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Una historia con ritmo

Sobre Rebelión en la ópera, de Carlos Ríos

Domingo 20 de marzo de 2016
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PARA LA NACION

Santo Amaro de Mayumela, penal que se levanta, allí donde nada más hay, como "un promontorio cortado al tris, cuasi nalgón, producto de un desenfreno volcánico". En ella decide entrar el profesorcillo de música, protagonista de Rebelión en la ópera, de Carlos Ríos (Santa Teresita, 1967), munido sólo de una flauta de hueso. Sucede que el profesorcillo está, amén de sin otra alternativa laboral, locamente enamorado de la hija del déspota que gobierna Mayumela ("el góber"), una "rubiona revienta ojos", con quien mantiene trato clandestino. Tal clandestinidad se debe, como es fácil figurarse, a que el góber no quiere ver a su hija en brazos del profesorcillo de música; antes bien, mucho placer le daría verlo muerto, a tal punto que se imagina los mil y un modos en que éste puede ser asesinado en el penal. Y ahí está, pues, el profesorcillo en la cárcel, amenazado por los presos, sanguinarios de fuste.

Por lo pronto, el protagonista sabe que debe sobrevivir en ese bullente caldo podrido y, para lograrlo, acaso no haya nada mejor que aglutinarlos en torno a la música. Se trata, nada menos, que de montar intramuros Fidelio, la ópera de Beethoven. Sin embargo, hecha la sinopsis argumental y contra lo que a partir de ella podría suponerse, Rebelión en la ópera dista de ser una novela previsible, sin dobleces, en la que un sujeto aureolado, impedido por obra de terceros de encontrarse con su amada, redime -gracias a sus dotes de músico- a una caterva de criminales. No es ésta una novela de personajes arquetípicos ni una que intente dar lecciones de vida. En todo caso, su lección es de índole literaria. Novela barrosa no menos que barroca, exaltación del pliegue y las "diagonales de sentido", Rebelión en la ópera traza una espiral de horror y violencia, sin excluir bienvenidos toques de melodrama y desgarrado carcajeo ni privarse de ocasionales fugas metaficcionales, de espaldas al realismo y, también, al castellano rioplatense. Por ejemplo, los presos, como "habían cedido sus cuerpos a la metamorfosis", bien pueden mudar en alfombra o en una mayólica para tapizar la cárcel, bien puede uno de ellos arrancarle los brazos a otro y ponérselos en el acto a fin de reemplazar los que había perdido. Con Rebelión en la ópera, el lector, tal como preconizaba Macedonio Fernández, siempre sabe que está leyendo una novela. Por último, lo principal: Ríos adopta una verbosidad, un léxico y una sintaxis que es más propia de México -donde vivió siete años- que de la llanura bonaerense. Con su fraseo idiosincrásico, pone gozosamente en práctica el consejo que en Manigua, su primera novela, Apolon recibe de su hermano: "El ritmo es la magia. Baila con tus palabras. Que los pies no puedan parar de moverse marcando el ritmo".

REBELIÓN EN LA ÓPERA

Por Carlos Ríos

Club Hem

80 páginas

$ 150

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