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Cuánto conflicto es necesario tolerar para terminar con la impunidad

Marcos Novaro

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PARA LA NACION
Domingo 10 de abril de 2016
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¿Cuánto conflicto aceptaremos para acabar la impunidad? Los peronistas ahora moderados hicieron fila para advertir al Gobierno, y por extensión a los jueces y la sociedad, sobre las contraindicaciones que existen de tomarse en serio la lucha contra la impunidad.

El senador Miguel Ángel Pichetto dijo que los "puritanos" -aludió explícitamente a Elisa Carrió- son irresponsables que producen caos, de lo que supuestamente darían prueba el mani pulite en Italia, el petrolão en Brasil y hasta el nazismo, así que al Gobierno le convendría "cuidar los acuerdos" y a quienes los hacen posibles. Es decir, a ellos, los dirigentes peronistas de siempre.

El diputado José Luis Gioja tuvo peores maneras. Dijo que lo de Lázaro Báez es policial y no tiene nada que ver con Cristina, mientras que la cuenta offshore de Macri sí es política. Más claro imposible: un avance contra la ex presidenta será visto como arbitraria agresión por los peronistas, que podrían eventualmente ir por la cabeza de su sucesor, como sugieren hacer ya mismo los K. Más o menos lo que transmitió también Juan Manuel Abal Medina: "Involucrar a una ex presidenta en una investigación judicial no es muy sano para la Argentina" pontificó. Lo sano sería que se la deje en paz disfrutar de sus millones. Y nos olvidemos de cómo los obtuvo y de quiénes la ayudaron.

La idea sería hacer como con los 90, cuyos pecados sólo ha pagado en tribunales María Julia Alsogaray, casi una outsider del sistema de poder. Dado que ahora las evidencias del latrocinio son demasiado abundantes, debido a esa malsana pasión por pesar billetes, tal vez haya que sacrificar a más de uno: Lázaro, Boudou, hasta Cristóbal será tolerable que caigan; pero el riñón del poder no parece muy dispuesto a sacrificar a nadie más, menos a alguien encumbrado.

La cuestión es relevante en dos sentidos. Ilustra bien dónde y qué pretende el "poder real", ese del que tanto hablan los kirchneristas para explicarnos que ellos lo desafiaron y ahora él habría decidido desquitarse manipulando la Justicia para que los persiga, como les pasa a Dilma y Lula. No está en ningún grupo de empresas, mucho menos en los medios ni en ninguna embajada. Está en el aparato político más estable y potente del país. No le soltó la mano a los K, ni quiere hacerlo: prefiere digerirlos, reconvertir a los que todavía tengan algo que ofrecer, y olvidarse de los demás lo más rápido posible.

Anticipa el tipo de problemas que va a enfrentar no sólo la Justicia, sino también la democracia, si pretendiera avanzar contra la impunidad y abrir un nuevo ciclo político e institucional. ¿Qué camino tomarán los jueces, los funcionarios y la sociedad cuando las papas quemen: impunidad o despelote?

La Argentina viene de recordar y celebrar el Nunca Más al militarismo y eso es muy bueno. Pero es como mostrar orgullosos un certificado de vacuna contra la polio: militares con poder real no hay hace tiempo, riesgo de que los h aya tampoco. Si lo único que nos une es la defensa contra algo que no existe, estamos un poco fritos. Ahora queremos otro Nunca Más, mucho más conflictivo y trabajoso, pero también más efectivo e innovador. La cuestión es si estamos dispuestos a pagar el precio o vamos a optar, como en otras cuestiones relevantes, por el conformismo.

El autor es sociólogo e historiador

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