Perderlo todo y volver a empezar

Martes 22 de marzo de 2016

La primera vez que Heda Margolius Kovály lo perdió todo fue en 1941, durante la ocupación nazi, cuando fue deportada de Praga al gueto de Lodz y luego a Auschwitz, donde mataron a sus padres. Hija de la burguesía judía, sobrevivió a los campos en los que estuvo confinada casi hasta el final de la guerra, cuando logró escaparse, gracias a una disposición de ánimo que le permitía reconocer la belleza aun en medio del horror y disfrutar, por ejemplo, del paisaje que atravesaba cada día camino a la fábrica donde la obligaban al trabajo esclavo.

La segunda vez que Heda lo perdió todo fue cuando, fugada ya de sus verdugos, logró volver a su Praga natal, para chocar contra el terror de quienes le negaban ayuda temiendo poner en riesgo la propia vida. Menos excusable era la mezquindad de personas que se apropiaron de los bienes de las víctimas del Reich y se negaron a devolverlos, recurriendo a bajezas legales e ilegales. También esa pobreza de espíritu conoció Heda. Lo cuenta todo en el libro Bajo una estrella cruel, publicado en 1973, en checo, pero en una editorial de Canadá y distribuido en la Argentina hace apenas algunos meses. Esas páginas recogen el período que Heda vivió en Praga, de 1941 a 1968 (luego viajaría a los Estados Unidos y en 1996, con su segundo marido, volvería a Praga, donde murió, en 2010), y pueden ser leídas como un testimonio más sobre los totalitarismos del siglo XX. Pero en verdad gravitan con una riqueza singular.

Heda Margolius Kovály no sólo vivió en la época en que el nazismo y el estalinismo desplegaron todo su poder, sino que también fue víctima directa de ambos. Concluida la Segunda Guerra Mundial, se casó con su gran amor, Rudolf Margolius, que integró el gobierno comunista checoslovaco, cayó en desgracia, murió ejecutado en 1952 y después fue "rehabilitado".

Con Stalin, Heda Margolius Kovály lo perdió todo por tercera vez, volvió a sufrir el desprecio de sus compatriotas, a vivir en la miseria y a enfermarse de hambre y cansancio casi hasta la muerte. En 1963, ante el Ministerio de Justicia, que la había citado para revisar las "pérdidas" sufridas a raíz de la condena de su esposo, y tratar de silenciarla con dinero, Heda presentó por escrito la evaluación de los daños que sufrieron ella y su pequeño hijo Iván: "Pérdida del padre. Pérdida del marido. Pérdida del honor. Pérdida de la salud. Pérdida del empleo y de la posibilidad de completar la formación. Pérdida de la fe en el partido y la justicia". Sólo al final agregó: "Pérdida de propiedades".

Pero hay otras consideraciones que resuenan hoy para el lector de esta tragedia narrada sin patetismo. En el análisis del complejo mosaico de motivaciones y creencias que llevaron a sus compatriotas a abrazar el comunismo como la panacea perfecta, Heda desnuda un peligroso mecanismo que parece reactivarse cíclicamente, alimentado por el desencanto, y conduce a una desmesura que se paga cara.

Todo comenzó con la desvalorización del sistema democrático. Por un lado, "nuestra democracia había permitido que surgieran los partidos fascista y nazi, que habían acabado destruyéndola"; por otro, "¿quién había liberado Praga? La Unión Soviética". En un plano más sutil, explica que el paso por los campos de concentración acentuó en los sobrevivientes el sentido de solidaridad y austeridad, "la idea de que el destino de un individuo estaba ligado al destino del grupo, fuese el colectivo de prisioneros al que uno pertenecía, la nación o la humanidad. Para mucha gente, el deseo de bienes materiales prácticamente desapareció".

En cuanto a la libertad: "Si con el propósito de construir una nueva sociedad es necesario que renuncie a mi libertad durante un tiempo, que sacrifique algo valioso para mí por una causa en la que creo, estoy dispuesta a ello". Según Heda, el error consistió en creer que el comunismo era el único sistema en el que la tortura y los campos de concentración no volverían a tener lugar. A los idealistas se sumaron pronto (y en mayor cantidad) los oportunistas. "Había colaboracionistas; burócratas corruptos y, por supuesto, huestes de «humillados y ultrajados» que, debido a su propia incompetencia y a la holgazanería, nunca habían logrado nada, y que sabían que en el partido sus limitaciones se convertirían en bazas".

Sobre ese campo fértil creció una forma dolorosa de la discordia que siempre está al acecho y que Heda resume con una sencillez de pasmosa actualidad: "Cuando la ideología pasa a ser lo más importante, las relaciones humanas quedan a un lado".

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