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La fascinación de un abismo

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PARA LA NACION
Domingo 17 de abril de 2016
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Bufarra./ Libro y dirección: Eugenio Soto. / Intérpretes: Leilén Araudo, Facundo Cardosi, Leo Espíndola, Martín Mir, Darío Pianelli. / Iluminación y espacio escénico: Félix Padrón. / Vestuario: Lucía Scarselletta. / Producción: La Jangada. / Asistente de dirección: Mara Beger. / Sala: Espacio Polonia. Fitz Roy 1477. / Funciones: Domingos, a las 21. / Duración: 75 minutos.

Actuaciones destacadas
Actuaciones destacadas. Foto: LA NACION / Gza. F. Vaca

Uno de los comienzos posibles de la literatura argentina está en El matadero. El breve relato de Esteban Echeverría narra la historia de un unitario interrogado y violado por un grupo de federales que termina muriendo, no por las lesiones que le producen, sino por una indignación moral que lo lleva a explotar de rabia. Así, algunos afirman que la literatura argentina comenzó con una violación. Esa idea de un inicio que relaciona política, violencia y un humor ácido ha sido reiterada en otros textos fundamentales, como ser La refalosa, de Ascasubi; La fiesta del monstruo, de Borges y Bioy Casares, o El fiord, de Osvaldo Lamborghini. En esas y otras fuentes abreva Bufarra, obra fascinante de Eugenio Soto.

El espacio es un patio y la pieza está fatalmente determinada por esa exterioridad. La acción transcurre en ese pedazo de casa que toma como límite el cielo. Esto implica que la función se suspende por lluvia pero, más interesante que eso, es notar los elementos teatrales con los cuales la obra vuelve opresivo un espacio abierto. Allí se hace un asado; el espectador siente el olor de la carne que se va cociendo, su sabor y textura imaginado, la temperatura del ambiente y del fuego, hasta la música de casas aledañas. Todos los sentidos están involucrados en esta puesta al aire libre. Es una pieza sensorialmente potente con una acción simple: Vicente prepara su asado para agasajar a Silvio, quien ha sido liberado de la cárcel. El problema: Silvio está acusado de pederasta. A esto se suman los inconvenientes maritales del anfitrión y la inquietante presencia de Ángel, hijo de Vicente y ahijado de Silvio. Con estas premisas, todo en Bufarra está atravesado por el peligro. Cualquier cruce de personajes echa a andar una bomba de tiempo que amenaza con estallar.

Bufarra puede pensarse como una obra con elementos expresionistas. Propone una realidad deforme, sus personajes no rehúyen lo estereotípico ni lo melodramático sino que encuentran formas de crecer desde la exacerbación constante. Hay un enorme mérito en las actuaciones, donde destaca Facundo Cardosi. Su composición de un hombre ajeno a toda decencia que vive ofreciendo máximas de cómo debería comportarse el mundo es brillante. La impunidad con la que se desenvuelve es un imán para el espectador, un abismo al que tienta asomarse.

Además, la obra conserva el humor negro característico de los textos literarios con los que se relaciona. Este nexo que Bufarra traza con la literatura no es desde la literalidad. Reconoce sus referentes, pero hace astutos rodeos para no someterse a ellos. Si el espectador consigue apartarse de la sanción moral que los personajes pueden generar, la risa saldrá fácil. Si bien la obra tiene un final extrañamente moralista que baja un poco la intensidad de la propuesta, antes de llegar a él, ha recorrido más de 70 minutos de peligro, de risas, de vigorosa teatralidad.

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