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Te cuento mi libro: Mariana Enríquez. "En el horror, nada me parece demasiado"

En Las cosas que perdimos en el fuego, la autora se vale de las estrategias de los relatos de terror para explorar las pesadillas de la realidad cotidiana

Domingo 03 de abril de 2016
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PARA LA NACION
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Desde sus primeras novelas, la narradora y periodista trabajó con los recursos del terror y el realismo crudo para urgar en los rincones sórdidos de la vida cotidiana. Su nuevo libro continúa con la búsqueda de acercarse, desde la ficción, a las intensas pesadillas de la realidad.

Creo que estos cuentos son, en general, más realistas que los anteriores. Algunos directamente son realistas: el horror sobrenatural aparece mucho menos que en mis libros anteriores. Y el punto de vista femenino, salvo en un caso -el del Petiso Orejudo- es avasallante. Antes las protagonistas eran mujeres y el punto de vista era el de ellas, pero de una manera menos marcada. Siento que estos relatos tratan sobre relaciones de pareja, sobre violencia urbana, sobre el contagio y la fiebre adolescente mucho más que sobre aparecidos. Aunque también hay aparecidos.

Cualquier lectura te reduce. Mis dos primeras novelas son realistas. Tengo un libro de crónicas, otro sobre Silvina Ocampo... y después dos libros de cuentos y una nouvelle que pueden enmarcarse en el terror. Supongo que se me asocia más con el terror -espero- porque lo hago mejor que mis otras aventuras pero también porque es un género "vistoso". En todo caso, si se me encasillara ahí, no me molestaría. Estoy en excelente compañía, y además para mí no es un género menor en absoluto: esa mirada suele ser la de los demás.

Conscientemente nunca busco nada: los cuentos salen de una sentada, con una idea clara pero nunca concretísima. Después, la manera que tienen los personajes de enfrentarse a los acontecimientos tiene mucho más que ver con una cuestión de trama que con ideas mías preconcebidas acerca de hacia dónde quiero llevarlos.

Nunca tengo clara la totalidad del libro. En general tengo épocas de escritura, en las que se repiten temas, obsesiones, incluso estilos, pero sucede sin premeditación. Ciertas cuestiones repetidas aparecen, en diferentes formas. El punto de vista femenino, en este caso, por ejemplo. O el fuego, que aparece en realidad porque hay un trasfondo, en el cuento que da título al libro y en varios otros, relacionado con lo femenino y la brujería; de ahí a las hogueras hay un paso. O un terror más "realista". Cuando me doy cuenta de esa conexión, voy apartando los relatos hasta que, de alguna manera, se van convirtiendo en un conjunto coherente, y eventualmente, en un libro. Pero fueron escritos desconectados, algunos a pedido, otros son viejos, otros los escribí cuando ya el libro estaba casi armado y me parecía que le faltaba algo.

No pienso mucho en el lector cuando escribo. La verdad es que los mitos populares, ciertos "casos" y ciertos contextos históricos son los elementos que manejo como disparadores o escenarios del horror porque a mí me dan miedo. Pero es algo bastante común en el género, creo: Stephen King es ante todo un escritor realista. Grandes cuentos de terror, como "La lotería", de Shirley Jackson, o "Una rosa para Emily", de Faulkner, o "La gallina degollada", de Quiroga, o "El siguiente en la fila", de Ray Bradbury, no tienen elementos sobrenaturales.

Últimamente escucho quejas sobre los finales abiertos o ambiguos, y cierto reclamo de lectores en cuanto a dar un "cierre". Algunos de mis cuentos tienen cierres, yo creo ("El patio del vecino" es quizá el ejemplo más claro). Lo que no tienen es remate porque ya, técnicamente, me parece una resolución muy anticuada, casi anacrónica y que yo no puedo hacer ni me gusta leer. Me pregunto, eso sí, por qué se reclaman "cierres". También pasa con otras ficciones: las season finale [final de temporada] de las series están cargadísimas de expectativas y en general decepcionan a todos. Lo que yo puedo decir es que, personalmente, creo que toda ficción -en especial las breves- es un recorte de una historia que podría seguir. Son hasta un fisgoneo. No soy una artesana que redondea las aristas de los cuentos, prefiero siempre los cuentos puntiagudos, más "asalvajados". Creo que el reclamo de cierres tiene que ver con una idea de resolución que el escritor no puede darse, ni a sí mismo ni a los demás. Considero mucho más honesto convivir con la angustia que poner un moño final: el moño final es tranquilizador. Yo no estoy tranquila ni pretendo tranquilizar.

No puedo imaginarme una situación que me parezca "demasiado" en cuanto a horrores o atrocidades. Siempre, además, la realidad llega más lejos.

Me ocurre siempre en la escritura de cualquier libro que aparecen verdades sobre mí que no tenía ganas de ver. Si un texto no me causa pudor, si no me da cierta vergüenza que alguien lo lea porque hay cosas muy íntimas, es un texto que no me conforma. Como lectora, por otro lado, yo busco sensaciones fuertes. Si de vez en cuando descubro un nuevo disfrute o un nuevo límite, pienso que ésa es la experiencia más interesante que puede brindar la literatura.

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