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Adicciones: prevenir desde la infancia

Sábado 23 de abril de 2016
PARA LA NACION
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¿Qué está pasando entre los adolescentes que en muchos casos pierden el criterio a la hora de elegir lo que ingieren? En realidad, me pregunto qué pasó antes en sus vidas que hoy no pueden decir que no a algo que les hace mal. ¿Es por falta de información? Es posible, pero ellos no quieren escucharnos cuando hablamos de riesgos; su idea omnipotente es "a mí no me va a pasar eso".

¿Es falta de criterio? ¿O será que pierden el criterio al entrar en la adolescencia? Quizá no los ayudamos a adquirirlo o tal vez lo perdieron con el bombardeo permanente de mensajes de afuera de casa que dicen algo diferente de lo que nosotros les mostramos o dijimos.

Es claro que la prevención del uso de sustancias adictivas tiene que empezar mucho antes de la adolescencia, mientras nuestra palabra de adultos es para los chicos "palabra santa", mientras somos su modelo de identificación, su modelo a seguir. Esto no desaparece en la adolescencia, pero va a parar al fondo de sus mentes, hasta el punto de que ni ellos mismos se dan cuenta de que nos siguen mirando, pidiendo y valorando nuestros puntos de vista y opiniones. Por eso, aunque nuestros adolescentes revoleen los ojos y pongan cara de hartos, no dejemos de dar nuestra opinión, tratando de hacerlo sin perder la serenidad, no desde nuestro miedo ni con amenazas cataclísmicas. Somos más grandes, tenemos más experiencia, sabemos más, aunque la sociedad y nuestros hijo quieran hacernos creer lo contrario.

Nuestro primer objetivo es que desde chiquitos fortalezcan su persona y sus recursos personales hasta tener un yo fuerte, resiliente, que se incline ante los vendavales sin quebrarse, que enfrente las dificultades sin hacer uso de atajos, porque, como dice el dicho "si el atajo fuera bueno, no existiría el camino". Hablo de un camino largo y seguro que les permite desde la infancia aprender a esperar, a frustrarse, a esforzarse, a postergar el placer, a sentir, tolerar y procesar angustias, enojos, de-silusiones y tristezas, de modo que puedan aceptar esos estados emocionales, que aprendan a hablar de lo que les pasa, a pedir ayuda o simplemente compañía, sin negar, sin echarle la culpa a otro, y sin buscar salir de esos estados emocionales incómodos lo más rápido posible, por ejemplo poniéndose en movimiento o ingiriendo o haciendo algo que alivie su dolor. Intentemos acompañar a nuestros hijos y ayudarlos a poner en palabras lo que les pasa haciendo uso de algunas de los miles de oportunidades que nos ofrece la vida.

En segundo lugar, el modelo que presentamos los padres a nuestros hijos en la infancia es muy importante: padres que podemos (o por lo menos intentamos) procesar las cosas que nos pasan sin tomar atajos (pastillas, exceso de comida, café, trabajo, compras compulsivas) y que a partir de allí estamos dispuestos a acompañar a nuestros hijos en una amplia gama de emociones dolorosas (aunque son tanto más fáciles de acompañar las que no duelen...).

Padres que estamos dispuestos también a poner límites adecuados para la edad de cada hijo, entendiendo el valor de nuestros "no" para el fortalecimiento de sus personitas en crecimiento.

Padres que los acompañamos desde bebes para regularse y enfrentar e intentar resolver las dificultades en lugar de ayudarlos a evitarlas (podríamos hacer esto último distrayéndolos, cediendo a sus requerimientos, sobreprotegiéndolos, tratando de convencerlos de que lo que sienten es equivocado, etc.).

Destaco la importancia (para el fortalecimiento de los chicos) de esos padres que van internalizando y que desde adentro empiezan a decirles "no es bueno para vos", "no quiero que lo hagas", y destaco también la importancia de la presencia atenta (vigilia) de los padres en el largo camino del fortalecimiento desde la infancia hasta la adultez plena de nuestros hijos.

La autora es psicóloga y psicoterapeuta

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