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El profesor que tenía miedo de amar

La Señorita Heart vuelve con la tercera historia de amor, en una relación con mucha química

PARA LA NACION
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Señorita Heart
Viernes 18 de marzo de 2016 • 00:58
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Ella dice que recuerda perfectamente ese momento; que recuerda como si fuera hoy mismo aquella sensación y su deslumbramiento: él era inteligente, despierto, rápido para los cálculos. "Lo capté a través del pizarrón y la tiza y no me equivoqué", dice ahora, tantos años después. José era su profesor en una materia de la carrera de Ingeniería Química, en La Plata. Ella se obsesionó: más allá de las fórmulas, quería saberlo todo de él, aunque él se empeñara en esquivar su deseo. El hizo todo para evitarla, ella se empecinó en volverse parte de su vida y lo consiguió, aunque José nunca pudo superar el pudor y las contradicciones por los más de veinte años de diferencia entre ambos. "La vida indica que me voy a morir antes que vos. ¿Qué te puedo dejar?", se lamentaba, metódico y cerebral, incapaz de dejarse llevar por esa pasión compartida. Para Beatriz, él era el centro de su universo. "Mi vida giraba a su alrededor", dice, y la nostalgia se adueña del relato y del tono de su voz.

José era bajo, aunque de buena contextura. Buen mozo en las fotos, tenía el cabello lacio y castaño, una nariz fuerte, manos grandes. Ella era más alta, pero no le importaba. Desde su metro setenta y pico, los días que él dictaba clase, ella -pelo largo y lacio, vaqueros y zapatillas- se detenía para verlo bajar de su Renault 21 gris con el maletín en la mano, vestido de jean, camisa clásica y mocasines. Ese era el hombre, esa era, en realidad, la cabeza del hombre maduro que Beatriz quería para ella, aunque él hiciera todo por evitarla. Después de aprobar la materia, con la libreta firmada, Beatriz intentó hablar con José, pero él huyó sin escucharla. Ella no se detuvo en la larga marcha hacia su corazón; le escribió una carta de amor, él la agradeció con ojos huidizos y la citó en su oficina para hablar, pero la dejó plantada. "Fue una artimaña para que me lo sacara de la cabeza", lo excusa a la distancia. Sabe, él se lo dijo luego muchas veces, que los años de diferencia y el hecho de haber sido su profesor eran para él una vergüenza social a la que no estaba dispuesto a someterse, una muralla infranqueable para su formación moral.

Ella trabajó pacientemente su acercamiento. Primero consiguió sumarse como colaboradora en el laboratorio que José dirigía y también en la cátedra. En el trabajo diario logró acercarse con naturalidad -sin presionarlo- y conocerlo mejor hasta advertir que se parecían mucho en los gustos y en las reacciones. También en el amor por la música clásica, en especial Beethoven. Pero nada alcanzaba. Él era muy tímido, una persona segura en su trabajo, capaz de defender sus posiciones con firmeza, pero muy pudoroso en la vida íntima. Luego de varios años de trabajar a su lado y sin haber logrado vencer sus fobias, un día Beatriz tomó impulso y renunció, no podía seguir esperando lo que no llegaba. Pasó un tiempo y decidió visitarlo en el laboratorio: ya no era ni su alumna ni su empleada. Él la recibió con entusiasmo. Luego de terminar su tarea la invitó a su casa, una casa que ella conocía porque había ido varias veces a tomar café con él y con su hermano Juan Pablo, con quien José vivía.

Un hombre atribulado por fantasmas

Estaban hablando, sentados a la mesa, cuando ella, una vez más, tomó la iniciativa. "Le agarré la botamanga del pantalón, surcando con mis uñas la trama en diagonal de sus jeans; él arrimó la silla. Cuando nos paramos, le pellizqué la mejilla como gesto de cariño; me devolvió el gesto, se lo notaba perdido", suspira, mientras se describe a sí misma avanzando sobre un hombre atribulado por fantasmas. Ella era más alta, a Beatriz le da por reírse al recordar la escena, tan "anticonvencional", le gusta decir: "Me acerqué y directamente lo besé". Había conseguido atravesar la muralla. A partir de entonces fueron casi tres años de vida íntima pero sin mostrarse juntos fuera de la casa. José había superado su prejuicio de hombre grande pero solo eran pareja puertas adentro. Tenían una relación clandestina innecesaria, ambos eran solteros y sin compromisos salvo las propias limitaciones del profesor. José siguió siendo áspero, poco demostrativo. Beatriz recuerda apenas dos momentos en los que sintió que él lograba saltar el cerco de la represión: una vez en un taller, en otra ciudad, en donde fuera de toda lógica le dio un beso apasionado sin pensar que, quizas, alguien los estaba viendo. Y otra vez, una noche en su casa. Lo cuenta y es como si el aroma del Old Spice regresara ahí, con ella. "Estábamos en la cama, recostados, tranquilos. Él me empezó a acariciar la espalda con las yemas de los dedos; fue delicioso. Para mí era algo exquisito, mucho más que cualquier acercamiento sexual."

No había salidas ni vacaciones en conjunto, los proyectos quedaban en veremos. Cada tanto, él regresaba al pueblo donde había nacido, era capaz de desaparecer por un mes sin dar señales de vida. Algunas veces, pocas, ella lo acompañaba al interior, adonde él iba porque se ocupaba del mantenimiento de unos equipos de electromedicina. Ella insistía en tener una relación normal, pero él no podía superar sus miedos y, pese a que hablaron de matrimonio, José solo se mantuvo casado con su trabajo. En algún momento, en aquellas noches en las que parecía que podían tener un futuro, él planteó que, si formaban una familia, quería que ella dedicara toda su energía a ese proyecto y que hiciera a un lado su profesión. Ella no capituló; no había estudiado y trabajado tantos años para guardar su carrera bajo la almohada. Se lo dijo. José seguía sin mostrarla y ella le preguntaba cómo iban a casarse si él ni siquiera permitía que los vieran juntos. Vivían de prórroga en prórroga, cuenta ella, que así y todo elegía creerle cada vez que él prometía cambiar. "Intenté dejarlo un par de veces. Su actitud era como la del hombre golpeador que dice 'te juro que voy a cambiar'. Fue así una vez, dos, tres, hasta que me dije: 'hasta acá llegué'.

"¿¿¿Cómo???", se sorprendió José. "Si yo te amo.". Era muy tarde cuando Beatriz escuchó esas palabras; a esa altura el suyo era un amor dañado por la incapacidad de disfrutar del hombre que había elegido. Fue un corte definitivo, poco después ya salía con otro hombre y aunque él la llamó para intentar de nuevo, no consiguió conmoverla. La separación definitiva fue en 2001, a partir de entonces se vieron pocas veces. José se enfermó, comenzó diálisis por una insuficiencia renal severa, debió abandonar la universidad. Una de esas veces que se vieron fue cuando Beatriz lo visitó en la clínica donde él se dializaba. "Se puso furioso", recuerda ella, quien dice que nunca lo había visto así. Posiblemente ese sentimiento al que Beatriz llama furia, José lo llamaría humillación. El recibió un trasplante de riñón tiempo después, ella lo llamó y él se mostró agradecido. "Me pareció sincero", dice hoy Beatriz, cuando habla del único hombre con el que deseó tener hijos en su vida.

Algún día verás...

Un día, una ex compañera le reenvió un correo en el que la facultad anunciaba la muerte de José, a los 62 años. Un problema con los inmunodepresores había provocado el rechazo del riñón trasplantado. Pese a que ya estaba en pareja con el hombre con quien hace años encontró un amor más sano, la noticia le hizo mucho mal. José fue enterrado en Azul, donde nació. Al mes de su muerte fue a llevarle flores. Fue con su auto y acompañada de una amiga, para estar menos sola. Pararon en un hotel. Al día siguiente de llegar llamó a Juan Pablo, el hermano de José. Lloraron juntos en el cementerio, ella lo abrazó. La tumba aún no estaba terminada, no había lápida entonces. Juan Pablo le dijo que afortunadamente ella había seguido su camino. "Imaginate si hubieras insistido: ¿cómo estarías ahora?", le preguntaba en la mañana llorosa y desapacible. Sigue Beatriz, con su retórica amorosa y científica, marca particular de su estilo. "Sé que me amó, habrá tenido su forma de quererme. Pero me quiso menos del 10% de lo que lo amaba yo, si no hoy sería su viuda". Salvo esa mañana en el cementerio, no volvió a llorar por él. Tiene una explicación. "Es que lloré mucho antes, cuando se negaba a estar conmigo, cuando se resistía a mostrarme en público, cuando me hacía sufrir. Lo mío no fue un capricho", dice convencida. Está segura: fue un amor. Un amor grande, doloroso y desafortunado.

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