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Al Ciclón le empataron en el final y quedó muy complicado

Debía ganar, para no comprometer su clasificación; se imponía y hasta merecía una diferencia mayor; sin embargo, en un descuido en el cierre, Gremio logró un impensado 1-1, que se parece a una derrota dolorosa

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LA NACION
Miércoles 16 de marzo de 2016
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No hay caso: San Lorenzo merece ganar, pero no lo hace. Y lo paga muy caro: las situaciones hay que resolverlas. Fue superior a Gremio, ganaba por 1-0. Faltaban pocos segundos. Se complicó, se descuidó y, luego de desperdiciar, al menos, seis situaciones claras, sufrió como una derrota el empate 1-1, en la última bola. Una pena, porque no lo mereció. Pero fue otro llamado de atención para un equipo que no cree en las victorias, evidentemente. Y se complicó seriamente la clasificación en el Grupo 6 de la Copa Libertadores.

Y eso que todo había comenzado demasiado bien. Porque el juego se abrió demasiado rápido para San Lorenzo. Quedó la duda si habría tensión, si habría nerviosismo, si los minutos hubieran transcurrido sin goles ni certezas veloces. Se presentó, en un comienzo, el mejor escenario para el Ciclón. A los 3 minutos, Oliveira chocó contra Belluschi en el área. El penal fue tan claro como la definición, una exquisitez de Ortigoza.

Con el desarrollo y el marcador en su favor, San Lorenzo abandonó el vértigo, el golpe por golpe, por un juego más pausado, aunque con la misma fuerza ofensiva. Pablo Guede se inclinó por un 4-1-4-1, con Cerutti más retrasado, suerte de N° 8, para frenar los avances de los laterales brasileños, siempre punzantes y agresivos, más allá de las intermitencias de Ramiro y Marcelo Oliveira. Blanco, en la otra frontera, también cumplió la doble función: contener primero, volar más tarde. Más allá de que Gremio avanzó con fervor de a ratos y desnudó carencias defensivas azulgranas que se extienden en el tiempo, San Lorenzo se sintió cómodo en la versión ofensiva, aunque sin tanto ida y vuelta. Es más, provocó las mismas situaciones de riesgo, como una oportunidad perdida de modo increíble por Cauteruccio, un tiro de Blanco, que Marcelo Grohe desvió en una gran reacción o, como en el final del primer capítulo, cuando el Ciclón contó con ¡cuatro! ocasiones de riesgo en la misma jugada, que empezaron con un envío de Mas en el travesaño y que continuaron con tres impactos de Blanco desperdiciados.

Foto: LA NACION

Pasaron sólo 34 días desde que San Lorenzo le ganó a Boca por la final de la Supercopa, un impacto influyente para el optimismo de Guede y para el principio del adiós de Arruabarrena en el equipo de la Ribera. El fútbol suele ser una moneda al aire, pero el partido de anoche era decisivo para el futuro del DT y del grupo, porque en poco tiempo pasó de la gloria al comienzo de una impensada crisis por una serie de resultados desfavorables. En ese lapso -desde el 4-0 logrado el 10 de febrero pasado- disputó 12 partidos. Un trajín físico y anímico exagerado, que no siempre se tiene en cuenta: el Ciclón ingresó en una cancha, entre el torneo local y el internacional, casi cada tres días (2,83 exactamente). No pudo levantar la cabeza, no supo ganarlo.

Es inevitable, a esta altura de la competencia, comparar este rendimiento de la etapa de grupos con el equipo que dirigió Edgardo Bauza, que se consagró campeón. Al término de la cuarta fecha de la Libertadores 2014 tenía cuatro puntos. Y terminó clasificándose con ocho, por una angustiosa diferencia de gol conseguida en el último suspiro. Ahora, sólo tiene tres.

Si bien los laterales se adelantaron seguido -Buffarini, por la derecha y Mas, desde la izquierda-, anoche San Lorenzo no jugó con una línea de tres defensores. Las veces que utilizó ese dibujo táctico en la retaguardia generó enojo en la hinchada porque el equipo no mejoró y sufrió demasiado, y hasta anteayer Marcelo Tinelli, el vicepresidente, tuiteó -en broma pero en serio-, en contra de los "tres en el fondo".

El control del juego, psicológico y deportivo, fue casi absoluto hasta el cierre del espectáculo. Más allá de los cambios y de que San Lorenzo bajó la presión, nunca estuvo en peligro. Pero la fortuna no está de su lado, definitivamente. En la última bola del casino, perdió casi todo. Porque el 1-1 logrado por Lincoln transformó una noche límpida en oscuridad. La igualdad se pareció a una derrota interminable.

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