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La Justicia, espejo del alma de una sociedad

En su nuevo libro sobre la doctrina de la Corte Suprema, el constitucionalista Juan Vicente Sola revisa la evolución jurídica y política que acompaña los cambios de la comunidad y destaca la preocupación del Tribunal por defender la libertad de expresión

Miércoles 06 de abril de 2016

Anoche, en la presentación en la Facultad de Derecho de la UBA del libro La Corte Suprema de Justicia. El nuevo proceso constitucional, de Juan Vicente Sola, fue invitado a hablar el ex subdirector del diario. He aquí sus palabras

Es rara avis, entre la muchachada que puebla, con pantalones o polleras, las redacciones periodísticas de hoy, alguien sin graduación en estudios terciarios o universitarios. Ha sido un adelanto social. Otro progreso que deberíamos celebrar es que ningún especialista en las cuestiones de género tan ventiladas en la contemporaneidad podría sugerir mucho más a lo consumado hasta aquí para perfeccionar el corazón de los diarios, la Redacción. En estos días, ese asunto se está instalando, sin embargo, en espacios públicos interesados en el funcionamiento del estrato superior de la Justicia. Según cómo terminen los presentes escarceos, conoceremos más sobre si las ideas en exposición giran de verdad alrededor del concepto antropológico de igualdad, a esta altura difícil de negar, o si refieren a una contingencia para ampliar el reparto de sitiales políticos en términos que han sido nefastos para la República.

Hace sesenta años, al entrar por San Martín 344 para quedarme en LA NACION sólo Dios y los accionistas sabrán por cuánto más, observé que pululaban los estudiantes crónicos. En esa eternidad propagada por hábitos más bohemios, más regados por libaciones y nublados por el tabaco de lo que admite una sociedad crecientemente comprometida con la calidad de vida y la sustentabilidad del ambiente que la hacen posible, convivían veteranos estudiantes de Letras, de Filosofía, de Derecho. Eran disciplinas adoptadas, bien que a menudo a medias, como sucedáneas de una carrera casi inexistente. Una salvedad, entre lo escaso que había, fincaba la Escuela de Periodismo adscripta a la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Plata. Dominaba el influjo generalizado de una superstición de siglos: "Periodista se nace, no se hace".

Hace sesenta años ninguna mujer integraba el elenco de la Redacción central de LA NACION, nutrida por poetas y escritores de entre los relevantes de la literatura de la época, y por autodidactas, que lo leían todo. Había dos señoritas, sí, que en sala aparte se ceñían a escribir "Notas Sociales". Daban cuenta sobre qué personajes, entre la nómina estricta de la Guía Azul, habían viajado, tanto daba si a Europa o Mar del Plata, o a lugares más próximos; cuál sería el inminente casamiento empingorotado, a condición de que fuera en primeras nupcias; dónde se realizaría, y en agasajo de quiénes, una comida, por no decir "banquete", voz ultimada por el desuetudo que puede acabar con la corbata de la que el presidente Macri prescindió días atrás, ante el Regimiento de Granaderos a Caballo, entorchado y cuadrado en su honor.

He hablado de la vida, de la vida misma en sus convenciones y modas, sólo que congelada en livianas, ligerísimas anotaciones tomadas en el fragor de un oficio mientras decaían, como en todo tiempo, costumbres sociales y normas del ordenamiento positivo, y las reemplazaban otras. También Juan Vicente Sola habla en su nuevo libro de la vida en común. Se empina en su caso hasta la altura desde la cual avizora el conjunto de la sociedad al conjuro de la evolución jurídica y política de la que es testimonio la doctrina de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. En sus fallos, aparte del acechante planchazo, tan rotundo como lacónico del "no ha lugar" previsto por el artículo 280 del Código Procesal, se espejan rostro y alma de una sociedad tensada por novedades, penetrantes o cosméticas, que propenden sin intervalos a su mutación crónica. ¿Qué habría sido de todos nosotros si el alto tribunal se hubiera rezagado en criterios cristalizados en el tiempo, como si nada hubiera mudado para sus miembros en el ámbito patrio del que son parte, no ya desde un órgano de administración de justicia, sino más como un poder estatal que ejerce el control de constitucionalidad, incluso sobre las decisiones políticas que desconocen o desnaturalizan los derechos y libertades amparados por la Constitución nacional?

Recuerdo una visita en 2005 al rey Juan Carlos, en las afueras de Madrid. Habíamos ido a fin de acompañar a los académicos de las veintidós academias nacionales de la lengua a la entrega al soberano del primer ejemplar del Diccionario Panhispánico de Dudas. La lengua es como el Derecho: un cuerpo vivo, y en su caso, de manifiesta gestación popular. Los académicos se remiten a legitimar, no más que eso, los nuevos vocablos, sujeto el acto a que se cumplan ciertas condiciones afines a lo que en Derecho determina el principio de razonabilidad, regla de oro en toda armazón jurídica de consecuencias lógicas y previsibles. Tampoco el Derecho se ciñe a una abstracción de especialistas. Se sumerge en las aguas calmas y claras, o agitadas y barrosas, de las corrientes sociales, de las ideas y conflictos políticos, de la creatividad y las innovaciones científicas, de las emociones populares y la cultura prevaleciente en el constante devenir. Se nutre del espíritu de la época en que viven sus protagonistas.

Aquella visita al rey Juan Carlos fue oportuna. La Constitución de España deriva al rey la responsabilidad de velar por la unidad de la lengua. Esa vigilia se encuentra entre lo mejor que ha hecho la monarquía española desde que Felipe V dispuso en 1713 la fundación de la Real Academia. Entre los visitantes había un futuro Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa. Estábamos con él, en rueda de tertulia, cuando una mujer disparó: "¿Mario, cuál es el mejor de sus libros?". Barrunté, en prudente silencio, si era Conversación en la Catedral o La guerra del fin del mundo. Vargas Llosa vaciló un instante y salió airoso con la contestación que sigue: "Señora, qué puedo decirle: todos esos libros son hijos míos".

El doctor Sola contestaría otro tanto si alguien le inquiriera por el lugar de preferencia en que habrá de colocar, dentro de su progenie intelectual, prolífica y admirada por los colegas, a la criatura a la que se extiende aquí partida oficial de nacimiento. En esta sala con tantos eruditos en Derecho, no me atrevería a aventurarme en los meandros por los cuales la Corte Suprema, inspirándose en el mismo Norte que nuestros constituyentes de 1853

/60, ha receptado institutos y procedimientos que aggiornaron nuestra Justicia hasta llegar al writ of certiorari, las audiencias públicas, las acciones colectivas o de clase, los amicus curiae...

Todo eso desfila en la revisión crítica en la que Juan Vicente Sola acredita su conocimiento pormenorizado de la jurisprudencia argentina y del derecho constitucional norteamericano. Logra una condensación compatible con el eje trazado para el libro, que es reflejar, me parece, el papel que ha cumplido nuestra Corte Suprema como un agente con espíritu contemporáneo al de su época a fin de interpretar y proteger a la sociedad en la preservación del pacto de convivencia eficiente que le otorga identidad de nación, y a su expresión jurídica, la de Estado soberano.

Al trabajar de este modo, Sola queda prisionero de expectativas sobre los nuevos esfuerzos que habrá de sumar a los ya realizados en la materia. Es rehén de una visión en la que predomina el estímulo por un desarrollo constitucional dinámico, al igual que Sarmiento lo entendía como un proceso de creación continua entre la letra de espíritu abierto al mutante contexto sobre el que rige y quienes ofician, por su lado, de máximos intérpretes de ella. Más tareas, pues, por delante para el amigo por quien he vuelto por un momento a esta casa de entrañables recuerdos juveniles.

La sabiduría, decía Montaigne en los Ensayos, no se reconoce por la acumulación de conocimientos; se reconoce por el juicio acertado. Ambos valores están presentes en La Corte Suprema de Justicia. El nuevo proceso constitucional. Lo aprecio en particular por la forma en que el autor destaca el denuedo del tribunal por la preservación de la independencia de los poderes de gobierno, tan amenazada como lo estuvo en los años últimos, y por las páginas en que descuella la significación de la libertad de expresión y de prensa.

Me detengo en las reflexiones de Sola sobre la forma en que la Corte Suprema ha dejado a salvo, en la utilización de las nuevas tecnologías de las comunicaciones, la prohibición de la censura previa a los buscadores o redes sociales reclamada en acciones por supuesta responsabilidad penal o civil, y en nombre, muchas veces, de la doctrina de la seguridad nacional o de políticas antidiscriminatorias. Confío en que esa jurisprudencia se extienda, en su momento, a la libertad de prensa de los medios periodísticos que operan en Internet y en otros soportes electrónicos, vehículos de la más notable democratización de la información en la historia de la humanidad. Y espero que la Corte nunca se abstenga de abrir cuestiones sobre la estratégica libertad de prensa con el argumento de que carecen de importancia pese a su naturaleza federal.

Sobran experiencias, antiguas y recientes, de que la independencia de la Justicia y la libertad de prensa son valores irrenunciables para la misión de nuestra organización constitucional, democrática y republicana. Hagamos, como el doctor Sola en su obra, renovados esfuerzos para que todos así lo comprendan. Será en beneficio del interés general.

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