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Yankees come home

PARA LA NACION
Viernes 18 de marzo de 2016
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Durante mi último viaje a Cuba, en junio de 2015, les pregunté a todos los cubanos que pude qué pensaban del restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos y del posible levantamiento del embargo. Hablé con escritores, pintores, historiadores, artistas y músicos, profesores, editores, abogados, cuentapropistas pequeños y medianos, con empleados de todo tipo, mozos, choferes, maleteros, taxistas, limpiadores y artesanos.

Las opiniones iban del entusiasmo desmedido al escepticismo absoluto. Así pude establecer un patrón: a mayor instrucción de mi interlocutor, más dudas del efecto real que la medida lograría. En cambio, cuanto más necesitado, humilde y menos instruido, mayores las esperanzas de que con el fin del embargo caería hasta maná del cielo.

Hacia el final de mi estadía, cuando pasábamos una vez más frente a la embajada de Estados Unidos, noté que ya no estaba aquel cartel gigante y provocador, en el que la caricatura de un Tío Sam miraba aterrorizada desde el margen izquierdo a un cubanito que, fusil en mano, lo desafiaba con sonrisa socarrona. Cada uno desde una orilla y con el mar entre ellos, también pintado, se leía: "Señores imperialistas, no les tenemos absolutamente ningún miedo". Pocas semanas faltaban para que a pocos pasos de donde estuvo ese cartel, el secretario de Estado John Kerry izara por primera vez en cinco décadas la bandera de los Estados Unidos de América.

"¿Cuándo sacaron el cartel, Lázaro?", pregunté al dueño del desvencijado Lada del 74 que me había paseado durante mi estadía.

Un disgustado "yoquesé" me llamó la atención. En ese instante me di cuenta de que no le había pedido opinión a quien más cerca había tenido día tras día.

"Y tú, Lázaro, ¿qué piensas del levantamiento del embargo?", pregunté. "Mira, tu sabes que yo soy ingeniero, que tengo 61 años, y que hasta estudié un tiempo en la Unión Soviética. Toda, toda mi vida me hicieron creer que los americanos eran los malos de esta película, enemigos de la Revolución, causantes de todos nuestros problemas... Nos grabaron a fuego que había que aguantar y aguantar lo que viniera, y jamás dejar de hacerles frente. ¡Y ahora resulta que está todo el mundo alborotado de alegría porque vienen los gringos! Entonces, todo lo que me metieron en la cabeza, ¿es mentira?"

Hice silencio. Lázaro sentía la misma frustración, ese mismo infinito pesar de los cubanos del exilio que hoy se debaten en la duda de si vale la pena seguir sosteniendo el embargo. Después de más de 56 años, cambiar de idea es, para algunos, echar por la borda una vida de convicciones y, para otros, los de la Isla, haber sostenido en vano sacrificios enormes, en nombre de una causa hoy desdibujada.

Ahora el pueblo de Cuba va a recibir a Barack Obama. Y el presidente americano no va a concordar con el arquetipo del "villano" de esa película que lleva en cartel más de medio siglo. Tiene Obama, como nadie, la maravillosa oportunidad de empezar a desbaratar el mito y, además, de llevarles a los cubanos el bien más escaso: la esperanza.

No puedo dejar de sonreír al recordar algunos de los pecados que un cubano jamás perdona: la antipatía, la falta de sentido del humor y el no saber bailar. El presidente Obama tiene todo para meterse en un bolsillo al pueblo de Cuba. Hasta su color lo ayuda. Ojalá que ese bolsillo sea el de una guayabera. Y que se atreva a dos o tres pasitos de conga.

Escritora cubano-argentina

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