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Osvaldo Giesso: el arquitecto y mecenas del mundo del arte

Sábado 09 de abril de 2016
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LA NACION
Osvaldo Griesso
Osvaldo Griesso. Foto: Twitter

El arquitecto Osvaldo Giesso falleció anteanoche, a los 92 años. A lo largo de su extensa vida supo articular sus varias facetas con personal talento. Y si bien, en términos de formación académica, lo suyo fue la arquitectura, habría que decir que lo que marcó su ruta fue el mundo del arte.

"Los arquitectos son aburridos y tienen miedo, siempre están pendientes de los clientes y no quieren perderlos -confesó alguna vez este mecenas cultural que carga con el mote de ser el impulsor de los loft en estas tierras - . Yo prefiero a los artistas que tienen ideas raras y sin prejuicios. Hay que darles una oportunidad a ellos para crear". Ése fue su rumbo.

A fines de los años 60, en pleno furor ditelliano, acondicionó un taller en el microcentro para que trabajara allí un grupo de artistas, entre los que se contaban Pablo Suárez, Alfredo Prior, Alberto Heredia, Osvaldo Monzo y Luis Wells. Sin embargo, hizo de San Telmo su lugar, su mundo. Llegó al barrio en 1967 con planes de concretar un emprendimiento comercial. Eso nunca prosperó. Sí dio con una casona ubicada en Cochabamba 360, que terminó comprando. El lugar estaba en ruinas. Había sido una comisaría; había sido un conventillo en el cual llegaron a vivir varias familias. "La casa me atrapó, trasladé mi estudio, me di cuenta de que tenía una casa quinta silenciosa a cinco minutos del centro, comencé a conocer el barrio y me quedé", dijo una y otra vez.

Hombres de buenos amigos, y de amigos talentosos, los llamó para que lo ayudaran a reciclarla. Así fue como Enio Iommi, Rogelio Polesello y el mismo Wells dejaron sus marcas en la casona que fue sumando otras dos casas vecinas. Armó ahí su propio laberinto que, con el tiempo, pasó a llamarse Espacio Giesso.

La casa laberinto tenía su propio aljibe y, en 1971, sumó su teatro. Con el correr de los años, fueron dos: una, en la calle Estados Unidos y, la otra, en Carlos Calvo. Pasaron a llamarse los Teatros de San Telmo. Por esos bolsones de modernidad aún en los tiempos más oscuros de la Argentina se presentaron espectáculos como Orquesta de señoritas, dirigida por Jorge Petraglia; Cuplés cupletistas, con María Gondell, Dina Roth y Eleonora Noga Alberti, o Calígula, de Pepe Cibrián.

Seguramente, todo aquel terreno ganado hizo que Pacho O'Donnell, secretario de Cultura de la Ciudad en tiempos del gobierno de Raúl Alfonsín, lo convocara para dirigir el Centro Cultural Recoleta. Aquello fue una fiesta en la que este gourmet del mundo del arte supo conjugar las expresiones de artes visuales con la performance, el arte digital, la fotografía, las instalaciones. De ser un lugar desconocido pasó a superar el millón de visitantes anuales. En tiempos de la Bienal de Arte Joven, el viejo hogar de ancianos era territorio ganado por los jóvenes.

Con la llegada del gobierno de Carlos Menem, el señor de los lofts volvió a su barrio, a su casona de San Temo, que, si bien podía ir cambiando de nombre, preservaba su espíritu. En 1999, por ejemplo, hizo una muestra antológica en las que dialogaban trabajos de Norberto Gómez, Pablo Suárez, Omar Schiliro, Alfredo Prior, Cristina Schiavi, Jorge Gumier Maier, Marcia Schvartz, Alberto Heredia, Marta Minujín, Guillermo Kuitca, León Ferrari, Benito Laren, Mónica Rossi, Alicia Herrero y Alfredo Londaibere. Era, en parte, su patrimonio.

Desde su galería estuvo presente en las ediciones de arteBA. Al Centro Cultural Recoleta debe haber vuelto varias veces. Por lo pronto, dos: cuando recibió el Premio Mecenas y para la presentación del libro Mundo Giesso, de Adriana Budich. Esa vez, como otras tantas veces en la cocina de su casa de San Telmo en medio de platos de pastas que iban de mano en mano, estuvo reunido de sus amigos artistas.

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