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Una historia de amor entre yaguaretés y la esperanza de restaurar esa especie extinta en Corrientes

Llegó Nahuel, el jaguar que será el compañero de Tobuna en el primer proyecto experimental para devolver al felino al ecosistema de donde desapareció 60 años atrás

Viernes 29 de abril de 2016 • 00:30
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LA NACION
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Foto: Rafael Abuin

SAN ALONSO, Corrientes.- Los separan siete metros de distancia, dos altísimas mallas de acero, sendos cercos eléctricos y pastizales de casi un metro de altura. Desde su "atalaya", un árbol que parece seco, Tobuna otea, flemática, un horizonte de montes y de bañados. Parece sentirse en el paraíso y de alguna manera (si no fuera por ese perímetro de acero) casi lo está. Tiene 14 años, vivió la mayor parte de su existencia en el Zoo de Batán, pero desde hace poco más de un año es la "monarca" indiscutida del Iberá.

Dos años menor, Nahuel, el irascible, es un charrúa plebeyo, expatriado en la Patagonia y a pesar de ser un recién llegado, él también aspira a regir como soberano en el segundo humedal más grande del mundo, después del Pantanal brasileño.

Ambos en sus encierros naturales -dos octógonos de 1200 m2 en el Centro Experimental de Cría de Yaguaretés (CECY)-se fisgonean sin disimulo. Coquetean con insistencia. En minutos más, cuando las compuertas que los separan se abran, desplegarán su cortejo felino: rasguños y filosas garras sobre esas pieles de manchas perfectas. Estentóreos rugidos. Saltos acrobáticos. Veloces cross de derecha a izquierda y, hasta la actitud de sumisión del macho, vencido o desconcertado, ante la agresión (previsible) de ella.

"Habrá que esperar otros 35 días más para volver a juntarlos. Se ve que el de Tobuna es un celo débil y quizás también puede haber algo de timidez entre ellos".

La que analiza ese comportamiento es la etóloga danesa Karina Sporring, la responsable de ambos yaguaretés en una iniciativa de Conservation Land Trust (CLT) inédita en el mundo: la reproducción y cría en cautiverio de esos felinos, que en el país no suman más de 200 en estado silvestre.

Foto: Rafael Abuin

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El rito de seducción entre jaguares -predadores tope de América; y uno de los mamíferos con mayores destrezas y velocidad del reino animal: nadan, bucean, trepan, saltan y son capaces de recorrer larguísimas distancias-suele ser así: la pasión se disfraza de beligerancia y 100 días después, tras una cópula que esta vez no logró concretarse, se convierte en descendencia: de uno a cuatro cachorros, aunque lo común suelen ser dos.

Por eso, en estos dos jaguares está cifrada no solo la conservación del mamífero en mayor peligro de extinción del país. También el sueño que abrazó el conservacionista Douglas Tompkins: el de restaurar en la vida silvestre a esa especie- desaparecida en Corrientes 60 años atrás-, para repoblar unos de los ecosistemas con mayor diversidad en la Argentina. Son 700.000 hectáreas de pantanales (entre terrenos de CLT y áreas de reserva provincial), que esperan su destino como futuro parque nacional. De concretarse, sería el más extenso del país.

La iniciativa experimental de CLT es tan ambiciosa como audaz. El único antecedente mundial de cría en cautiverio de felinos para su reinserción fue en España con el lince ibérico. Pero CLT ha sellado una sinergia con el Instituto de Biología Subtropical del Conicet, la provincia de Corrientes, biólogos y especialistas foráneos y los zoológicos de Batán y de Buenos Aires para llevar a buen puerto el proyecto, que pretende reconstruir íntegramente la cadena trófica.

Trueque de ejemplares

Mediante un enroque de ejemplares, el zoo porteño le cedió a Tango, otro jaguar cuyos estudios genéticos alertaron sobre una consanguineidad con Tobuna a su par de Bubalcó. El zoo rionegrino, a su vez, se desprendió de Nahuel, que el 7 de enero pasado llegó al centro de cuarentena de Corrientes. Allí esperó pacientemente su traslado en balsa a la isla de San Alonso. Pocos lugares en la Argentina como los Esteros del Iberá pueden jactarse de semejante explosión de vida silvestre. Ese es el atractivo para impulsar allí el ecoturismo, con el el avistamiento de aves y de especies (osos hormigueros, venados de las pampas, ciervos de los pantanos, carpinchos, yacarés y muchas otras).

"Para avanzar con el programa de cría en cautiverio natural debemos utilizar ejemplares no emparentados y de origen sur-amazónico", explica el biólogo Sebastián Di Martino, responsable de especies amenazadas en CLT. "Hacia fin de año, si tenemos suerte, nos donarán una segunda pareja reproductiva: la hembra vendrá de Brasil y el macho de Paraguay".

Todo el proyecto de restauración de especies extinguidas en Corrientes se engloba dentro de una iniciativa conservacionista de avanzada que es la de producción de naturaleza. Junto con Sofìa Heinonen, presidenta de CLT, Di Martino es uno de los líderes del Proyecto Iberá. "Se trata de devolverle la salud ambiental al ecosistema", explica. "Porque donde hay grandes carnívoros, hay más biodiversidad. Ellos regulan los ecosistemas. Ejercen un control sobre el número y el comportamiento de los herbívoros. Impiden el sobre pastoreo y que éstos arrasen con otras especies".

Foto: Rafael Abuin

Como una estrella

Si la llegada de Tobuna un año atrás fue un acontecimiento de alta emotividad para la comunidad correntina, el traslado de Nahuel desde su cuarentena pareció el de un extra. No fue por discriminación. Los expertos atendieron sus rasgos caracterológicos: es mucho más nervioso que ella y detesta las cámaras y teléfonos celulares, según pudo comprobar LA NACION.

A Nahuel le faltan tres de sus colmillos. Los perdió, al parecer, harto de su encierro en una jaula charrúa, cuyos barrotes actuaron como limas dentales.

"Al dormirlo y revisarlo, descubrimos que tenía serias infecciones dentales en dos de sus tres cavidades. Lo atendieron odontólogos veterinarios y de personas. Se le colocó una pasta bactericida y en una próxima intervención se las taparán en forma definitiva", contó Di Martino. "Ahora está mucho más calmo".

Instinto intacto

En el límite de su edad reproductiva, y a pesar de haber nacido y sido criada en cautiverio, Tobuna no perdió su instinto y aprendió a cazar. En su recinto, por un sistema de entrada para alimento vivo, le introdujeron pequeños yacarés, carpinchos y tatús, todas presas que hay en abundancia en Iberá y que, se espera, le enseñe a cazar a sus crías. Eso ocurrirá cuando madre y crías sean trasladas a un corral de 1, 5 hectáreas para adiestramiento, durante el año y medio que dura el apego materno-filial.

"Con Nahuel el entrenamiento de caza no es necesario porque él no tendrá que enseñarles nada. Se lo mantendrá alejado de las crías, ya que el macho puede matarlas. Con el adiestramiento necesario, las crías serán liberadas en un corral de 30 hectáreas con abundancia de alimentos y donde están presentes todos ambientes del Iberá: monte, bañado, pastizal alto, costa de estero y laguna. Y será allí donde ellos podrán cazar grandes presas", agrega Di Martino.

Por el momento, el CECY cuenta sólo con autorización para criar a los felinos pero no para liberarlos. "Creemos-dice el biólogo-que el yaguareté será aceptado en la medida en que no genere conflictos y que se maximicen sus beneficios por ecoturismo. En el Pantanal cada jaguar genera US$ 50.000 al año por avistamiento de fauna .Aquí se los reintroducirá-nuestra idea es liberar 15 ejemplares en 10 años y que la población se vaya asentando sola- en sectores donde no hayan haciendas ganaderas".

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