Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Cómo es vivir en "La Jungla", el campamento de inmigrantes de Calais

Ubicado al norte de Francia, se convirtió en un "hogar" provisorio para quienes intentan llegar a Gran Bretaña; las historias de Mohamed, Zarena y Alí, y su deseo de echar raíces en busca de paz

SEGUIR
PARA LA NACION
Martes 15 de marzo de 2016 • 20:13
Ubicado al norte de Francia, "La Jungla" se convirtió en un "hogar" provisorio para quienes intentan llegar a Gran Bretaña. Foto: EFE
El campamento no para de crecer: eran 2300 a fines del 2014, y al día de hoy serían unos 5000. Foto: EFE
Lo único que saben con certeza es que no quieren volver de donde vinieron. Foto: EFE
El campamento no para de crecer: eran 2300 a fines del 2014, y al día de hoy serían unos 5000. Foto: EFE
Lo único que saben con certeza es que no quieren volver de donde vinieron. Foto: EFE
Muchos sueñan con reencontrarse con parte de su familia. Foto: EFE
Algunos buscan evitar vivir dentro de containers. Foto: EFE
Ubicado al norte de Francia, "La Jungla" se convirtió en un "hogar" provisorio para quienes intentan llegar a Gran Bretaña. Foto: EFE
0

CALAIS.- En su restaurante, Mohamed sirve pollo, espinaca, carne, berenjenas y arroz. A veces se corta la luz, porque el generador que le revendieron por 15 euros deja de funcionar. Mohamed sigue cortando las verduras y cocinando. Está acostumbrado.

El restaurante de este afgano es uno entre las decenas de puestitos y comercios que nacieron en el último tiempo en el campamento de inmigrantes de Calais, ubicado al norte de Francia. Conocido como "La Jungla", hasta aquí llegan afganos, sirios, sudaneses e iraquíes, entre otros, con la intención de cumplir un sueño: cruzar hasta Inglaterra en busca de una vida mejor. Todas las noches, algún grupo intentará meterse en el eurotunnel o en los camiones transportistas que van hacia Gran Bretaña.

"El campamento no para de crecer: eran 2300 a fines de 2014 y hoy serán unos 5000"
Compartilo

El campamento no para de crecer: eran 2300 a fines de 2014, y al día de hoy serán unos 5000, según las asociaciones. Hombres solos, familias y menores que en el largo camino hasta acá se quedaron sin acompañantes. Con el crecimiento humano, se multiplican los comercios, como una manera de matar el tiempo. En paralelo a las asociaciones y a los franceses y, sobre todo, a los británicos que entregan bolsas con comida y donaciones, varios inmigrantes, en su mayoría afganos, lograron montar espacios en donde venden comida, té, productos de limpieza o chocolates. Compran los productos en la ciudad de Calais.

"A veces nos miran raro o no nos dejan entrar en los supermercados. Hablan en francés y no entendemos nada. No sabemos cómo decirles que venimos a comprar", cuenta Shareef, de los pocos que hablan inglés, en diálogo con LA NACION. En su quiosco, rodeado de jugos de fruta y mandarinas, lo que más se vende son cigarrillos. Cuestan un euro y se compran de a cinco, envueltos en aluminio. Lalmhmmad y Kaseer, de 16 y 15 años, dedican varias horas cada día a sacar tabaco de grandes contenedores de plástico y armarlos con papel, mientras escuchan música afgana tradicional.

En esta especie de ciudad dentro de la ciudad, con un sistema de transacciones monetarias bien establecido, la actividad les permite pasar el tiempo, mientras esperan mejores noticias. Lo único que saben con certeza es que no quieren volver de donde vinieron.

Zarena, la docente que aprende inglés para reencontrarse con su familia

Todos los días, después de tomar el desayuno -té y galletitas- con su familia, Zarena se pone las botas de goma, se envuelve la cabeza y sale de paseo. A los 30 años, su recorrido cotidiano incluye una parada en el almacén asociativo, donde le dan una bolsa con bananas, leche, arroz, cebollas, habas y ajo, y otra en el centro para mujeres y niños, donde proponen clases de inglés, organizan días dedicados a la belleza, y reparten donaciones. Las mujeres -se calcula que son 600 en este campamento de 5000 personas- se acercan a pedir pañales, dentífricos, cepillos de dientes, jabones o incluso las botas de goma que usa Zarena.

"Lo único que saben con certeza es que no quieren volver de donde vinieron"
Compartilo

Reconvertido en una especie de villa miseria gigante, en "La Jungla", las botas de lluvia o de trekking son indispensables porque permiten caminar entre el barrio y los charcos de agua.

En Kabul, Zarena era maestra en una escuela. Pero la vida era peligrosa. Sobre todo para su marido, Haidary, 42 años, profesor en el ministerio de Defensa. Viajaron durante tres meses con sus dos hijos, de 5 y 7 años, y con el hermano de Zarena, que es ingeniero. Viven todos juntos en una caravana con dos camas estacionada en el campamento de Calais, donde llegaron hace un mes. Rosa por dentro, la caravana está decorada con mucho amor: unos pañuelos con dibujos de cebras corriendo sirven de cortinas y en la pared pegaron posters de pajaritos.

En Calais, Zarena volvió a la escuela, pero esta vez como alumna. Está aprendiendo inglés. Quiere ir a Manchester, en Inglaterra, donde su familia vive hace 20 años. No quiso aparecer en el video. Después de un largo rato de té y conversación, accedió a que su marido cuente su historia.

Alí, el afgano que no quiere vivir en un container

Como muchos afganos que están en la jungla de Calais, Ali desembarcó en Europa hace seis años y llegó a Calais después de un largo periplo. Es de un pueblo no muy lejos de Kabul, y escapó de Afganistán porque dice que el riesgo de perder la vida era cotidiano. "Vienen a buscarte a la mezquita, a la escuela. No estás seguro nunca", cuenta Alí en un buen inglés. Lo aprendió durante estos años, mientras probaba suerte en otros países como Noruega o Italia. Pero en ningún lado consiguió el derecho de asilo ni tampoco instalarse legalmente, así que decidió venir a Calais para cruzar hasta Inglaterra.

Dice que el Brexit (la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea) podría ser algo bueno para los refugiados. "Muchos europeos se irán de la isla, así que necesitarán inmigrantes", analiza Ali. La ausencia de una voluntad británica de abrir una vía legal de llegada a la isla, al menos para una parte de estos inmigrantes, contrasta con la cantidad de benévolos de ese país que llegan al lugar para ayudar. Y, en sentido contrario, la tolerancia de Francia de mantener durante un largo tiempo este campamento reconvertido en villa miseria de inmigrantes choca, según dicen los protagonistas, con la poca ayuda que reciben de las asociaciones francesas. Las instituciones más visibles son L´Auberge des Migrants, integrada por gente de Calais, que los ayudan con materiales para la construcción de casas menos precarias, les explican cuáles son sus derechos y los orientan sobre los trámites a realizar, y Médécins du Monde, que les proponen un seguimiento médico y hacen visitas casa por casa.

Dos veces por semana, autobuses con capacidad para 50 personas pasan a buscar a aquellos que aceptan quedarse en Francia y los redistribuyen en diferentes lugares del país. Hasta ahora los colectivos solían partir con poca gente, que además no sabe al subir adonde la llevarán. Desde principios de marzo, con la decisión judicial de desocupar la zona sur del campamento (1000 personas según las autoridades, 3400 según las asociaciones), los autobuses se van más llenos. Francia construyó unos containers para albergar a algunos, aquí mismo en el campamento, pero no hay lugar para todos. Alí no irá a los containers. Tampoco planea desembarcar en una zona rural francesa.

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Las más leídas