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La fe y la ceguera de la pasión política

La polarización de los últimos años llevó a mucha gente a justificar agresiones y delitos, una irracionalidad capaz de ignorar las pruebas de la corrupción y el perjuicio causado a los intereses populares

Marcos Novaro

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PARA LA NACION
Jueves 14 de abril de 2016
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Foto: LA NACION

¿Vuelve Cristina? Su espíritu nunca se fue: es el de la desconfianza a que exista una ley que nos permita convivir e imponga límites a lo que podemos hacer. Donde esa confianza no existe sólo hay amor. Y odio. Así que quienes la aman lo seguirán haciendo: "Imposible apagar tanto fuego".

Como eso no se puede cambiar, lo mejor es intentar entenderlo. Y lo cierto es que el kirchnerismo nos está ofreciendo una lección por demás interesante, que por lejos lo trasciende, sobre el poder de la fe, sobre cómo funcionan las creencias y las pasiones políticas. Sería bueno aprenderla, entre otras cosas porque hay muchos que, contra lo que creen, no se les diferencian demasiado. Incluidos algunos que se piensan a sí mismos como su total contracara, apasionados amantes de la ley y la república.

El contraste no podía ser mayor. De un lado el fanatismo de los fieles acicateado por la afrenta sufrida cuando, contra todas las advertencias, se atrevieron a "tocar a Cristina". Del otro la celebración de quienes ven en este inesperadamente veloz avance de algunos jueces un sueño realizado y el inicio de una regeneración moral del país.

Es muy buena la fe en la república, pero ¿es mejor que la que se deposita en, por decir algo, "la justicia social" o "la gloria del campo nacional y popular"? ¿Hay una superioridad moral, intelectual o política de este lado de las banderas y los gritos? Puede haberla, porque aquélla es precondición para que éstas prosperen. Pero hay que demostrarlo en los hechos.

Para lo cual es bueno empezar por asumir un principio muy poco valorado entre nosotros: que todos nos planteamos fines políticos nobles, no es cierto que están de un lado los que quieren el bien y del otro los que quieren el mal, que se pueda distinguir a guerrilleros y militares, peronismo y antiperonismo, izquierda y derecha, o en este caso K y no K por el valor de su fe, por sus buenas o malas intenciones. Todos queremos cosas buenas, primero para nosotros y en general también para algunos o todos nuestros semejantes. Pero muchas veces hacemos cosas bastante malas para conseguirlas, que se justifican más fácil y extensamente cuanto más fantásticos son los fines que nos proponemos.

Éste fue un defecto del kirchnerismo, tan dañino como la propia corrupción o las malas políticas: movilizar amores y odios que justificaran cualquier cosa. Porque pervirtió nuestra vida pública hasta tal extremo que sus efectos van a sobrevivir por mucho a la propia eficacia política de los Kirchner. Por eso los fanáticos, aunque honestos, son en ocasiones más dañinos que los simuladores corrompidos.

Y es que con el amor y con el odio es difícil discutir. Que haya un núcleo kirchnerista enamorado que persistirá en su fe aunque se derrumbe el mundo es en el fondo bastante comprensible: siempre la política moviliza pasiones y Cristina, mucho más que Néstor, se ocupó de hacerlo en forma intensa y sistemática, sobre todo desde 2010. En un país donde hay pocos objetos de amor compartidos -salvo algunas camisetas de fútbol, unas islas lejanas y poco más- y donde el resto de la política pareciera esmerarse en ser desapasionada (no sólo los no peronistas, le sucede también al resto gris de la dirigencia peronista), es lógico que ese amor sobreviva a los contratiempos.

¿Puede ser tan irracional que ignore hasta las patentes evidencias de corrupción personal y familiar, el perjuicio manifiesto a los intereses populares que dice defender? Para eso está el amor, precisamente. Ya Chesterton advertía sobre esa tendencia a la irracionalidad de la fe moderna: "Cuando la gente deja de creer en Dios, empieza a creer en cualquier cosa".

También sucede que el kirchnerismo hizo bien su trabajo de cortar los lazos de comunicación entre la comunidad de los fieles y el resto del mundo. La polarización practicada estos años empujó a muchos a justificar todo tipo de agresiones, delitos y abusos, así que ahora ¿cómo volver atrás?, ¿cómo reconocer un error de juicio sobre la corrupción de los líderes sin reconocer que muchas otras cosas hechas o avaladas por años pueden ser también errores?

De ahí que hace bien el muy gauchito Sabbatella cuando se ofrece de ejemplo y se lanza a la pira en cuerpo y alma; y lo mismo Bonafini, con su generosa propuesta de compartir la celda: a los ojos de sus audiencias, las llamas no podrían tocarlos sin que todos y la propia Cristina las sintieran en carne propia.

Compartir el fuego que anima a Cristina no tiene contraindicación, además, para personas que a los ojos del resto del mundo están requemadas. Pero lo más interesante es lo que sucede dentro de la comunidad de creencia, en quienes han ido ya demasiado lejos como para volver sobre sus pasos. Y como decía Primo Levi de los alemanes nazis en la posguerra -salvando las distancias, claro-, no pueden perdonarse lo que les han hecho, les han dicho y han pensado de sus semejantes. Para ellos la escapatoria más a mano es negación e insistencia.

Vistas así las cosas, ¿no es poco lo que conseguiremos con las investigaciones judiciales en marcha y alto el precio que pagaremos de seguir ahondando la llamada brecha? La gran ventaja de la política argentina en esta transición es que las pasiones, aunque encrespadas, son muy minoritarias. La enorme mayoría se orienta según criterios más prudenciales: ¿conviene para dejar atrás el kirchnerismo olvidar sus ofensas? ¿Incluye ese olvido sus delitos?

Hay quien ya, antes de que se empiece a avanzar con cualquier investigación, propone un punto final, mirar para adelante. La pobreza moral de esta idea se suma a su impracticidad. Ningún sector es capaz de asegurar tal pacto y es por completo imprescindible algún buen ejemplo para alimentar el impulso reformista. Aunque conviene atender de todos modos el hecho de que Justicia y reformas no son fáciles de conciliar: porque para implementar las segundas, ahora igual que sucedió en la transición de 1983, hará falta la colaboración de al menos una parte de los implicados en el antiguo orden, quienes deben confiar en que "pecados menores" no les serán reprochados.

Pero ¿cómo establecer la línea de corte entre delitos y pecados menores? Vaya a saberse. Lo que sí se puede decir es que construir confianza, y de eso se trata, requiere de elementos y condiciones por completo diferentes a los que demandan el amor y el odio. Supone aceptar que seguiremos persiguiendo fines distintos, pero que podemos compartir algunos instrumentos, acciones y reglas. Y aceptar que la Justicia presupone siempre un cierto grado de perdón. Finalmente, no es otro el mecanismo que hace posible el tan celebrado rol del arrepentido. La corrupción es una lata de podredumbre que sólo se puede abrir desde adentro, como cualquier otro pacto mafioso. Para quebrarla hay que dar confianza a los que quieran saltar el charco: necesitamos un buen número de inconsecuentes que acepten correr ese riesgo. ¿Alcanzará con eso para cambiar el sistema o sólo para emprolijarlo? Quién sabe.

Sociólogo e historiador

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