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En la búsqueda del accidente, de lo disruptivo

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LA NACION
Viernes 18 de marzo de 2016
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Francotiradores / Dirección: Rakhal Herrero / Intérpretes: Celia Argüello Rena, Delfina Thiel, Hernán Martínez, Inés Maas, Julia Hadida, Joaquín Martínez, Javier Olivera, Paula Nerome y Débora Nishimoto / Música: Patricio Lisandro Ortiz / Vestuario: Belén Parra / Luces: Matías Sendón / Funciones: viernes, a las 23 / Teatro: Espacio Callejón / Duración: 75 minutos / Nuestra opinión: Muy buena

Celia Argüello Rena, una de las francotiradoras
Celia Argüello Rena, una de las francotiradoras. Foto: Prensa

Desnaturalizar. Cada movimiento que realizan los artistas de la obra Francotiradores es un intento por enrarecer el cuerpo humano, por volverlo algo exótico, extraño, ajeno. El último espectáculo que dirige el bailarín y coreógrafo Rakhal Herrero vuelve a demostrar que la danza es, de todas las disciplinas escénicas, la que más riesgos toma y el campo más fértil para la experimentación.

La idea de ruptura es una constante en este espectáculo de danza-teatro, que ya desde el comienzo atenta contra las convenciones de la escena tradicional. Por ejemplo, que el espectador busque una butaca libre, se siente y espere que empiece la obra. En Francotiradores son los propios artistas los que reciben al público con caras de zombies, salidos de una película de ciencia ficción, mientras que una japonesa -que habla una mezcla de japonés con un idioma inexistente surgido de su imaginación- acomoda y desacomoda a la gente del modo más arbitrario posible.

Ése será sólo el principio de una serie de escenas que persiguen todo el tiempo la disrupción y un estado de confusión que alimenta la fuerza creadora de los bailarines. Esta obra explora algo que ha sido una ocupación permanente de la danza moderna: la posibilidad de darle la mayor autonomía posible a cada parte del cuerpo. Por momentos, los artistas pueden concentrarse en la mirada y probar con insistencia hasta dónde se puede forzar la manera de ver. No sólo con ellos mismos, sino también con el público, al que interpelan con gestos, objetos y caras.

Francotiradores está en la búsqueda del accidente. Los intérpretes se chocan, se cruzan, se mezclan y cada encuentro es una nueva oportunidad de accionar a partir de los estímulos. Y si un estado, una emoción, una forma del hacer comienza a instalarse, enseguida habrá algún movimiento disruptivo, que evite cualquier tipo de previsión.

Este trabajo genera en quien lo ve cierto desasosiego. Los seres que circulan a veces se ignoran y otras se registran con mucho dolor, transmiten una sensación de alienación y de pérdida de control que puede remitir, incluso, a un vacío existencial. Hay una escena, por ejemplo, en la que una bailarina (algunas dominan con la mirada) hunde su cara en una especie de bola de globos, hasta hacernos sentir que no puede respirar. Otra la mira atormentada, pero sin reaccionar, y cuando parecería que va a ayudarla, lo que hace es emitir una serie de gestos y sonidos insólitos con la boca que dan un giro radical al momento anterior.

Hay varias situaciones de este tipo en el espectáculo: algunas podrían sintetizarse para no volverse reiterativas y, así, no perder potencia dramática. Aunque es cierto que el desgaste físico y mental no sólo afecta la interpretación, sino que también condiciona al espectador, que observa personas que transpiran, se agitan, se agotan, pero que no dejan de moverse. En medio de toda esa vorágine hay imágenes que se suspenden en el tiempo y se transforman en efímeras muestras de arte contemporáneo: un cuerpo humano con cabeza de parlante o una pila de sillas de plástico atadas con una soga y colgadas del techo.

Es casi imposible intentar entender qué es lo que pasa en Francotiradores desde un punto de vista narrativo tradicional. Tal vez porque la búsqueda no pasa por el entendimiento. Un punto fuerte de la obra es que más allá de la permanente confusión, las escenas convocan y absorben tanto la mirada como el espíritu. Los movimientos se contagian y el cuerpo del público bien podría empezar a temblar como la misma intensidad que la de los artistas.

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