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Sobre la iniciativa de los más chicos

Maritchu Seitún
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26 de marzo de 2016  

Para que los chicos se animen a investigar, experimentar, inventar, descubrir, aprender y sobre todo aprehender, necesitan permiso para equivocarse, para fallar, para ensuciarse, para hacer ensayos sin preocuparse demasiado por los resultados (ni por la prolijidad o la limpieza del proceso).

La mayoría de los más chiquitos tiene gran entusiasmo por probar cosas nuevas. Los que no lo muestran es probable que tengan alguna dificultad: son muy sensibles (podría ser tanto física como emocionalmente), o están demasiado atentos a la mirada del adulto referente, o no se sienten seguros de sí mismos. También puede ser porque la mirada de los adultos que los rodean es muy crítica.

Sin darnos cuenta, los padres "normales" vamos frenando sus iniciativas con nuestros gestos, miradas, palabras, reacciones. ¿De dónde viene esta tendencia, tan alejada de lo que deseamos para nuestros chicos? Los adultos nos juzgamos permanentemente a nosotros mismos y entre nosotros, resaltamos los errores ajenos, también los propios (estos últimos, en silencio y con vergüenza), siempre tratando de hacer las cosas bien, rápido y eficientemente. Y trasladamos esas exigencias a nuestros hijos: a cada rato estamos redirigiendo su rumbo, y no siempre es necesario: "Por ahí no", "Hacelo así", "Más arriba", "Así no", "Con más fuerza", "Por el otro lado", "¡Pará!", "¿Qué hacés?", ya sea en la tarea de matemática, en la construcción con ladrillos o en la forma de colocar los soldaditos de juguete para la batalla: opinamos sobre todo e interferimos sus procesos, no los dejamos ensayar, equivocarse ni ¡aprender!

Si los dejáramos hacer, también aprenderían que equivocarse no es el fin del mundo para nadie...

Lo mismo puede ocurrir al conversar con ellos: cuando en lugar de prestar atención plena a lo que nos quieren contar, estamos más atentos a la forma en que hablan o se mueven, o criticamos el contenido de lo que dicen, o los interrumpimos, los hacemos callar, nos reímos, les damos sermones, etc.

Créase o no, hacemos todo esto por amor, ya sea porque los queremos y queremos ayudarlos a mejorar o porque es lo que nuestros padres hicieron con nosotros y creemos que eso es buen amor.

Queremos transmitir nuestra experiencia y evitar que sufran, pero anulamos su iniciativa.

Qué distinto sería si nos acostumbráramos a mirar en silencio, a disfrutar viéndolos hacer descubrimientos (obvios para nosotros pero no para ellos), a ayudarlos cuando lo piden y no antes, o a decir "a mí me enseñaron de otra forma", "interesante tu intento", "¡qué buena idea!, a ver si se puede".

La realidad es que esos intentos desprolijos, desordenados, imperfectos, no logrados son indispensables. No podemos hacer casi nada sin hacer primero experimentaciones que obviamente a veces salen mal. Cuando estamos alertas y abiertos (sin buscar a quién echarle la culpa) aprendemos más de lo que sale mal que de lo que sale bien.

Ejemplo nimio pero válido: ¿cómo tiene que ser el espesor de una masa de torta para que salga rica y esponjosa y no un masacote? La receta lo explica, pero a veces hay que hacer más de un ensayo para lograrlo.

Tratemos de sostener la inventiva, las ansias de investigación, la curiosidad de nuestros chicos, toleremos y celebremos sus errores, no es lo mismo decir "está mal" que declarar "buen intento, probá otra vez". Lo más complicado para nosotros, adultos, es que al intentarlo vamos contra nuestra crianza (que seguramente no recordamos, aunque está dentro de nosotros y dirige nuestras palabras y reacciones); y contra una sociedad que quiere resultados y se mide por ellos, cuando en la infancia lo que vale son el entusiasmo, la curiosidad, los intentos y la capacidad de esforzarse en función de los anteriores.

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