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La soledad de dos artistas sobrevivientes

Sábado 26 de marzo de 2016
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LA NACION
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Te fuiste sin avisarme. / Libro: Gina Piccirilli; / Intérpretes: Verónika Ayanz Peluffo y Osvaldo Peluffo; / Vestuario: Pepe Uría. / Música: Martín Bianchedi. / Iluminación: Matías Burgueño. / Dirección: Gina Piccirilli. / Asistente de dirección: Carolina Dupuy. / Sala: El Damero, Deán Funes 506. / Funciones: sábados, a las 21. / Duración: 70 minutos.

"¡Te fuiste sin avisarme!", reprocha en un grito él no bien aparece en escena dentro de los camarines de un teatro venido a menos. Lo mismo reclama minutos después ella en esa trastienda de desencuentro con su amor. Esa frase, que suena a reproche y que deja entrever cierta dependencia, resume el sentimiento de desamparo y temor a la soledad que acosan al experimentado actor Pietro Paolini (representado por Osvaldo Peluffo) y a la joven actriz Rosa Roxane (Verónica Ayanz Peluffo); un abandono que no se plasma sólo en lo físico, sino también en el dolor de asistir a la frustración de sus sueños: si uno de los dos se va, ya no hay historia.

Te fuiste sin avisarme, esta comedia dramática que escribió y que dirige Gina Piccirilli, presenta a dos personajes entrañables -las actuaciones están en perfecta sintonía-que se enfrentan al desafío de reflotar un pequeño teatro, llenarlo de espectadores. La puesta convierte a toda la sala en escenario: los personajes están sobre las tablas, pero también se mueven entre el público, en los pasillos de la sala.

El público es un componente fundamental en esta puesta. Los personajes discuten acerca de si la sala está colmada o si esto es sólo imaginación. Ocurre que sin el público Pietro no existe, quizá por eso lo ve allí aguardando la función: sin esa presencia su vida carece de sentido. Más realista, Rosa procura mostrarle que el teatro está vacío y que seguirá así si no procuran escuchar lo que, según ella, el público necesita: menos tragedia y más historias románticas. Y el embrujo se rompe, él deja de "ver" al público, cuando Rosa se va de su lado.

Un aspecto curioso es que cada personaje se aferra a los íconos de su propia fe: Yago, una calavera que es amigo inseparable de Pietro, y los santos con los que dialoga Rosa. En conjunto acompañan la soledad de esos dos artistas sobrevivientes. Sumados conforman una familia.

Nuestra opinión: muy buena.

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