la Doctrina de la Contención de Obama Trump le contrapone la Doctrina de la Resurgencia. A la razón le opone la furia.

Del mismo modo emergió Berlusconi, mientras Italia dejaba de ser un pivote de la Guerra Fría y hacía implosión la alianza demócrata-cristiana que había dominado la escena política de la segunda posguerra. Todo era incierto en 1992, cuando los jueces de Milán comenzaron con la investigación del mani pulite, que terminaría por exponer lo que todos sabían: que los chanchullos y la corrupción eran la piedra angular de la política italiana. Poco importaba que Berlusconi también fuese blanco de la investigación: él era nuevo, sabía hablar, ¡capaz que sacaba algo de la galera!

De ser elegido presidente, Trump tendría su dedo sobre el botón nuclear. Berlusconi, no. Trump también tendría que enfrentar instituciones fuertes, incluida la justicia. Berlusconi, no. Trump sería el líder del mundo libre. Berlusconi gobernaba desde una ciudad, Roma, cuya lección es que todo poder, por inmenso que sea, muere.

Lo que enseña el paralelismo con Berlusconi es que en una nación sedienta de una nueva política, Trump puede ganar. El hombre conocido como il Cavaliere terminó condenado por fraude impositivo y por pagar por sexo a una prostituta menor de edad, pero Italia tardó 17 años de escándalos e incompetencia, desde 1994 hasta 2011, en sacudirse tanto polvo de estrellas de los ojos.

Más vale tomar nota, norteamericanos, antes de que la suerte esté echada.

Traducción de Jaime Arrambide

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