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Así son los pueblos que pelean por no desaparecer

Tienen menos de mil habitantes, y buscan actividades que frenen el éxodo de la gente; la ONG Responde calcula que hoy en el país hay unos 800 en riesgo de convertirse en "fantasmas"

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LA NACION
Jueves 17 de marzo de 2016 • 00:57
En Los Romeros, Córdoba, el cementerio tiene más tumbas que habitantes el pueblo
En Los Romeros, Córdoba, el cementerio tiene más tumbas que habitantes el pueblo. Foto: LA NACION / Diego Lima
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CÓRDOBA.- La docena de familias que vive en Huascha, departamento de Ischilín, al norte de Córdoba, son ignoradas hasta por la señalización. Casas aisladas, algunas abandonadas y derrumbadas, se esparcen en una tierra árida, donde los tunales es lo único verde que destaca. La vieja estación de tren es testigo de un pasado mejor, que se terminó en los 90 cuando el ferrocarril dejó de pasar.

La búsqueda de mejores oportunidades es, desde hace décadas, la principal motivación de quienes dejan sus pueblos para mudarse a ciudades. Así, a lo largo del país, empiezan a multiplicarse las localidades "fantasmas", esas que están en vías de extinción. En esta provincia hay varios donde sus habitantes no suman una centena, por lo que intentan estrategias para ganar presencia en el mapa.

Responde, una ONG enfocada en los desequilibrios territoriales, calcula que unos 800 pueblos están por desaparecer en el país, donde aproximadamente el 80 por ciento de los núcleos habitados tienen menos de 2000 habitantes, mientras que sólo 17 ciudades concentran el 60 por ciento de los habitantes.

Por ejemplo, en el sudeste de la provincia, Chilibroste conoció sus mejores años en los 70, cuando era conocido como la "capital nacional de la pesca sin anzuelo". Y sus poco más de 500 vecinos integraron el programa "Presentando pueblos" de la ONG Responde.

Desde la organización -integrada por especialistas en turismo, agronomía, alimentación, biología, antropología, psicología y sociología-, su director Agustín Bastanchuri apunta que arman proyectos productivos a partir de lo que cada lugar tiene para evitar que continúe el éxodo de los pobladores y mejore la calidad de vida.

Córdoba, Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos son las provincias con mayor población rural y, por ende, las más afectadas por la despoblación. Aunque, según explica Bastanchuri, fuera de esa región hay pueblos puntuales que perdieron mucha gente por crisis económicas y de empleo.

Muy cerca de Huascha, a unos 20 kilómetros, está Olivares de San Nicolás, que también tiene más pasado que presente. La localidad se armó alrededor de la producción de aceitunas que hoy prácticamente no existe. Una foto de los problemas que atraviesa es que un comedor para niños es el centro que más gente atrae.

Hace unos cinco años los menos de 800 habitantes temblaron porque sus casas -al igual que la Municipalidad y hasta el destacamento policial- estuvieron a punto de ser rematadas. Estaban sobre tierras de la empresa Olivares y Viñedos San Nicolás radicada en 1934 que fue a quiebra. La situación logró resolverse.

Su jefe comunal, Antonio Heredia, explica a LA NACION que prestan tractores y máquinas para que los pequeños productores puedan trabajar la tierra y no se vayan. "Hacemos mucho esfuerzo", dice.

Fiestas para sumar

Los Romeros es un paraje a 45 kilómetros de Villa Dolores y cerca del límite entre Córdoba y San Luis. Hoy son unos 200 habitantes pero, hace más de dos décadas, eran 42. Empezaron a trabajar para evitar la desaparición del lugar que debe su nombre a las "romerías", los grupos de peregrinos que iban al Cristo de Renca, en San Luis.

El sanjuanino Marcelo Puentedura impulsó a los locales y crearon la "Fiesta del Locro" que, en sus últimas ediciones, convocó a más de 6000 personas. Lo recaudado es para comprar útiles escolares, ayudar a las familias y garantizar que la sala de primeros auxilios tenga lo indispensable.

"Con la mejora que conseguimos la gente se fue quedando, tuvieron hijos y el número de habitantes aumentó -dice Puentedura a LA NACION-. Igual, el cementerio tiene más tumbas que habitantes el lugar. Es de fines del 1800 y abarca también a Tilquicho y Conlara." En Tilquicho quedaron unas siete casas y la imponente estructura de lo que fue un almacén de ramos generales, que ya perdió hasta el techo.

"Sabemos que podemos desaparecer", admite Antonio Castro, el presidente de la comuna de Conlara, de 800 habitantes. Pero subraya: "Frenamos el drenaje y hay gente que vino porque conseguimos agua potable, una ambulancia y un consultorio odontológico, plazas, construimos 18 viviendas y diez kilómetros de asfalto hasta Villa Dolores". El mayor problema hoy es la escasez de trabajo.

La monja Theresa Varela, con la Fundación Misión Esperanza, está acostumbra a andar "en donde no hay nada de nada". En diálogo con LA NACION, desgrana nombres como Yegua Muerta o Palo Parado. "Aislados y pobres -los define-. Viven de su quinta, de algún campito que les quedó". Con el "Festival del Ladrillo", Palo Parado busca "hacerse conocido" y "homenajear a los que trabajan en los cortaderos". Tal vez sea el primer paso para cambiar la suerte.

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