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El juego de enseñar a ser adultos sin miedos

PARA LA NACION
Jueves 17 de marzo de 2016
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Con la información no alcanza. Se puede explicar una y otra vez sobre lo pernicioso que es adoptar conductas como fumar o abusar del consumo de alcohol, pero si se pretende un inmediato cambio, los resultados serán un fracaso.

La causa está en los resortes emocionales, sociales y culturales que llevan a ese tipo de conductas y que escapan al pensamiento lineal. Ese que dice que las conductas se modifican automáticamente si se explica lo malo y riesgoso de las cosas.

Es natural el deseo de los adolescentes de caminar por fuera de la tutela parental. Todo en función de marcar el propio crecimiento. Pero el tema es a qué costo.

El alcohol es una bebida "espirituosa". Si tomamos con cierta literalidad el término, podríamos decir que ofrece a los menores -y a los mayores también-, con efectos laterales nefastos, un "espíritu" del que carecen sin su ingesta. Así ingerido el alcohol ofrece "coraje", permite olvidar los dolores y lanzarse a hacer aquello que, de otra manera, sería imposible.

Para cuidar a los chicos, lo mejor es ofrecerles alternativas para conseguir ese coraje, en vez de "bajar línea".

A pesar de que los humanos no son "vacíos" a ser llenados, nuestra cultura consumista propone lo contrario. Es decir, ante los problemas, más que generar recursos propios, se "consume" algo que funcione de prótesis para sostenerse frente a las exigencias.

Con ese mapa del mundo, muchos chicos -por fortuna, no todos- aprenden que "consumir", lo que sea, es mejor que "generar" algo por sí mismos. Así, ellos temen no tener ese "algo" como talento para salir a la mayoría de edad, temple para abordar a alguien del otro sexo o vérselas con los requisitos exigentes que marca la cultura juvenil, que, a su vez, es cruel a la hora de evaluar categorías, vestimentas, modismos y demás signos que marcan pertenencias o exilios.

Por eso, entender el abuso de alcohol es sinónimo de comprender un fenómeno social y cultural, dentro del que participamos todos. Hay que marcar la cancha de los chicos con firmeza. Pero, si de juego hablamos, a la vez hay que enseñar a jugar uno que sea vivo y estimulante: el de llegar a ser grande, sin que el horizonte sea algo tan temible y carente de sentido que den ganas de embotar la mente para no pensar demasiado.

El autor es psicólogo

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